“La gran aventura Lego 2”: La alianza de los juguetes con el cine abre un nuevo capítulo

MIRÁ EL TRÁILER. Este jueves se estrena un nuevo film de la franquicia infantil que logró reconvertirse gracias al cine; los superhéroes no podían faltar.

img
Aunque en la película no cambian un ápice las formas caractarísticas del diseño de sus personajes, la animación logra un efecto totalmente distinto.

“Su redención llegó al decidir convertirse en una franquicia multimedios, sin perder los juguetes”

“Considerando que soy alguien que pasó casi toda la vida en la cárcel, tengo una pregunta: ¿qué pasó con los Lego? Solían ser más simples. Sé que saben de lo que hablo. Algo pasó. Lego de Harry Potter, Lego de Star Wars, kits Lego, pequeños bloques. No digo que sea malo… solo quiero saber qué sucedió.” La frase pertenece al ficcional profesor Kane y fue dicha en la serie Community, en 2011, tres años antes del estreno de La gran película Lego y ocho antes de su continuación, La gran aventura Lego 2, que en realidad es la cuarta de una serie de films animados que incluyen a Lego Batman: La película ya Lego NinjaGo: La película, que ya llevan recaudados casi 1000 millones de dólares en la taquilla mundial.

La pregunta del profesor daba cuenta en aquel 2011 de aquella Lego, ya con 60 años de edad, y su vida pre-Hollywood, cuando el imperio de la compañía danesa de juguetes apenas había logrado salvarse de la bancarrota. Su redención llegó al decidir que convertirse en una franquicia multimedios, sin perder los juguetes, era su mejor opción. Lo han escrito una y otra vez: Lego es la Apple de la industria del juguete, dando cuenta en esa expresión de la intencional construcción puertas afuera de un imperio que busca calidad de diseño en sus productos.

Renacida de sus propias cenizas (literalmente, ya que sufrió tres graves incendios), Lego se expandió a videojuegos, series animadas, parques temáticos, exhibiciones, ferias, juguetes de diseño industrial y, aquí su superpoder, a la posibilidad de aglomerar franquicias (Star Wars, Harry Potter, El Señor de los Anillos, y hoy sería imposible replicar toda la lista sin quedar sin espacio). En esa jugada, la compañía buscaba convertirse en una metafranquicia, una marca de agua de un estilo a la hora de abrazar la cultura pop y la infancia como un todoterreno lúdico. No por nada al día de hoy existen hasta “brickartists”, es decir, artistas Lego, cuyas creaciones con las piezas encastrables son solicitadas como identidad visual por nombres como Lady Gaga. Lego es un objeto multicultural (ellos se aseguraron de ello), pero que sigue siendo, y vale no olvidarlo, una corporación.

Sobran documentales, como Beyond the Brick: A Lego Brickumentary, que explican ese ascenso en la escala Forbes y en la percepción global, pero ¿qué construyó Lego en Hollywood como nadie nunca antes? La gran película… comenzaba allá por 2014 cantando “todo es increíble”, el estribillo de su hiperkinética banda de sonido. La escuchaba Emmet (voz de Chris Pratt en la versión original), un obrero de un mundo Lego, uno diseñado hasta lo autómata, pero que podía cantar durante ocho horas “todo es increíble” (mientras le cobraban 40 dólares el café). No había un caballo de Troya hecho de Lego que solo unos pocos vieron en esa estructura: la película establecía desde que abría los ojos su descarada existencia como un producto generado sobre la base de un juguete corporativo (que incluso iba a generar más juguetes corporativos).

¿Era aquello una estrategia de la marca o era la huella de los directores detrás del film, Phil Lord y Chris Miller, responsables de la saga Lluvia de hamburguesas, la saga Comando especial y ese big bang animado que es Spider-Man: un nuevo universo (y, sí, despedidos del rodaje de Una historia de Star Wars: Solo)? Sí y no. Lego comprendió de inmediato que la hiperconciencia sobre su vida como producto era clave para generar una radiación distinta, pero con iguales resultados (miles de millones en taquilla y productos vendidos). Pero Lord y Miller entendieron otra cosa, que sería el ADN de Lego como producto de cine.

