Como en los museos, llegan los curadores de pueblos

En los EE.UU. los muy ricos pagan a expertos para revivir las calles principales de localidades pequeñas y devolverles el esplendor perdido, en una gran puesta en escena.

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BButch resnick creció en Mountain Dale, un caserío de clase trabajadora en las afueras de Fallsburg, y nunca imaginó que décadas después estaría parado frente a la vidriera del antiguo almacén del pueblo, pero mirando un cuadro de dos metros de altura de un buda desnudo. Los tiempos cambian.

Micheline Gingras, curadora de la nueva galería de arte Grocery Store, dice que puso el buda en la vidriera adrede. resnick frunce el ceño y piensa en la sinagoga jasídica de la otra cuadra. “un poquito arriesgado para Mountain Dale”, dice resnick.

A Gingras no parece importarle. a los 70 años, cambió de buena gana su departamento de Brooklyn por una pequeña porción de las montañas de Catskill. “Me entusiasma la idea de hacer renacer este pueblito –dice–. Puedo traer todo lo que la gente de acá no sabe ni que existe”.

Lo mismo había pensado resnick, que ahora tiene 50 años y que, a pesar de su cuerpo de patovica, se describe como un “chico de campo”, de impecable remera blanca y jeans gastados. Hace 6 años, resnick compró 31 edificios en Mountain Dale –casi todos ellos desocupados– con la esperanza de insinuarle nueva vida al pueblo.

Sabía que para lograrlo tenía que seducir a una nueva raza de visitantes: los que buscan una escapada de fin de semana, artistas y gente espantada por el impagable precio de los alquileres en Manhattan. Pero resnick, que no terminó ni la secundaria y amasó su pequeña fortuna fabricando equipamiento para minimercados, no sabía dónde encontrar ese perfil de gente. entonces un amigo le comentó sobre una revista regional llamada DVEight, destinada “a lectores sofisticados y con estilo que se interesan en explorar la vida rural moderna”.

Precisamente el perfil de gente que resnick buscaba, así que contrató a la editora jefa de la revista, nhi Mundy, de 39 años, para que fuese “la curadora de Mountain Dale”. la tarea de Mundy es convertir la Calle Principal –en inglés, Main Street, la calle sobre la cual tradicionalmente se concentran los comercios en las pequeñas localidades norteamericanas– en la viva imagen de lo que promueve su revista. “Si los museos tienen curadores, ¿por qué no puede tener curador un pueblo”, argumenta resnick.

Hacer la curaduría de una ciudad como se curaría una colección de arte –o incluso curar una esta o un local, como se ha puesto de moda últimamente– no puede ser un emprendimiento individual. Hay personas ricas, como resnick, onG bien financiadas y hasta multinacionales como Walmart que han empezado a comprar propiedades comerciales que han quedado desiertas en muchas localidades de estados unidos, con la esperanza de reinventar la tradición de la calle principal con una estética más fresca. las personas detrás de estos emprendimientos suelen poner a sus amigos y conocidos al frente de los nuevos comercios, tratando al mismo tiempo de preservar la historia local, o de explotarla, según a quién se le pregunte. Y ese avance rara vez está libre de conflictos, por buenas que sean las intenciones de los emprendedores. “en este país, todo el mundo dice que el estados unidos donde existía la Calle Principal ya murió, y que todo esto es una pésima inversión –dice resnick–. Yo estoy tratando de recapturar lo que viví de chico. el lugar estaba vivo, con todos los negocios abiertos”.

“Esa energía, esa promesa” Desde la década de 1920 hasta la de 1960, Mountain Dale y otros caseríos de Fallsburg prosperaron a caballo de los casi 300 hoteles situados en las montañas de Catskill. Cuando esos hoteles cerraron, lo mismo pasó con muchos de los comercios de las calles principales de esos poblados. resnick extraña sobre todo la panadería y la heladería de su juventud, e incluso a la excéntrica propietaria, famosa entre los chicos por su mal genio.

Pero ahora la curadora nhi Mundy ha traído una nueva clase de personajes excéntricos. además de la galería de arte, hay un negocio de antigüedades especializado en objetos coleccionables de la cultura pop norteamericana, un local de ropa vintage que maneja una criadora de conejos de angora, una boutique conceptual que también exhibe obras de arte y una botica atendida por una modelo.

Mundy, propietaria de dos restaurantes vietnamitas llamados Bà & Me en otras localidades, abrió una tercera sucursal en Mountain Dale. Y pronto se sumarán un café-bar, un restaurante de primera línea –Mundy dice estar en conversaciones con un chef que tiene estrellas Michelin en su haber–, una vinoteca y una librería.

“Cuando Butch Resnick me lo propuso, pensé que no tenía sentido meterme en una ciudad que casi no gura en el mapa”, dice Mundy. Pero después de recorrer Mountain Dale por primera vez tuvo la misma sensación que había experimentado en otras dos ciudades “medio muertas” donde terminó abriendo sus restaurantes. “Sentí esa energía, esa promesa de que el pueblo podía funcionar”, dice Mundy.

Al menos por lo que deja traslucir la revista DVEight –que tiene una tirada de 5000 ejemplares y anuncios de marcas de ropa de vanguardia como Kasuri y de un emprendimiento de camping de lujo llamado Tentrr–, la estética de Mundy no es fácil de definir.

“Acá en el norte del estado de Nueva York hay gente de todo tipo, y en la revista nosotros contamos la historia de granjeros, de diseñadores de moda, y en uno de los números incluso publicamos una entrevista con la performer Marina Abramovic –dice Mundy–. Hay mucha pobreza, pero también gente inmensamente rica, y quiero que Mountain Dale reeja también eso: lo popular y lo exclusivo”.

