Bajo el peso del tedio: la industria del entretenimiento crece, pero sobran los aburridos

Una sociedad hiperestimulada, que procura la diversión constante, genera paradójicamente un aburrimiento que surge de una atención flotante y de la falta de sentido personal; cuando se aburre, dice la ciencia, el cerebro se desconecta; para superar este mal de época es preciso recuperar la capacidad de asombro

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En 1964, después de visitar la Feria Mundial de Nueva York, donde uno de los pabellones exhibía los cambios que la electricidad había traído a la humanidad desde 1900 hasta entonces, el autor de ciencia ficción Isaac Asimov escribió un artículo en el que jugó a proyectar esos avances hacia el futuro. “¿Cómo será la vida, por ejemplo, dentro de 50 años, en 2014? No lo sé, pero lo puedo adivinar”, desafió. Desplegó a continuación una larga serie de predicciones, muchas de las cuales resultaron certeras. “Si las máquinas son inteligentes hoy -apuntó-, ¿qué no podrán ser dentro de 50 años?”. En el texto, titulado “Visita a la Feria Mundial de 2014” y publicado en The New York Times, hay descripciones de cocinas automatizadas, vehículos sin conductor y robots capaces de hacerse cargo de trabajos rutinarios. Sin embargo, ese optimismo se ensombrece en los últimos párrafos. Tal como si Asimov, al redactarlos, hubiera caído bajo el influjo de Ray Bradbury o Theodore Sturgeon.

“A pesar de todo [de los avances antes descriptos], la humanidad sufrirá terriblemente de aburrimiento, una enfermedad que se propagará más cada año y crecerá en intensidad -escribió-. Esto tendrá serias consecuencias mentales, emocionales y sociológicas, y me atrevo a decir que la psiquiatría será por lejos la especialidad médica más importante en 2014. Los pocos afortunados que puedan dedicarse a trabajos creativos de cualquier clase serán la verdadera elite de la humanidad, porque solo ellos harán algo más que servir a una máquina”.

¿Acertó o equivocó el pronóstico? La respuesta no resulta sencilla. Es difícil medir un estado de ánimo. A primera vista, parecería que en el vértigo de la vida actual nadie tiene tiempo de aburrirse. Por otra parte, si de pronto se produce un espacio vacante en el que podría asomar esa “insoportable levedad del ser”, tenemos a disposición el antídoto más efectivo para llenarlo. Lo llevamos en la mano y apelamos a él incluso mientras estamos cruzando una avenida. Sin embargo, el teléfono inteligente es solo la avanzada del verdadero ejército que la sociedad despliega hoy en su lucha por mantenernos divertidos. En un crecimiento revelador, la industria del entretenimiento se ha extendido a todos los órdenes de la vida. Libra en múltiples frentes una guerra sin cuartel, de avances y retrocesos, donde muchas veces no está claro si en verdad ha conquistado el territorio en disputa que reclama suyo.

Su enemigo, el aburrimiento, es invisible, ubicuo, silencioso. No se entrega fácil y está siempre al acecho. Aprovecha incluso el despliegue de su oponente para hacerse más fuerte. Y cuanto más débil parece, más crece y se multiplica. Todo indica que estamos ante una gran paradoja: hay poco espacio para el aburrimiento y la tolerancia a sus efectos es cada vez menor, pero en las grandes ciudades del globo sobran los aburridos. Así surge al menos de varios de los libros y estudios sobre el tema que se han hecho en los últimos años, entre ellosEl arte de saber aburrirse, de Sandi Mann, psicóloga de la Universidad de Lancashire, Gran Bretaña, y El aburrimiento, una historia animada, de Peter Toohey, profesor de la Universidad de Calgary, Canadá.

Zapping

“El aburrimiento surge en medio de una sociedad hiperestimulada y es propio de vidas sin proyecto, en las que el trabajo, la familia y las preocupaciones cotidianas se vuelven rutina y monotonía. Hoy el tiempo libre se llena con ayuda de la industria del entretenimiento, que distrae y dispersa la atención -dice la antropóloga e investigadora del Conicet Ana María Llamazares-. El aburrimiento es aquello que aparece cuando, gracias a la sobreestimulación, dispersamos la atención y no somos capaces de hacer foco en nada”.

