Desenchufados: los que eligen vivir sin smartphone en la ciudad más conectada

En la Capital, el 73,3% tiene estos dispositivos, mientras que el promedio nacional ronda el 60%; evadir la inmediatez y ganar tranquilidad son los motivos para prescindir de esta tecnología

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Andrea Rossi siente cada nueva conexión como una soga más que se le anuda al cuello. Y le resultaría insoportable tener que estar pendiente de mails que llegan mientras viaja en colectivo o de la avalancha de mensajes que implica el chat de las madres del colegio de sus hijos. Por eso, a sus 48 años, todavía se resiste al smartphone. Le basta con su celular no inteligente, herramienta imprescindible para comunicarse con sus colegas médicos dentro del hospital porteño de más diez pisos y ascensores que no funcionan, donde trabaja. Si necesita Internet accede mediante una computadora. “No estoy divorciada de la tecnología -dice-, pero el smartphone te obliga a ocuparte de cada vez más cosas y te deja menos lugar para pensar. El límite a los dispositivos electrónicos somos nosotros mismos.”

Hasta ahí llega ella. Y su caso no es único. Es parte de una contracorriente que de a poco va sumando adeptos. Aquellos que, a medida que la hiperconectividad y la inmediatez lo colonizan todo, deciden correrse a un costado para hacer uso de la tecnología a su propio ritmo. Una elección que, en las grandes metrópolis como Buenos Aires, donde el nivel de penetración de smartphones es más alto que la media nacional, se vuelve aún más singular. Los anti smartphones mismos lo reconocen: la mayoría de la gente no los comprende, los mira como extraterrestres, aunque también hay quienes descubren en su forma de vida una entelequia.

Un reciente informe del Consejo Económico y Social de la Ciudad de Buenos Aires (Cesba) sobre entorno digital en la Capital, basado en una encuesta a 2200 personas mayores de 16 años, reveló que el 73,3% de los porteños tiene un smartphone. Un porcentaje alto, similar al de países como Canadá o el Reino Unido. Sin embargo, según datos que aporta la consultora Carrier y Asociados, a nivel nacional en la Argentina el promedio de tenencia de esos dispositivos es del 60%. “Comparando con países de la región, en la Argentina tenés una buena penetración, aunque no tanto como en los Estados Unidos o Europa -dice Enrique Carrier-. Ese 40% restante son en general o muy chicos o gente mayor, y algún que otro rebelde.”

Uno de esos rebeldes es Alejandro Sewrjugin, emprendedor de 44 años que, lejos de esquivar la tecnología, creó en los 90 algunos de los primeros sitios web, es consultor de marketing digital y acaba de publicar el libro Entendiendo al bitcoin. “Fui uno de los primeros que tuvo celular en el país, el famoso ladrillo, y uno de los primeros en dejarlo, allá en 2011 -cuenta-. Más que nada la tecnología te tiene que ayudar, no esclavizar. Cuando te esclaviza, no tiene sentido. Y el smartphone te esclaviza.”

A ese disparador le sumó otras razones: el alto nivel de ondas electromagnéticas de algunos dispositivos que se usaban acá, lo costoso del roaming para alguien que viajaba tanto como él y eso de dejar la huella digital por todos lados propio de la geolocalización. Ahora su tablet es su celular; su agenda de papel, el depositario de todas sus claves, y el wake up call -el servicio de telefonía fija del que echa mano en los hoteles- su alarma para despertarse cuando está de viaje. “Eso de que te perdés negocios por no tener celular es un mito. Siempre estoy online. Y si en ese momento no estoy, saben que sólo tienen que esperar un rato”, dice.

LÓGICA:

En este contexto de hiperconexión, para el sociólogo y profesor de la Universidad de San Andrés Alejandro Artopoulos la conducta de estos “rebeldes” tiene su lógica. “La hiperconexión es un componente núcleo de la ideología tecnofílica dominante, y es insoportable y malsano para la mayoría de los seres humanos. Hay pocos que se animan a tener un discurso anticonexión. La mayoría lo acepta resignada, como una imposición que no se puede discutir. Y ahí, en un extremo, están estos rebeldes antihiperconexión con sus estrategias para limitarla”, sostiene.

Por ejemplo, Ximena Izurieta, bibliotecaria de 47 años, aprovecha sus ocho horas de trabajo frente a una computadora para mantenerse en contacto con familiares y amigos mediante el mail. Y cuenta con la buena voluntad de su hermano que le pasa por esa vía las fotos de sus sobrinos o las novedades familiares que corrieron por el grupo de WhatsApp. Prioriza su independencia y privacidad. Eso sí: sabe que al no tener celular, por una cuestión de respeto, está comprometida a contestar los mails y mensajes en su contestador automático lo más rápido posible.

Alfonso, ingeniero industrial de 68 años, entregó su smartphone a la empresa el mismo día en que se jubiló: “Vivo más tranquilo ahora. Si alguien me quiere ubicar, me llama a casa o al celular de mi esposa”.

Su hija Verónica, de 37, no coincide con que sea tan fácil ubicarlo. Ella al celular lo usa para todo: compra, ve los horarios del tren, hace reservas en restaurantes, pide turno en los médicos, lee el diario, se fija el clima y el tránsito… “Y las veces que no lo tuve conmigo sentí que me faltaba algo”, aclara. Los límites en el uso, dice, se los impone ella misma.

¿Es posible llevar adelante una vida normal sin smartphone? “Es posible, pero requiere formación y práctica -dice Artopoulos-. No todo el mundo lo puede regular. Y es uno de los temas educativos más importantes que se debaten hoy: cómo regular el flujo de la sobreinformación.”

La médica Soledad Lucero, de 39 años, lo tiene claro: nunca le interesó tener un smartphone. Es más, cuando se enteró de que Nokia y Blackberry volvieron a comerciar modelos vintage, sin Internet como el de ella, les mandó un mensaje a sus amigos presumiendo de estar a la vanguardia. Pero situaciones recientes le hicieron replantearse cuánto tiempo más podrá prescindir de uno. En unas jornadas de infectología de las que participó, varios de los segmentos eran interactivos. Los presentes, por ejemplo, debían votar con sus teléfonos. Y ella se quedó afuera.

El psiquiatra Alberto Álvarez advierte que hay en todo el mundo una tendencia alternativa de personas que, sin estar aisladas, prefieren vivir lo cotidiano con cierta distancia, como una manera de protegerse de la inmediatez y la saturación que provoca tanta información. “Si uno se lo propone, podría alejarse aun teniendo el smartphone: ponerlo en silencio, no atenderlo”, dice. El desafío, claro, es poder hacerlo.

Fuente: La Nación