Sin embargo, promocionar la fantasía de la vida rural entre los neoyorquinos acostumbrados a la vida urbana puede ser casi una afrenta para los lugareños, que sufren un pronunciado deterioro socioeconómico. Monson, una localidad de los condados más pobres de Maine, se hundió hace una década tras el cierre de la fábrica de muebles local. Luego una ONG llamada Libra Foundation compró el 28 por ciento de todas las propiedades del pueblo, con ánimo de convertirlo en un lugar de retiro para artistas, y ahora normalmente invita a pintores y poetas a instalar allí sus hogares de manera permanente.

“Monson fue la combinación perfecta de historia y tradición”, dice Lucas Butler, director de proyecto del nuevo emprendimiento, y menciona a artistas como la fotógrafa Berenice Abbott, el pintor modernista Marsden Hartley y el escritor del siglo XIX Henry David Thoreau, quienes pasaron un tiempo o vivieron en Monson.

Daniel Swain, administrador de la localidad de Monson, dice que el centro de la ciudad estaba devastado y ahora “es una maravilla”, y que incluso hay familias que se han mudado al lugar. Pero Swain reconoce que muchos de los vecinos de siempre están menos preocupados por la historia del lugar que por el precio de la leche en el almacén local, que tras ser renovado con una inversión de 1,5 millones de dólares decidió aumentar un 100% todos sus precios.

“Mucha gente nos acusa de haber gentricado un pueblo entero –dice Butler, exadministrador de la localidad–. Yo, por el contrario, creo que salvamos a un pequeño pueblo rural de la extensión”. Sin nuevos habitantes permanentes, dice Butler, “el pueblo moriría junto con la ya envejecida población local”.

Choque cultura 

Un domingo por la tarde, un grupito de compradores daba vueltas por el local de ropa vintage de Mountain Dale, acariciando los percheros con prendas de angora que Ambika Conroy, la propietaria, teje al crochet con el pelaje de los conejos que ella misma cría. Fuera del local, Susan Jacobs-Carr, una jubilada que creció en Mountain Dale y volvió a regañadientes tras la muerte de su esposo, dice alegrarse por los cambios en el pueblo.

“Antes, en invierno teníamos que manejar 15 kilómetros para comprar el diario y la leche – dice Susan–. Ahora no, y además me gusta poder salir a comer afuera en mi propio pueblo”.

Cruzando la calle, en el restaurante Bà & Me, Resnick y su abogado, Steven Vegliante, que también es supervisor de la ciudad de Fallsburg, se instalan para comer un almuerzo tardío. El lugar está lleno de personas con look de artistas, pero también de vecinos de camisa leñadora y botas de trabajo.

Al fondo de la calle, en el híbrido de boutique y galería llamado A Guide to the Field, la propietaria, J. Morgan Puett, explica la visión que tiene para su negocio, que según ella fue creado para generar un contacto crítico con “ciertas formas de habitar un lugar, sistemas de trabajo y objetos de diseño”, para que los compradores no solo sientan “deseo, deseo, deseo” cuando ingresan al local.

Entre los artículos en venta hay una línea de “vestidos de hada del pantano” a 1400 dólares la prenda, jabones hechos con aceite de fritura de donas reciclado (de 85 a 195 dólares) y un traje de buzo hecho de fieltro, que según admite Morgan tiene un sentido más “psicológico” que comercial.

“Para ser honesto, nunca entendí el local de Morgan”, dice Resnick sentado a la mesa de Bà & Me. “¿Sabés una cosa? –responde Vegliante–. Lo que me gusta es precisamente eso: que no lo entiendo”. Mundy también se ha tomado un momento para almorzar y comenta que hace poco Morgan invitó a su negocio a un grupo de profesores y estudiantes de arte de la Universidad Hofstra. “Fue interesante ver cómo interactuaban con la gente de acá”, dice Mundy.

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Resnick dice entender que no todos los lugareños estén contentos con los cambios que introdujo en Mountain Dale o con la velocidad con la que se produjeron. Hace un par de meses, fue vandalizada con pintura en aerosol una de las instalaciones artísticas colocadas en el jardín de esculturas situado frente a la botica. La escultura dañada era una “cruci-sele”: un hombre sobre una cruz con un agujero vacío por rostro. Los visitantes podían introducir la cabeza para sacarse una foto como “crucificados”.

“Atrajo al pueblo a mucha gente interesada”, dice Resnick, que luego instaló cámaras de seguridad para evitar futuros incidentes. Pero lo cierto es que en Mountain Dale el progreso sigue siendo lento, algo que se hace evidente los días de semana o durante los meses de invierno. Y como todavía no hay suficientes compradores para que los comercios sean sustentables, Resnick no les cobra alquiler por los locales o les cobra un monto simbólico. Los días de semana, Mountain Dale sigue siendo un verdadero pueblo fantasma.

Pero hoy es domingo, el restaurante Bà & Me está que explota y todos los locales están abiertos. Conroy, una criadora de conejos, sale de su negocio para pedirse un café en el puesto de la vuelta de la esquina. Entre sus brazos acuna a uno de sus animales, una bola gigante de peluche, y de inmediato una pequeña multitud la rodea con curiosidad.

“Quién lo diría, hay gente caminando por la calle –dice Resnick con orgullo evidente–. Antes acá no había nadie”. Hacer la curaduría de una ciudad, como se curaría una colección de arte, no puede ser un emprendimiento individual.

Personas ricas, ONG bien financiadas y hasta multinacionales como Walmart compran propiedades y les dan una nueva estética.

Una ONG compró el 28% de las propiedades de Monson, una localidad pobre de Maine, con la idea de convertirla en un lugar de retiro para artistas.

Fuente: La Nación