Este zapping de la atención parece un aspecto constitutivo o al menos sintomático del asunto. Así lo sugiere la definición de aburrimiento del diccionario de la Real Academia Española: “Estado de ánimo del que no encuentra atractivo o interés en lo que lo rodea o en la vida en general”. En otros términos, “es la experiencia desagradable de querer involucrarse (sin conseguirlo) en una actividad que resulte satisfactoria”. Tal la descripción de John Eastwood, psicólogo de la Universidad de York (Toronto, Canadá), que también pone el foco en la atención. Más precisamente, en su falta. “La atención es lo que usted está empleando ahora para tapar toda la plétora de estímulos que le impiden concentrarse en la lectura”, dice con ironía en su artículo “La mente no comprometida” .

Aburrido frente a una pantalla Crédito: SHUTTERSTOCK

Sin atención no hay interés. Y sin interés no hay foco. “Es el famosomultitasking, que incluso tiene una connotación positiva -dice Llamazares-. Sin embargo, como señala el filósofo Byung-Chul Han, en verdad se trata de una regresión. Ese tipo de atención dispersa es propia de los animales salvajes, que deben permanecer alertas a las señales de peligro para sobrevivir. La atención plena, ya sea a una tarea o un pensamiento, es propio de lo humano más elevado”. ¿Por qué es importante esta atención plena? En su lección “Ensimismamiento y alteración”, de 1939, Ortega y Gasset ensayó una respuesta. Prescindir por momentos de los estímulos externos, en virtud de los cuales vivimos “alterados”, le permite al hombre retirarse hacia su intimidad, ensimismarse, para formarse una idea de las cosas y luego actuar en consecuencia. Lo otro sería, en palabras de Ortega, vivir esclavizados por las cosas o por el afuera. O por un estado de vigilancia permanente, como los animales.

Desconexión

Cuando se aburre, dice la ciencia, el cerebro se desconecta. ¿No es la conexión permanente un modo de estar desconectado? Esa atención flotante que se afinca en todo y en nada es quizá la deriva sin rumbo de una mente que, en su falta de interés genuino, no encuentra asidero. La mente aburrida surfea en las pantallas en busca de distracción, de entretenimiento, de estímulos que liberen dopamina, sin sospechar acaso que esa misma distracción a la larga profundiza el tedio y perfecciona el estado de desconexión.

¿Cómo salir entonces del aburrimiento? “Todos los males de los hombres provienen de una sola cosa: no saber quedarse quietos en una habitación”, escribió Pascal en el siglo XVII, una prueba de que el miedo al vacío y al tedio vienen de lejos. Una estrategia posible, entonces, podría ser dejar de huir y enfrentarlos.

“La sociedad se diagrama para matar el aburrimiento -dice el filósofo y ensayista Tomás Abraham-. Cualquier tipo de manía sirve para anularlo. El enemigo de la sociedad aparece cuando nos aburrimos de la diversión”.

-¿Qué es el aburrimiento para vos?

-Un dolor indoloro. La opresión del tiempo. La vivencia de que nada pasa, y la lentitud soporífera. El vacío sin sentido. La repetición en bruto.

– ¿Te aburrís seguido?

-No me aburro porque no sabría qué hacer conmigo mismo. Tengo formas de decorar el aburrimiento: veo tele, escucho radio, veo horas de fútbol, pongo una película tonta, como verduras.

Para Abraham, la creatividad va ligada al entusiasmo. Sin embargo, atravesar el aburrimiento puede deparar sorpresas: “Sucede que en momentos de vacío, de poder soportar el peso de la nada, la mente se libera de la presión del tiempo y genera novedades”.

Tiene razón Abraham. Hemos llegado al punto en el que el entretenimiento acaba aburriendo. El limbo de la distracción, por otra parte, impide hacer pie en esos momentos de vacío de los que puede surgir algo nuevo o distinto. Estar aburridos y reconocerlo, a fin de cuentas, es también quedarnos a solas con nuestro pensamiento y con nuestra capacidad de contemplación. “Se huye del aburrimiento tanto como se huye de la soledad -ha escrito por estos días la escritora española Marta Sanz en el diario El País-. Ambos son tabú en nuestra sociedad actual, pero ambos permiten o habilitan esos espacios de reflexión y de creatividad”.

