¿Cómo digo lo que digo? El desborde verbal legitima la violencia

Por Dionisia Fontán, especial para DiariodeCultura.com.ar.

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¿Cuánto influye la violencia cotidiana en nuestro modo de comunicarnos?

¿Podemos, acaso, recortar la comunicación y aislarla de este fenómeno destructivo, que se instaló con fuerza? La violencia crece y se multiplica en un campo raso que no cultiva el respeto. Es germen de una familia disfuncional donde conviven la prepotencia, el autoritarismo, la impotencia, el miedo, los agravios…

La violencia comienza no bien abrimos la boca para lanzar palabras de alto impacto. Así, la escalada verbal se torna peligrosa y legitima la violencia. Lo advertimos a cada rato, cuando . preferimos confrontar antes que consensuar. Cuando somos incapaces de aceptar opiniones de quienes piensan distinto o ponemos en marcha nuestra lengua filosa.

Figuras públicas expresan los conceptos más vulgares con total impunidad, olvidando que la función pública demanda responsabilidades . Entre ellas, practicar la buena educación. Abusan del  lenguaje de cancha y, para ellos, sus opositores son  lisa y llanamente enemigos en vez de considerarlos adversarios, como corresponde en una sociedad democrática. Claro que lleva mucho más de cien años construir una democracia y cuando –por fin- se logre, no habrá necesidad de mencionarla tanto. Quienes nos sucedan la vivirán con naturalidad, defendiendo sus derechos y ejerciendo sus obligaciones.

La comunicación chatarra se nutre de esas personas que primero hablan y después, con suerte, piensan. Acostumbran a reaccionar en automático, sin medir las consecuencias. Siempre listos para meter la pata (mejor dicho: hundirla) y provocar incomodidad, tensión, un mal rato.

Cuando el respeto escasea o es ignorado, deja el camino libre a la violencia que se expande y contamina la comunicación. Descalificar, por caso, ya es moneda corriente en todos los niveles.  Casi, casi, un deporte nacional. Por lo tanto, vale la pena tomar ciertos recaudos, prestar atención (y cuidar) nuestro pobre lenguaje oral, que perdió calidad y suena decadente.

En suma, si actuamos como seres civilizados, resulta poco probable que la violencia aterrice entre nosotros y los que se nos parecen. No encuentra pista. Somos responsables de lo que decimos y de lo que hacemos. No estamos condenados a la violencia perpetua. Podemos elegir entre dar un abrazo o pegar un portazo. Podemos decidir si persuadimos o si avasallamos. Podemos anteponer el respeto a la viveza, tan enquistada, que arrastra una larguísima historia de daño. Desde siempre.

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Dionisia Fontán, periodista y coach en comunicación

Mail: dionfontan@hotmail.com/ Facebook: dionisiafontancomunicación

Propongo encuentros grupales e individuales (aptos para todo público) a quienes desean mejorar su capacidad de comunicarse de un modo efectivo y no violento.

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Comparto recursos para hacer foco en conductas básicas: respeto, mensaje breve y claro, escucha activa, palabra responsable, que facilitan la convivencia laboral, personal y social.