Ishiguro y el cine: amor, fatalidad, silencio y un tigre

'Lo que queda del día' y 'Nunca me abandones', de James Ivory y Mark Romanek, son dos magistrales ejercicios de cine que hacen pie en el conflicto entre la felicidad y la libertad propuesto por el Nobel Ishiguro

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Dos novelas de Kazuo Ishiguro han sido llevadas al cine y en ambos casos, más allá de la precisión formal demostrada tanto por James Ivory como Mark Romanek, lo que cuenta es el vacío; la sensación de agobio; la desesperanza de unas vidas tal vez equivocadas. Y sin remedio. Enamoradas y, sin embargo, perdidas. Para siempre. Lo que queda del día habla de un pasado cercano en el que el nacimiento determinaba el porvenir. No es tanto una cuestión de clases sociales, que también, como de simple e inalienable destino. Nunca me abandones se sitúa, sin embargo, en el futuro. La historia se detiene en un devenir distópico donde, de la misma manera, la vida queda determinada desde la cuna. En el primer caso, se trata de criados, de mayordomos herederos de una casta de sirvientes. En el segundo, de seres clonados cuya única utilidad, digámoslo así, es producir órganos vitales como piezas de recambio para los seres verdaderamente humanos. Por originales. Y en los dos casos es el descubrimiento de algo tan elemental como el amor lo que dinamitará todo, lo que cuestionará el sentido más íntimo de una existencia de repente llena de sentido y, a pesar de ello (o por ello, como se quiera), perdida.

Lo que queda del día es, sin duda, el trabajo más logrado firmado por el director James Ivory en compañía del productor Ismael Merchant y de la guionista Prawer Jhabvala. Sí, de nuevo, como en Regreso a Howards End o La copa dorada, se trata de una producción de época debidamente ampulosa y enferma de gruesos cortinajes, pero esta vez detenida, y aquí el milagro, en el gesto mínimo de un actor tan enorme como desconcertante. Anthony Hopkins acababa de rodar El silencio de los corderos. Nadie antes había dado tanto miedo desde un primer plano. Aún faltaban unos cuantos años para que se convirtiera en el mejor imitador de, precisamente, Anthony Hopkins. Ahora, da vida a un mayordomo, hijo de mayordomos, incapaz de ver más allá de su deber, de su propia vida tal y como ha sido escrita. Para siempre.

A su alrededor el mundo, tal y como se había conocido hasta la fecha, se desmorona. Su señor, amigo de nazis, intenta un pacto que salve a Inglaterra de la guerra. Él se mantiene al margen. Siempre ajeno a nada que no sea el rigor de una vida cautiva. Apacible, segura y ordenada. Pero vacía. Y así hasta que conozca a la señorita Kenton, la nueva ama de llaves interpretada por una Emma Thompson cerca de la perfección. Conocer el amor será a la vez su salvación y ruina. Como el más triste de los personajes de Kafka, como la más desesperada (y graciosa) de las invenciones de Beckett, su desgracia, su más profundo infortunio, es su única posibilidad de redención. Para que la vida cobre sentido tiene que perderlo primero. Para siempre.

El resultado es un melodrama único, inconmensurable. Y magistral. Toda la cinta recorre pautada cada una de las mínimas inflexiones de un alma, de un rostro, que se rompe por dentro. Cuenta el padre la historia de un viejo sirviente que a la hora del té encontró un tigre en el salón. Se escuchan tres disparos. Nadie se inmuta. “La cena se servirá a su hora. Para entonces no habrá rastros discernibles de lo sucedido”, dice el criado. Y, en efecto, de eso se trata: de no dejar rastro. Por fiera que sea la bestia. Quizá la película no recibió en su momento (se estrenó en 1993) la atención debida. La culpa la tuvo La lista de Schindler. Todo se lo llevó la película de Spielberg.

Nunca me abandones es otra cosa. Y sin embargo, se parece demasiado. Mark Romanek, más conocido por sus trabajos como director de vídeos musicales desde finales de los 80 (Perfect Drug de Nine Inch Nails y Bedtime Story de Madonna son suyos), convierte la novela de Ishiguro en una calculada, premeditadamente gélida y muy incómoda metáfora de casi todo. Estamos en un futuro extraño con la apariencia de una Inglaterra decimonónica. De nuevo, lo que cuenta es colocar en paralelo la tensión entre la libertad y la felicidad: vivir ajeno a todo, inconsciente de la gravedad del mundo y, por ello, muy cerca de una dicha digamos ciega; o, al contrario, sufrir en libertad ante la certeza del conocimiento. Del vacío.

Kathy (Carey Mulligan), Tommy (Andrew Garfield) y Ruth (Keira Knightley) pasan su infancia en un internado inglés aparentemente idílico. Viven ajenos al destino de sus vidas. Hasta que descubran que no son más que piezas de recambio, material defectuoso. Les espera necesariamente la muerte. Como a todos, pero a ellos al menos con un propósito: morir para que otros vivan más. El peso de la película descansa sobre una Mulligan doliente y profundamente conmovedora. Ella será seleccionada para atender, para convencer, para aliviar al resto de los clones (eso son) de su condición de clones.

La cinta discurre por la pantalla con una premeditada frialdad. Importa respetar el drama que circula por dentro y que por dentro alimenta del absurdo de todo esto. De nuevo, la idea es, como contaba el criado, acabar con el tigre. Y que no quede rastro.

Fuente: el Mundo, España