El enigma del cerebro adolescente captura el interés de los científicos

Olivia (a la izquierda) y Uma Poggi Soqueff, de 17 y 13 años, hijas de Silvia Soqueff, arquitecta. Hasta no hace mucho, se creía que el desarrollo mental se completaba hacia el final de la primera infancia; hoy se sabe que los procesos neurobiológicos en la segunda y en la tercera décadas de la vida son cruciales y ayudan a explicar ciertos comportamientos

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Por lo general, los bebés nos hechizan y nos provocan un amor a primera vista. Pero pocos estamos preparados para lo que viene después: cuando esos chiquilines cariñosos y encantadores se transforman en adolescentes de humor volcánico e ideas propias sobre el mundo, siempre dispuestos a pensar que los adultos “no entienden”. Esa transición es un desafío que puede tornarse una pesadilla. Los cambios estructurales y funcionales del cerebro que dan lugar a estos comportamientos son un tema de interés creciente en los laboratorios. Se calcula que desde 2000 se publicaron más de 5000 artículos en PubMed sobre el cerebro adolescente.

“Como todos los padres, cuando mis hijos llegaron a la adolescencia me encontré preguntándome: ¿qué les pasa? -cuenta la doctora Teresa Torralva, directora del Departamento de Neuropsicología y Rehabilitación Cognitiva y subdirectora del Laboratorio de Investigación en Neuropsicología de Ineco, que acaba de finalizar un libro titulado justamente El cerebro adolescente, con fecha de publicación para principios de 2019-. Fue para entenderlos más que me puse a investigar. Saber qué sucede en esa etapa me dio herramientas para comprenderlos mejor. A veces pareciera que nos odian, pero es un sentimiento pasajero que tiene que ver con la sintonía fina que está generando el cerebro”.

“Todo el propósito de la adolescencia es convertirse en un adulto autónomo -explica la doctora Renata Sanders, de la Universidad Johns Hopkins, que estuvo en Buenos Aires para participar de la conferencia de la World Professional Association for Transgender Health-. Los adolescentes tratan de afirmar su independencia y se enfrentan con sus padres cuando estos intentan ejercer su función. Lo propio de esa etapa es vestirse diferente, hacer conocer las opiniones personales. Y la tarea de los padres es guiarlos y darles respaldo. Eso, por supuesto, genera conflictos. Hay que darles cierta independencia, pero no demasiada. Es un equilibrio difícil”.

Para transformarse en un individuo autónomo hay que forjar una identidad propia, crear un grupo de iguales, experimentar cosas nuevas. Al parecer, conductas como fumar, beber alcohol, probar drogas o conducir temerariamente pueden deberse a que es un momento en el que se es muy sensible a ser excluido del grupo de pertenencia.

“Hace 15 años, no sabíamos virtualmente nada acerca de cómo se desarrolla el cerebro adolescente -afirma en la revista Wired Sarah-Jayne Blakemore, investigadora de la Royal Society y profesora de Neurociencia Cognitiva del University College London-. En la última década aprendimos mucho gracias a avances en la tecnología de imágenes. Uno de los principales hallazgos es que el córtex humano sufre un desarrollo más prolongado de lo que se creía, tanto su materia gris como su materia blanca”.

“Sabemos que la materia gris, que se encuentra mayormente en la superficie del cerebro y contiene los cuerpos de las neuronas y las sinapsis (que son las conexiones entre neuronas) aumenta durante la niñez, culmina en algún punto durante la adolescencia temprana y luego declina dramáticamente hacia la tercera década. Estudios post mortem y en animales sugieren que [durante la adolescencia] el cerebro atraviesa una ‘poda’ que elimina las sinapsis que no están siendo usadas. Al mismo tiempo, aumenta la materia blanca, los axones que transmiten los impulsos nerviosos. La consecuencia funcional es que la mielina, que actúa como aislante, acelera la transmisión de señales de célula a célula y entre regiones cerebrales”, amplía.

Según Torralva, los cambios que ocurren en la infancia tardía, en la adolescencia y en la adultez temprana son particularmente dramáticos, visibles y profundos. El proceso de maduración está influido por la genética y por múltiples factores ambientales y sus interacciones. “Ya sea que el adolescente realice deportes, juegue videojuegos, atraviese períodos de estrés familiar o consumo de sustancias, estos factores impactan notablemente sobre su desarrollo y podrán afectar a largo plazo su funcionamiento cerebral”, explica.

Poda neuronal

Un dato crucial es que durante la adolescencia las redes frontales involucradas en las funciones ejecutivas no están del todo maduras. El circuito cerebral que subyace a la autorregulación y el control emocional aún se encuentra en proceso de formación. Es un tiempo de mayor propensión hacia la búsqueda de placer y de toma de riesgos, caracterizado por un énfasis en los objetivos a corto plazo, sin considerar las implicancias futuras, dice la especialista. Lo que distingue a los adolescentes de los adultos es que las conexiones entre ambas áreas (frontal y emocional) no logran una actividad integrada eficiente y confiable. Eso hace que les sea más difícil dejar de hacer algo que quieren hacer y pensar en los riesgos y consecuencias de largo plazo.

