Ecos del 31º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata

Maratón cinéfila en la ciudad balnearia, la que tantas veces me vio veranear y ahora me tiene obnubilada, metida en salas de cine, en la oscuridad cómplice de esa experiencia casi onírica. 400 ofertas de ilusiones y un sentimiento en común. Por: Adriana Muscillo.

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Alguna vez leí que el cine se parece mucho a un sueño. Esa idea me fascinó: Sigmund Freud habla del sueño como el cumplimiento de un deseo. “Cumplimiento”, no “realización”. No se hace real, sino que se cumple en el mundo psíquico. Habla, también, de unos fenómenos de condensación y desplazamiento y de la atemporalidad del sueño. Todo pasa en dos horas: años, días, meses…

Y así es un poco el cine, ¿no? Cumplimos nuestros deseos: somos héroes, agentes super secretos, conocemos mundos fantásticos, sufrimos y gozamos intensamente, atravesados por la impronta de un director de cine que juega con nosotros como con marionetas. Aunque todo eso tenga la validez de unos 120 minutos. En el caso de un Festival de estas características, esa ilusión, esa fantasía cumplida se alarga por espacio indeterminado. Entrás en un mundo del que no querés salir, las imágenes se suceden, cuidadas, perfectas. La música te mete en clima, los planos, la iluminación, el manejo de los silencios, los diálogos, en muchos casos, filosos, inteligentes… Pasan cosas todo el tiempo, les pasan a los otros, a los personajes pero nos pasan un poco a nosotros, también. Por aquello de la transferencia por identificación.

Una oferta de ilusión que parece inagotable y quedás, de alguna manera, atrapado.

Entre cinta y cinta, volvés a la realidad, comentás con colegas, te tomás un cafecito. En algunos casos, participás de la conferencia de prensa que ofrecen los realizadores. En otros, te das una vueltita por la maravillosa rambla y te sacás una selfie con el lobo marino gigante, tan emblemático de “la Feliz”. Luego, regresás, una vez más, a la oscuridad cómplice. Esto es así, cada día de lo que dura el festival, en un promedio de 8 horas diarias de consumo cinematográfico.

Vas eligiendo qué ver y a qué hora, vas armando tu propio “mapa cinéfilo”, marcando tu propia ruta fílmica. Y hay un sentimiento poderoso que te une a las tantas almas que pululan a tu alrededor. Con la mirada, las reconocés. Si te dejás tentar por las medialunas de la Boston, por ejemplo, puede que –al rato- tengas a varias de esas almas rodeándote, cambiando impresiones, pidiendo opiniones. También, puede que te encuentres con un café de dos por uno para quien demuestre ser parte del festival.

Luego de varios días de estar viendo películas, ya vas desarrollando cierta expertise y tenés una idea bastante definida de lo que te ha gustado, de modo que empezás a intercambiar vaticinios. “Para mí, Sonia Braga va al Oscar”. “Paradise me conmovió”. “Creo que Moonlight se lleva el de Oro”. “La chilena El cristo ciego no me gustó”. “La argentina Hermia y Helena no tiene ni pie ni cabeza”. “Free Fire es puro tiros”. Y vas trazando, en tu mente, las palabras adecuadas para describir cada una de ellas. Vas bosquejando los primeros palotes de lo que luego va a ser tu primera nota: “Ecos del 31º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata”.

Por: @AdrianaMuscillo.