La escritora Claudia Piñeiro dice que se aburre poco. “En el único caso en que el aburrimiento puede dolerme en el cuerpo es cuando estoy atrapada en una situación que no me interesa y de la que no puedo salir. Por ejemplo, quedar sentada en un casamiento o en una cena junto a alguien que me conversa de un tema que no me llega para nada”. ¿Quién no pasó por eso alguna vez? En su libro Filosofía del tedio, el sueco Lars Svendsen afirma que el aburrimiento siempre supone la conciencia de estar atrapado, ya sea en una situación concreta o en el mundo como totalidad. Respecto del segundo caso, que es el que nos ocupa, Piñeiro ofrece, sin proponérselo, otra clave. “No me aburro mucho porque siempre tengo algo por hacer que me entusiasma: leer, el teatro, el cine o una serie, charlar con amigos o caminar”. Aburrirse es carecer de entusiasmos.

Llenar el tiempo libre

Antes se aburrían los ricos, las clases altas. Con la aparición del tiempo libre, el mal se ha generalizado. Hemos llenado de cosas el espacio del ocio y nos hemos convencido de que aburrirse es asunto de aquellos que no tienen nada que hacer. En consecuencia, combatimos el aburrimiento con actividad, de acuerdo a una lógica de consumo que siempre ofrece la redención en algo que está por venir y podemos comprar, desde una nueva serie por streaming hasta otro viaje.

“En el paradigma mecanicista, nosotros también somos concebidos como máquinas que debemos producir y rendir, incluso entreteniéndonos -dice Llamazares-. Y se produce un combo fatal: a esta visión mecanicista que encierra un ideal cultural de máximo rendimiento se le suma la virtualidad, la dimensión digital, que es también la ilusión de que no hay límites, del infinito, y eso potencia el afán consumista”.

– ¿Y qué es el aburrimiento? ¿Cómo lo definirías?

-Es la pérdida de la capacidad de asombro. Y es la pérdida de sentido, por eso es la antesala de la depresión. El aburrimiento tiene que ver con la época. Todos sufrimos el sinsentido. Pero la sociedad actual no te ayuda a conectar con tu interior. La distracción y el entretenimiento son una anestesia contra el sinsentido. También lo son los ansiolíticos, que anestesian los sentimientos. Bajo su efecto, nada te importa.

Nada te importa. No hay entusiasmo. No hay interés. Síntomas de un aburrimiento que a veces se esconde entre los pliegos de la actividad incesante que propone una sociedad hiperestimulada. En este caso, el remedio puede ser peor que la enfermedad, sobre todo si se lo consume en dosis excesivas. Llamazares propone otra cosa. “Hay que recuperar la motivación profunda, conectar con el meollo de la vida como un flujo permanente de novedad. Es tarea de cada uno construir un proyecto, un sentido que parta de la individualidad más profunda. Para eso hay que poder conectar con el propio deseo”.

Mundo de mercancías

Parece fácil, pero tal vez no lo sea. Quizá nuestros sentidos y nuestra atención, como los de los animales en la selva, están demasiado dirigidos a los estímulos que de una forma u otra nos acechan en forma permanente. Según Han, el hipercapitalismo actual disuelve la existencia humana en una red de relaciones comerciales en la que todos somos vendedores en busca de clientes. Así, llenamos el mundo de cosas con una duración y una validez cada vez más breves. “El mundo ha perdido la voz y el habla; es más, ha perdido el sonido -dice Han en su libro La sociedad del cansancio-. El ruido de la comunicación ha sofocado el silencio. La proliferación y masificación de las cosas ha desplazado el vacío. Cielo y tierra están repletos de cosas. Este mundo de mercancías no es apropiado para ser habitado. Ha perdido toda referencia a lo divino, a lo santo, al misterio, a lo infinito, a lo superior, a lo sublime. También hemos perdido toda capacidad de asombrarnos”.

Sin esa capacidad, ya se dijo, nos aburrimos. Tal vez sea momento de plantarnos ante esa sociedad que se empeña en divertirnos para que nos deje vivir nuestro aburrimiento en paz. Como hacían nuestros padres en las siestas de verano de la infancia, en las que solo nos teníamos a nosotros mismos y a cuyo tedio sin orillas llegaba siempre lo inesperado a inaugurar de nuevo el mundo.

Fuente: La Nación,  Héctor Guyot