Un argentino en París: La Pérouse

La gran partida hacia lo desconocido (segunda parte) – Por Jorge Forbes, especial para DiariodeCultura.com.ar

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“La Boussole” y “L’Astrolabe” zarparon del Puerto de Brest el 1/8/1785 y el Capitán La Pérouse controlaba todo: Los víveres, la higiene y el cargamento.

Desde el puente de La Boussole, Jean François de La Pérouse observaba el Puerto de Brest del cual se alejaba luego de varios meses de preparativos bajo un cielo despejado. Poco a poco disminuyeron los aplausos y los gritos del gentío que gritaba «viva el rey» reunidos en los muelles en homenaje a Louis XVI, el gran organizador de esta loca epopeya.

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A pesar de la lejanía el experimentado navegante percibía todavía una pequeña mancha blanca, el sombrero de su esposa Eléonore, una luz en el horizonte de la cual quedaba totalmente enganchado, una imágen, la de su  adorada, que a lo mejor vería por última vez en su vida. Para borrar es negro pensamiento, su vista se dirigió a L’Astrolabe, la otra nave a su cargo, que navegaba muy cerca de la suya. Al mando de ésta, más que un segundo de a bordo, un amigo, Paul Antoine Marie Fleuriot, Vizconde de Langle.

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Inmediatamente, su vista lo reconfortó. Estaba feliz de que su adjunto formara parte de esa aventura, la cual debería extenderse por más de 150.000 kilómetros, y de que fuese con ese hombre, al que admiraba y respetaba por su fuerza y su discernimiento. Un hombre de carácter minucioso y prudente era el verdadero jefe de ese contingente de sabios, embarcados en esa travesía cuyo objetivo era muy ambicioso.

No solo tenían que cartografiar las islas del océano Pacifico y descubrir nuevas tierras sino también, lo tomaban como un viaje científico. Los 17 especialistas de renombre (astrónomos, hidrógrafos, botánicos…) a bordo, querían aprovechar esa expedición para ampliar sus conocimientos.

El espectro del escorbuto

Sin embargo había una sombra en ese cuadro ya que La Pérouse estaba un tanto contrariado. Su fragata avanzaba muy despacio, no era lo suficientemente maniobrable para su gusto. ¿En esas condiciones podría afrontar las corrientes y la inmensidad del Pacífico?. Esperaba franquear el Cabo de Hornos y llegar a Chile antes de la primavera de 1786 para tener el tiempo de hacer una amplia escala antes de ir a la Isla de Pascua. El irlandés Robert Sutton, su segundo en La Boussole, leía sus pensamientos : «Temo que estemos demasiado cargados comandante para aumentar nuestra velocidad. Somos apenas un centenar de personas a bordo».

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Las dos naves eran menos rápidas que resistentes; 350 toneladas de víveres fueron subidos a los dos barcos al igual que 1 000 toneladas de materiales, objetos para ser cambiados en las diferentes escalas. Cada una de las fragatas era una verdadera casa flotante. En el puente se instalaron molinos para producir harina; aves de corral destinadas a la mesa de los oficiales; vacas atadas al mástil; ovejas amontonadas en las chalupas* y las bodegas llenas de bolsas de papas.

Cada barco llevaba igualmente 12 cañones, un gran globo aerostático e instrumentos para determinar la altura y dirección de los vientos. «Veremos de que mercancías podremos separarnos cuando lleguemos a Madera, dentro de 10 días», le contestó La Pérouse a Sutton. El comandante le recordaba a la tripulación que debían limpiar diariamente los compartimentos. El barco había sido concebido para asegurarles salud y comodidad.

«Deben asegurarse que las cabinas estén aireadas y perfumadas ya que por experiencia propia  la humedad fría me indica que puede ser un factor desencadenante del escorbuto», les decía a los marineros que inclinaban la cabeza afirmando,  igualmente inquietos a pesar de la alegría y la euforia, visibles en sus miradas.

El espectro de la «peste de los mares», aparecía habitualmente al cabo de 60 días de navegación si no se consumían las raciones a bordo, cosa que inquietaba a la tripulación. «Las preparaciones del mar están aquí», decía uno de los asistentes de los oficiales. Unas bebidas a base de melaza y hierbas que tenían vitamina C, o ácido escórbico y que debían ser consumidas todos los días lo que permitía evitar la enfermedad.

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La Pérouse seguía con su inspección  a la que sumaba Paul Monneron, ingeniero en jefe de la expedición, quien había realizado, anteriormente, un viaje a Inglaterra para recoger consejos inspirados por la expedición del navegante James Cook, primer europeo en haber atracado en Hawai en 1778. Traía a bordo, los instrumentos de navegación más modernos, de igual forma que los regalos del rey destinados a las poblaciones; medallas con su esfinge, plumas de colores, pañuelos de seda, cuatro órganos de Alemania a lo que se le agregaban barras de hierro, clavos, alfileres, horquillas y anzuelos.

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«No toque nada de esto Comandante», le advirtió Monneron, y La Pérouse, irguiéndose le dijo: «Hay igualmente demasiadas cosas de metal aquí. ¿Y que van a hacer los indígenas con los órganos?»!  Recuerda el consejo de Louis XVI de no recurrir a la fuerza ante esos pueblos. Y no hay nada mejor que los regalos para engatusar y domar a esos desconocidos. «No; deje todo allí. Sigamos».

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Los sabios a bordo 

Instalados en otro lugar del barco los sabios observaban la llegada del Comandante a los lugares que tenían asignados. Ciudadanos poco acostumbrados a las aventuras descubrían la vida en el mar y desconfiaban de los oficiales, orgullosos de su rango y de su pasado. Joseph la Martinière, emérito botánico, parecía querer ser el portavoz de los demás. «Capitán, todos los objetos que llevamos nos serán indispensables para estudiar las zonas y comarcas hacia las cuales nos dirigimos».

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Al escucharlo La Pérouse recordó de su propia biblioteca, instalada en su cabina. Llena de los relatos y narraciones de Cook, su referencia absoluta. «Señores, los sueños pesan mucho más de lo que yo imaginaba! Pero aprenderemos a maniobrar con semejante cargamento. El Nuevo Mundo nos espera!”.

(*) La chalupa es un tipo de embarcación pequeña de rescate, que puede ser propulsada a vela, a remo.

Para mas datos: forteressedemontbazon@gmail.com o forteressedufauconnoir.com

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°Jorge Forbes es un periodista argentino que reside en Francia y que desde 1982 es corresponsal en París para diferentes medios, tanto en la Argentina (Radio Continental), como de Estados Unidos (Voice of América), México (Radio Noticias) y Uruguay (Radio Sarandí).
Actualmente colabora con Diario de Cultura y con Arte y Colección y propone visitas en la capital francesa (privadas o en grupo, no mas de 4 personas) por lugares donde vivieron argentinos famosos y conocidos, asi como sitios poco conocidos para turistas, incluso aguerridos en la materia. Se recomienda hacer el pedido por email a jcforbes_2000@yahoo.fr o al teléfono celular en Francia: 0033606837915.
Se puede igualmente visitar su pagina web: www.jorgeforbes.com.ar