Berlín: de símbolo de la Guerra Fría a meca del arte contemporáneo urbano

No basta una vida para conocer algunas ciudades, pero a veces se puede captar su esencia en apenas 24 horas. Es la intención de esta serie en la que reporteros recorren las urbes donde viven para ofrecer una mirada distinta, a medio camino entre el nativo y el visitante. Carmen Valero nos acerca Berlín, ciudad que tras caer el muro de la vergüenza se reinventó para convertirse en el paraíso de la creatividad y los movimientos sociales. La capital alemana muestra abiertamente sus heridas para no olvidar el pasado.

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  1. PUERTA DE BRANDEBURGO (Pariser Platz)
  2. ALMACENES KADEWE (Tauentzienstraße 21-24)
  3. REICHSTAG (Platz der Republik 1)
  4. MONUMENTO A LOS JUDÍOS ASESINADOS (Cora-Berliner-Straße 1)
  5. TIERGARTEN (Straße des 17)
  6. EAST SIDE GALLERY (Mühlenstraße)
  7. BARRIO KREUZBERG (el pequeño Estambul)
  8. MUSEO DE PÉRGAMO (Bodestraße 1-3)
  9. RESTAURANTE GRILL ROYAL (Friedrichstraße 105b)
  10. CLUB BERGHAIN (Am Wriezener Bahnhof)

Si “la historia la escriben los vencedores”, como dijo George Orwell, es lógico que la planificación urbana del Berlín reunificado haya sido la que es. Apenas quedan vestigios del Muro que dividió la ciudad. Las megaestatuas comunistas han sido retiradas, salvo excepciones. Los edificios de nueva construcción avanzan como la hiedra. Donde estaba el Palast der Republik, sede del Parlamento de la RDA, se construye una réplica del palacio prusiano que ocupaba ese solar hasta su destrucción por las bombas aliadas. Berlín -liberada para unos de las reliquias de un régimen que infligió sufrimiento, expoliada de pasado para otros- ha ido mutando con el boom inmobiliario y la economía de las start-up. Pero sin perder la pátina que le ha dado la historia, el cine y las novelas.

FRONTERA ESTE-OESTE. Tiene sentido viajar hasta el ombligo de la ciudad, la Puerta de Brandeburgo, desde los andenes de la estación Zoologischer Garten, próxima a la Gedächtniskirche, y tras un breve recorrido por la arteria comercial del antiguo Berlín occidental (el Ku’damm) y la 6ª planta de los almacenes KaDeWe. La parada de destino es la S-Bahnhof Friedriechstrasse, principal frontera entre el Este y el Oeste de la ciudad durante la Guerra Fría. Ahí sigue el pabellón acristalado donde se efectuaban los últimos controles y las despedidas, el llamado Tränenpalast, el palacio de las lágrimas. Y justo enfrente, al otro lado del canal, la Berliner Ensemble, sede de la compañía de teatro fundada por Bertolt Brecht, autor de Madre coraje.

Entre la famosa Friedriechstrasse, y la Puerta de Brandeburgo, hay un corto paseo bajo los tilos, nombre de la avenida Unter den Linden, que desemboca en el monumento convertido en el símbolo de la ciudad. Su visita es obligada para quienes sólo buscan la foto y para quienes ven más allá de la foto. Próximo a la Puerta de Brandeburgo, siguiendo el rastro del Muro dibujado en la calzada, se alza el Reichstag y la Cancillería, sede del Gobierno federal. El despacho de Angela Merkel es de fachada. Su ventana es la última del extremo superior, con vistas a la escultura que donó a la capital el escultor Ricardo Chillida.

En el otro extremo de la Puerta de Brandeburgo, concentrados en dos manzanas que se prestan a la lectura política, se alzan las embajadas de las potencias que ganaron la guerra -EEUU, Francia, Reino Unido y Rusia- y el Monumento en memoria de los judíos asesinados. Hubo polémica por el lugar elegido para este memorial, por su concepto y hasta por la empresa seleccionada para revestir de material antigraffiti los 2.700 bloques de hormigón del complejo. Degussa participaba en los años 40 con un 42,5% en Degesch, empresa que suministraba a los nazis el gas Zyklon B que usaban en los campos de extermino. Pero ése es otro capítulo.

