Perrito Coraje

Cuento de Alejandro Casas #, especial para DiariodeCultura.com.ar.

manos caminata

El la ve alejarse. Camina altiva y su cuerpo delgado empieza a delinear las primeras formas buscando la silueta de la futura mujer.
En su andar hay algo de su madre: la belleza, la sensualidad y una seguridad que oculta timidez e introversión.
Un recuerdo fugaz viene a su mente.
En esa misma vereda, en la puerta de su casa, él intenta enseñarle a andar en bicicleta sin las dos rueditas laterales de apoyo.
Ella es temerosa, insegura. Se aferra al manubrio con una fuerza obstinada. Y avanza temblorosa.
Sabe que su padre la sostiene del asiento. Sabe que no la dejará caer. Pero también sabe que tiene que soltarse y andar sola, porque ese es su desafío aquella mañana, y porque se lo propuso varias veces postergándolo reiteradamente.
Pero ese es el día. Tiene que serlo.
A pesar de sus inseguridades, de sus miedos y vacilaciones, ella tiene la obstinada voluntad de lograr las cosas cuando se las propone. Aún protestando y enojándose con sus padres y con ella misma.
Siempre fue así. Desde chiquita.
Lo demostró cuando una mañana se levantó de la cama y caminó decidida hasta el tarro de basura de la cocina para tirar el chupete, después de los pedidos denodados e insistentes de su mamá.
Lo hizo cuando ella quiso. Y sin previo aviso.
Ella ahora se encuentra con dos adolescentes. Los saluda con un beso. Con el mismo beso a ambos. Pero su padre sabe que uno de ellos es algo más que un amigo.
No sabe bien qué ni cómo calificarlo. La palabra “novio” ya no existe entre los adolescentes (o no existe cómo era antes). Fue reemplazada por otras palabras más inciertas e indefinidas: “están”, “salen”…
Novio es demasiado formal, queda para más adelante, después de un tiempo de “estar” y de “salir”.
El no lo entiende. No logra entenderlo.
Pero más allá de las calificaciones imprecisas, lo cierto y concreto es que ella camina segura y altiva entre dos adolescentes de los cuales uno (no sabe cuál), es algo más que amigo.
Como aquella mañana de la bicicleta, hay en ella algo de inseguridad, de vacilación y de temor. O por lo menos a él se le ocurre pensarlo así, como si quisiera encontrar en su hija adolescente resabios y señas de la niña que ya no es.
Y que no volverá a ser.
“Perrito coraje!”, le dice su padre aquella otra mañana mientras va quitando su mano del asiento de la bicicleta.
“Perito coraje!”, repite ella, aferrándose al manubrio tembloroso.
Es una frase que inventaron juntos un día para afrontar situaciones difíciles y desafíos osados. Una fórmula mágica para ahuyentar los miedos que la vida exige enfrentar.
La bicicleta zigzaguea. Y ella se esfuerza por no perder el equilibrio. Con obstinación y temor en una puja constante.
Sabe que tiene que hacerlo. Sabe que ese es el día para lograrlo, como la mañana que dejó el chupete definitivamente.
“Uno… dos… tres…”, le dice su padre antes de quitar la mano del asiento.
“Uno, uno, uno, uno, uno…”, repite ella, como queriendo prolongar la seguridad de la mano de su padre.
“Uno, uno, uno, uno, uno… Bien!”, grita cuando logra andar unos cuantos metros sola en la bicicleta.
Y su padre festeja.
Una vez más su hija logró lo que se propuso con obstinación y empeño.
Ahora su hija adolescente está lejos, como a cincuenta metros de su casa, caminando entre los dos amigos. Altiva, segura, con movimientos que insinúan una sensualidad en ciernes.
Sabe que su padre está mirándola desde la puerta de su casa.
Esta vez su padre no quiere soltar la mano del asiento de la bicicleta. No quiere dejarla sola. No quiere dejarla ir. Pero sabe que tiene que hacerlo. Que no puede evitarlo. Que es uno más de los desafíos de la vida.
Sabe que llegó el momento.
Uno de los chicos le agarra la mano. Y él siente un vacío en sus manos, y un escalofrío que le recorre todo el cuerpo.
Por un instante su hija se da vuelta y lo mira, y suelta la mano de su “novio” para saludarlo.
“Perrito coraje”, dice él en voz baja.
Y entra a su casa.

 

# Abogado, docente y escritor.