“La poda de sinapsis está asociada con este tipo de comportamiento -afirma Sanders-. En parte, la falta de responsabilidad de los adolescentes y la tendencia a tomar riesgos y a creer que saben todo están asociadas con el hecho de que su lóbulo frontal y su área emocional no necesariamente están coordinados. El lóbulo frontal controla las acciones y el lenguaje, mientras que el centro emocional es lo que empuja a las personas a buscar satisfacción. En el cerebro adolescente, el centro emocional tiene más peso que el frontal. No es que ellos no entiendan el riesgo: ocurre que los riesgos que toman son recompensados por el centro emocional. Es como si el cerebro les dijera: ‘Sí, hacé eso que te va a hacer sentir bien’. Entonces, como no tienen maduros los circuitos ejecutivos que les dicen ‘no, eso puede no ser una buena idea’, lo hacen igual”.

Según Torralva, la toma de decisiones es una habilidad cognitiva compleja que depende no solo de la capacidad de razonamiento lógico para resolver problemas, sino también del control emocional. Hoy se cree que la explicación de cómo toman decisiones los adolescentes y por qué se involucran muchas veces en conductas riesgosas tiene relación con los circuitos neuronales y sus conexiones, aunque por supuesto “no hay ningún comportamiento humano reductible a lo biológico o a lo ambiental”, destaca.

Las estadísticas de lesiones y muerte traducen estos comportamientos. Aumentan un 200% desde la niñez a la adolescencia. Algunas son lesiones no intencionales, como los accidentes automovilísticos, la depresión, el consumo excesivo de alcohol y drogas, y el sexo sin protección.

Para Hugo Míguez, doctor en psicología, consultor e investigador en epidemiología de los trastornos mentales que estudió en profundidad el abuso de alcohol en esta etapa, a la vulnerabilidad propia del cerebro adolescente se suman factores sociales y culturales.

“A mi modo de ver, hay dos modelos de comportamiento: uno que se apoya en las reservas que tiene el individuo y otro que llamo ‘protésico’ -sostiene-. Este último es la negación de la resiliencia ante la adversidad. Resuelve la dificultad compensándola con un objeto que actúa como una muleta. Se basa en una educación que desde el inicio nos lleva a la sustitución: hoy, cuando el niño tiene una serie de demandas, termina con una pantalla en la mano. Hay una especie de ortopedia, un ‘exocerebro’ cultural. ¿Qué es ‘la previa’? Consumir sustancias porque uno no tiene dentro suyo las herramientas para resolver el juego social”.

“Es una tormenta perfecta: un joven mal preparado para enfrentar las dificultades y con una crisis en cuanto a su cambio neuronal biológico. No se basa en sus propios recursos, sino en un agente externo. Todo eso lo hace de manera mediatizada con el propósito de modificar su comportamiento. Es una ‘exoemocionalidad’. Ante cualquier situación de exigencia entra un grupo de sustancias que anestesian, suplen, disimulan un estado interno”, añade.

“¿Qué pasa con el adolescente, con el niño de la calle en una sociedad que lo que le pone al alcance no es una solución, sino un Tetra Brik a un precio accesible? Hay una cultura que tiene este modelo: las dificultades no se resuelven, se sustituyen, se disimulan”, completa Míguez.

Aunque cada situación es única y cada adolescente es igual a sí mismo, se cree que durante estos años también se desarrolla lo que llamamos “pensamiento abstracto”, la habilidad de reconocer que A más B no siempre es igual a C.

“Al principio, la mayoría piensa que A más B es igual a C siempre. Y si eso no ocurre, es porque la teoría está mal -detalla Sanders-. Si los padres dicen: ‘Usá tu cinturón de seguridad, porque si no, podés morir’, como a veces no lo usan y no pasa nada, para un adolescente esa teoría es refutada, porque son muy concretos: cada vez que viajan en auto algo debería pasar, viven porque llevan puesto el cinturón o mueren por lo contrario”.

Alicia Lischinsky, directora del Departamento de Neuropsiquiatría de Ineco y la Fundación Favaloro, que trabaja con pacientes con déficit de atención, opina sobre la falta de una cultura del esfuerzo, del valor del conocimiento. “Nuestra experiencia es con chicos de la clase media alta, lo que condiciona mucho las quejas de unos y otros -afirma-. Tienen problemas académicos, no se ponen a estudiar y solo se esfuerzan en lo que les interesa, el teléfono, la Play, el deporte”.

Y reflexiona: “Las familias actuales tal vez sean demasiado democráticas: los padres-amigos, padres ‘piolas’. Me parece que en algunos casos se llega al extremo. Los padres se preguntan: ‘¿Cómo hago? Le saco el celular y se arma un escándalo’. También hay muchos que trabajan la mayor parte del día, llegan cansados, cada uno se refugia en su pantalla y representa un alivio”.

Atravesar la adolescencia es todo un desafío. Tal vez ayude saber que nadie está solo en esta circunstancia. En un pasaje de su libro, Torralva recuerda que un día su marido le dijo: “Extraño a mi hijo. Creció. Ya no hace más deportes conmigo, ya no se ríe de mis chistes, ya casi no me habla. Es más, me mira con cara de que soy un plomo”. En su respuesta, ella refleja la experiencia de muchos padres y madres: “Era así, nuestro hijo se había vuelto adolescente y él lo extrañaba, era normal”.

Fuente: La Nación,  Nora Bär