El valor de la palabra: “La generosidad”

Haz todo el bien que puedas, por todos los medios que puedas, de todas las formas que puedas, en todos los lugares que puedas, todas las veces que puedas, a todas las personas que puedas, todo el tiempo que puedas. John Wesley - Por Sandra Auteri, especial para Diariodecultura.com.ar

La-verdadera-generosidad

La generosidad es esa capacidad, dentro del corazón humano, que nos despierta la necesidad de ayudar a los demás, de entregar parte de nuestro tiempo a causas nobles, de desprendernos de algunas cosas que atesoramos.

Generosidad es pensar y actuar hacia los demás, hacia fuera. Desde lo interno, desde todo lo aprendido e internalizado. La vida generosa es fruto de un aprendizaje.

Hay muchos hombres y mujeres que son ejemplos silenciosos de generosidad, ejemplos cotidianos. Y estos actos son en verdad heroicos.

Siempre es más fácil llevar a cabo un acto grandioso por el cual nos admiren, que “simplemente” darnos a los demás sin la necesidad de obtener algún crédito. Y es que casi todos tendemos a buscar el propio brillo, la propia satisfacción, el prevalecer siempre… y solemos evitar el dar nuestra luz a los otros.

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Dar sin esperar nada a cambio, entregar nuestro tiempo, volcarnos hacia los demás,  ayudar a los que lo necesitan, dar consuelo a los que sufren… eso es generosidad. Y no es un valor pasado de moda que en este espacio rescatamos.

Al reflexionar sobre esta virtud, encontramos que la vida del ser humano está llena de oportunidades para poder servir y hacer bien al prójimo. Una persona generosa se distingue por su disposición natural e incondicional para ayudar a los demás sin hacer distinciones, y por la discreción y sencillez con la que actúa, apareciendo y retirándose en el momento oportuno.

Para crecer en generosidad, antes debemos considerar y reflexionar un poco en nuestras actitudes: “¿Me esfuerzo por superar la propia comodidad, tomando conciencia de la necesidad ajena?”.

Ser generoso es algo que muchas veces requiere un esfuerzo extraordinario. Para vivir mejor esta virtud en lo pequeño y cotidiano, es de gran utilidad poner en práctica algunos gestos que ya conocemos.

En primer lugar, sonreír, que siempre nos allanará el camino. O deponer los gustos personales, permitiendo a los demás, por ejemplo, que elijan una película, un lugar de diversión, un pasatiempo, la hora o el punto de reunión.

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También ceder la palabra, el paso, el lugar; que además de ser un acto de generosidad, denota educación y cortesía. Y ser comprometidos y cumplir con nuestras obligaciones, con optimismo, buscando el beneficio ajeno, a pesar del cansancio.

O poner a disposición nuestras habilidades y nuestros conocimientos al servicio de los demás. Por más antipático o insignificante que parezca quien nos pide ayuda, consideremos que podemos ser las personas adecuadas para resolver su situación.

Seamos sencillos, actuando discretamente, sin anunciarlo y sin esperar felicitaciones.

El hecho de vivir con la conciencia de entrega a los demás nos ayuda a descubrir lo útiles que podemos ser en la vida de nuestros semejantes, alcanzando con ello la verdadera alegría y la íntima satisfacción del deber cumplido.

La verdadera generosidad disminuye el ego, y no sólo se practica dando cosas. Se puede dar tiempo, atención, interés, además de querer compartir las habilidades y destrezas propias.

¿Por qué una persona está dispuesta a donar sin recibir a cambio más que la satisfacción personal o la consideración de la comunidad?

La generosidad actúa en beneficio de alguien, aun sin estar vinculado con él; y se le hace un bien, aun cuando ello pueda debilitarnos. Se da ―como dice un viejo proverbio árabe― antes de que se nos pida, y, finalmente, se actúa, incluso, sin que nadie se entere y sin ningún fin ulterior, es decir, sin querer obtener puntajes o descuentos.

Una campaña, como la del Día Mundial del Donante de Sangre, es necesaria como activadora de la solidaridad, pero, si sólo queda en eso, el efecto puede apagarse cuando esa misma campaña se cierre. Distinto será si despierta la generosidad, porque cuando ésta se instala, luego no necesita campañas. No hay llamados a la generosidad, como sí los hay a la solidaridad. Tampoco al amor, sostén de la generosidad.

La generosidad no distingue condiciones sociales, económicas y culturales; es una manera real, efectiva, accesible y activa de recordar que somos parte de un todo. Todos compartimos el aire que circula, sin barreras idiomáticas, religiosas, nacionales.

El escritor y pintor libanés Khalil Gibran definió a la generosidad de la siguiente manera: “no consiste en que me des algo que yo necesito más que tú, sino en darme algo que tú necesitas más que yo”.

En la elección de una vida generosa hay un trabajo profundo que deberemos hacer con nuestra propia alma, y, desde allí, desarrollaremos una mirada atenta sobre el otro con la certeza de que aquello que tenemos transitoriamente en nuestras manos tiene como designio propagarse entre todos, y de que estamos aquí para asegurarnos de que así sea.

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Sandra Auteri – Locutora Nacional MN 10.523
Difundir valores a través de palabras cotidianas es un desafío que les propongo transitar.
La consigna es que en cada encuentro, teniendo como guía la palabra elegida, podamos celebrar
nuestras fortalezas y superar nuestras limitaciones.