EL PULMÓN VERDE DE LA CIUDAD. Alquilar una bicicleta o el bici-taxi es la mejor opción para recorrer las entrañas del Tiergarten, 210 hectáreas de verde y lagos artificiales. No es imperativo aprovechar la cercanía con Postdamer Platz, salvo para los amantes del cine -aquí es donde se celebra la Berlinale- o para quienes visitaron Berlín cuando esta zona era un descampado. Mejor deshacer el camino y pedalear a Gendarmenmarkt. El lugar del búnker donde Hitler se suicidó está de camino, pero sólo hay una placa indicativa. En las páginas de El séptimo secreto de Irving Wallace hay más emoción.

La vista a Gendarmenmarkt con una chocolatería para derretirse, bares y restaurantes donde recuperar fuerzas, es más agradecida. La plaza, ejemplo de simetría, alberga dos iglesias gemelas y, en el centro, una sala de conciertos, el Konzerthaus. Si alguien leyó Una princesa en Berlín, de Arthur R.G. Solmssen, disfrutará de este entorno, que tiene como otros atractivos las galerías Lafayette, la sala de música Pierre Boulez y la Staatsoper (teatro de ópera) de Daniel Barenboim.

‘BESO DE HERMANAMIENTO’. Hay dos opciones para visitar lo que queda de Muro: El memorial Gedenkstätter Berliner Mauer o la East Side Gallery. Voto por esta última, pues los 1,3 kilómetros que mide ese tramo tienen valor añadido. El dibujo del beso entre Brezhnev y Honecker está casi al final, a unos pasos del puente rojizo Oberbaumbrücker. Se cruza a pie, como el de Brooklyn en Nueva York. Al otro lado, está el Kreuzberg, el pequeño Estambul, un barrio donde perderse sin perder de vista el Landwehrkanal a la altura de Maybachufer y la Paul-Lincke-Ufer. Sauces, cisnes, graffitis y olor a especias. No es fácil salir de las garras de este distrito y dejar para otra ocasión la Bergmannstrasse o la Eisenbahnstrasse, especialmente animada los jueves, cuando el histórico Markthalle Neun se rinde a la street food y el buen vino.

Atravesar la Isla de los Museos a partir de la catedral, con tiempo para disfrutar de la belleza del busto de Nefertiti en el Neues Museum -o de Pérgamo- es una buena manera de acceder al viejo barrio judío, un nido de galerías de arte, tiendas y pequeños negocios, una zona hipster. Hay que pasar frente a la Neue Synagoge, testigo de la furia desatada por los nazis en la llamada noche de los cristales rotos, ir a los patios del Hackesche Höfe, y a la Ausguststrasse, con muchos portales donde husmear. En el número 11 está la Jüdische Mädchenschule, un antiguo colegio judío para chicas que ahora alberga galerías y un restaurante con estrella Michelin. El 24 lo ocupa Clärchens Ballhaus, un oasis con la fachada en ruinas muy berlinés.

Cualquier restaurante o bar en esa zona es bueno para acabar el día. Pero si quedan fuerzas, bolsillo y ánimos para quitarse el disfraz de turista, la elección está entre Bochardt y Grill Royal. Ambos con reserva.

MUCHOS PLANES PARA HACER. Si quiere probar cosas diferentes, visite el parque de atracciones abandonado Spreepark, vaya a un concierto gratis en la Filarmónica los jueves a las 13.00 horas, haga un safari urbano en Trabi, suba 150 metros en vertical en el globo cautivo Die Welt-Ballon, explore los patios y tiendas escondidas del Hackesche Höfe o piérdase en el Jardín Botánico, el segundo más grande del mundo. No deje de probar las tres delicias locales: cerveza, pretzel y currywurst, y visite el centro de interrogatorio de la Stasi en Hohenschönhausen. Disfurte de la tarde de domingo en el karaoke de Mauerpark y de noche, vaya a darlo todo al libertino club techno Berghain, si sus porteros lo tienen a bien.

Fuente: El Mundo, España