¿Cómo digo lo que digo?: El NO tiene mala prensa

¿Cuántas veces aceptamos decisiones ajenas que no compartimos y hasta pedidos desconsiderados? Una concesión que nos hace sentir mal con nosotros mismos. Por Dionisia Fontán. Especial para DiariodeCultura.com.ar.

no decirlo

El “no” tiene mala prensa porque genera miedo de caer antipáticos, de que nos rechacen, de que se enojen, de que nos aíslen, de perder algún beneficio o de herir a los otros.

Entonces optamos por decir “sí” con mayor facilidad, aunque estemos en desacuerdo. Y de tanto repetirlo, por conveniencia, para evitar conflictos, para que nos acepten, para que nos quieran, por comodidad, transformamos el “sí” en una palabra devaluada, poco confiable, dicha para zafar. ¡Cuántos compromisos habremos aceptado que luego no cumplimos!.

En su libro El poder de un no positivo, William Ury explica cómo mantener las propias posiciones sin violentar los derechos de la demás personas. “La forma como comunicamos el no y el hecho mismo de hacerlo, determina la calidad de nuestra vida. Por cada sí importante es necesario decir mil veces no. Ante todo –sostiene Ury- ,  decir no significa decirse sí a uno mismo y proteger aquello que cada uno valora”.

A propósito de este tema, una compañera de ruta me contó que se siente decepcionada con la modalidad de su amigovio. “Es un tipo amable y le gusta agasajarme, pero siempre decide por mí. Vamos a ver las películas que él elige y a comer los platos que más le gustan. Anteayer, por ejemplo, se entusiasmó anticipando que me llevaría a probar las mejores mollejas crocantes de la city”.

“Por favor, no se te ocurra pedir arroz con verduritas salteadas”, me aclaró, en tono burlón. Nunca pude negarme –prosiguió ella-. Y sabe que no me gusta la carne. ¡Te imaginás, mucho menos, las achuras! A veces, cuesta resignarse a estar sola y, la verdad, escasean los señores de bolsillo generoso. Ojo, también reconozco que sus invitaciones suelen ser manipuladoras, por eso me desilusionó. Al final, es preferible comerse un arrocito en casa, sola, antes de aceptar dócilmente invitaciones que me incluyen y, a la vez, no me tienen en cuenta”.

Algo similar sucede con las rutinarias visitas familiares de los domingos que (en ciertos casos) aburren, agotan y, sin embargo, no nos atrevemos a introducir un cambio de planes. ¿Por qué?  Para evitar fricciones, por temor al reproche, porque es una costumbre que nadie se atreve a quebrar.

El “no” indica un límite y el “sí” un permiso. Ambas palabras son necesarias y se utilizan todo el tiempo. El asunto es evitar que el “no” siga asociándose con un modo desagradable que –inevitablemente- desemboca en el temido rechazo. Y no debe ser así. Conviene darse cuenta de que si adoptamos una conducta respetuosa, si nos comunicamos de buen modo y tono, dupla poderosa, siempre haremos valer nuestros argumentos, necesidades y deseos.

Dionisia Fontán, periodista y coach en comunicación

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