Lord y Miller, sí, creaban un doble juego: por un lado, una película animada que era dueña de una superpoblación de referencias que hacían que los codazos de Shrek en 2001 contra Disney y sus cuentos de hadas fueran una broma de salón de un tío ebrio (hoy hasta Disney se pega a sí mismo en Wi-Fi Ralph). Aquí todo convivía –sistema, burla al sistema, frenesí, amor por el género y los personajes, burla contra estos y sus lugares comunes– en una especie de Alexandría ultrapop que juntaba, sin más explicación que la misma que da una batea de juguetería a Batman, Superman, Han Solo, productos por venir (Unikitty, devenida serie con dos temporadas en Cartoon Network), Gandalf, los All-Star de la NBA cosecha 2002, William Shakespeare, Dumbledore y, claro, Abraham Lincoln.

Lord y Miller entendían que donde Marvel (o cualquier universo lúdico moderno dueño de más de un personaje y de varias películas) debía explicaciones, los niños no las necesitaban porque sus juguetes no las daban. Si Lego era Batman y Gandalf, ¿por qué no aprovechar los tics narrativos más cercanos al mundo de un infante viendo YouTube sin eje alguno más allá del próximo video? ¿Por qué no hacer de la anarquía infantil de inventar historias, objetos y reglas el sistema nervioso de un film corporativo? Eso hicieron, e incluso se animaron a más (con permiso de sus jefes Warner y Lego, claro): al final del film se dejaba en claro que el relato que veíamos era tan solo un niño jugando con las piezas, invadiendo el mundo de papá fan de Lego (fan fundamentalista, que pegaba con la Gotita sus personajes antes de dejarlos sueltos por ahí). Lord y Miller aprovechaban la tonelada de franquicias a mano para patear donde no pega el sol a quien pide que la cultura pop sea un bloque único.

Esa visión de Lord y Miller fue bienvenida. Pero dejaba en claro que Lego, gracias a ellos, se iba a vincular con el pop, sus franquicias, la noción del valor de una franquicia, el pasado de sus objetos y sus posibilidades como nadie hoy en el cine. No por nada la dupla quedó a cargo de todo el asunto (son guionistas de esta segunda parte y productores en los otros films) y su reciente Spider-Man es una celebración, sí, del arácnido (sea en forma de helado o de meme, de creación de Stan Lee o herejía de este) que teje una red humanista entre todas sus instancias como producto pop que necesita venderse una y otra vez para sobrevivir.

Bajo esa tutela, Lego Batman la película se convirtió en la más alegre de las encarnaciones del encapotado, que se reía de todo lo pasado, pero también lo abrazaba (de Christopher Nolan a Adam West: todo es Batman, incluyendo, claro, la pregunta de ¿por qué sale con niños a saltar por terrazas?). Lego NinjaGo: La película tenía menos ambiciones, pero también trabajaba esa hiperconciencia (el Godzilla de turno era un gatito real en medio de un set de Lego).

Un desfile de estrellas

Ahora llega La gran aventura lego 2, y sigue la sofisticación metatextual perfectamente conjugada por el absurdo y el malabarismo con franquicias (aquí aparecen de Bruce Willis a, claro, Abraham Lincoln). Ya desde su primer instante la aparición de Lego Duplo, producto infantil de la compañía, se deja en claro que lo mercachifle y lo recreativo asumen una forma casi nueva: la de un objeto que puede contener todos los relatos posibles, todos los personajes posibles, todo el marketing tolerable y aun así avanzar como film sentido, sin dejar de mostrar sus huellas corporativas. Si a fines de los años 70 George Lucas comprimió el cine en sus muñecos de Star Wars cambiando para siempre la industria del cine y del juguete, la compañía de bloques hace algo inverso: cada muñeco, cada pieza es un big bang de películas posibles. Un metagénero en bloque.

Fuente: La Nación.