El mito sensual

Una exposición en Leeuwarden (Frisia, Holanda), la ciudad en la que nació Mata Hari, recuerda su vida gracias a decenas de cartas, fotos, objetos y recuerdos

GRA014. LA HAYA , 14/10/2017.- Fotografía facilitada por el Museo de Frisia. La leyenda de la espía más famosa del mundo, Mata Hari, vuelve desde hoy a la ciudad del norte de Holanda que la vio nacer, Leeuwarden, con una exposición que conmemora el centenario de su muerte y arroja luz sobre su convulsa vida. Antes de convertirse en mito, Margaretha Zelle era una niña menuda y de cabellos oscuros que pertenecía a una familia acomodada del norte de Holanda. EFE/ *SOLO USO EDITORIAL*
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Era la combinación de un cóctel explosivo. Una femme fatale en medio de una sociedad puritana. Una mujer que afrontó una desgracia tras otra, hasta que su ambición acabó con su vida. Madre frustrada, bella modelo, fantástica bailarina, auténtica cortesana y una ingeniosa espía que logró enamorar a ambos bandos en la Primera Guerra Mundial. Margaretha Geertruida Zelle (Leeuwarden, Holanda, 1876) se convirtió en una de las mujeres más resbaladizas que ha conocido Holanda y hoy, un siglo después de su muerte, su ciudad la recuerda con la exposición “El mito y la muchacha”, que muestra un recorrido por su vida gracias a decenas de cartas, fotos, objetos y recuerdos recogidos por el Museo de Frisia.

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Margaretha tenía una gran debilidad: los militares. “Me encantan los oficiales del Ejército, me han gustado desde siempre. Prefiero ser la amante de un militar pobre que de un banquero millonario… Mi gran gozo es acostarme con ellos sin tener que pensar en el dinero y, además, me gusta comparar diferentes nacionalidades”, afirmó Mata Hari. Su vida ha estado ligada a ellos desde que a los 18 años contrajo matrimonio con Rudolph MacLeod, un capitán 20 años más mayor, que servía en el Ejército real holandés. La pareja, que tuvo dos hijos, Norman y Non, se trasladó a las Indias Orientales en 1897, donde el marido debía servir en la colonia holandesa.

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El declive de esta joven de Frisia, entonces Madame Zelle MacLeod, comenzó cuando murió su primer retoño por un tratamiento de mercurio. La sífilis de su marido acabó contagiando a la familia al completo. Eso, sumado a que era un hombre agresivo, maltratador, alcohólico e infiel, provocó que ella huyera, abandonando incluso a su propia hija. “Siento impotencia ante un monstruo como él y si Non está conmigo no puedo trabajar. Cada vez que la extraño solo me hace odiar más a ese hombre… El hecho sigue siendo que como mujer legalmente casada, he acabado en la calle sin un céntimo y debo sobrevivir por mi cuenta”, escribió la joven en una carta a su hermano en 1903.

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Trató de llevar una vida “decente” para la sociedad de la época, aunque como mujer divorciada no lo tuve nada fácil. Trabajó como cuidadora, profesora, y modelo en Holanda. Era inteligente, espabilada y encantadora. Consciente de su potencial y su belleza, partió hacia París para empezar de cero, para ser una princesa javanesa. “Encarna toda la poesía de la India, su misticismo, su sensualidad, su lánguida ternura, su encanto hipnotizante. Ver a Mata Hari balanceándose rítmicamente… es un espectáculo inolvidable, un sueño verdaderamente paradisíaco”, escribió La Presse, en 1905, tras su performance en Musée Guimet bajo el nombre de “Mata Hari” (ojo del día, en malayo). De las cenizas de Margaretha había nacido una estrella.

Pasó por todos los escenarios de Europa, desde Scala en Milán, pasando por Olympia de París y la Opera de Monte Carlo. Cobraba unos 10.000 francos (37.000 euros) por actuación. Su nombre apareció hasta en las cajetillas de tabaco y varios licores. En 1907 era ya una famosa millonaria capaz de gastarse el dinero tan rápido como lo ganaba, aunque su pasado seguía presente. Mientras ella disfrutaba de su gloria, su exmarido John llevaba una vida discreta en Velp (Holanda), junto a su hija Non, a la que Mata Hari nunca pudo volver a ver. El padre de Margaretha aprovechó el éxito de su hija y prestó su nombre para un libro de recuerdos ficticios sobre Mata Hari en el que él, Adam Zelle, se presentaba como un padre dedicado. “No papá, tu no me conoces… Asegúrate de que nunca pierda mi respeto por ti”, le advirtió, en las correspondencias que intercambiaron.

A pesar de tener una carrera lucrativa, sus amantes pagaban su lujoso estilo de vida. Que un burgués casado tuviera una amante no era nada extraño en la época. El banquero francés Rousseau le puso un palacio, con carruaje y doncellas. Otro amante alemán le dio como regalo de despedida el equivalente a 900.000 euros. Sus “hombres” hacían cola para estar con ella. En agosto de 1914, con Mata Hari en Berlín para uno de sus shows, Alemania declaró la guerra a Francia. Ese fue un punto y aparte en la vida de la princesa india. Su carrera empezó a tambalearse.Todo su dinero, ahorrado principalmente en bancos alemanes, había sido confiscado por el Gobierno germano. Pero Holanda era un país neutral, por lo que Margaretha podía seguir viajando libremente por Europa e intentando mantener su lujoso estilo de vida entre diplomáticos, oficiales y políticos de diferentes nacionalidades y de ambos bandos. En poco tiempo, Mata Hari ya estaba en la mira de los servicios de inteligencia alemanes, británicos y franceses.

Pero cerca del fin de la guerra, también estaba el fin de Mata Hari. El 17 de febrero de 1917, disfrutó de su último desayuno de lujo en una suite del hotel Palace Élysée. El Ministerio francés de Guerra había ordenado el arresto de la agente H21 acusada de espiar para el enemigo alemán. “Negó todos los cargos durante 17 interrogatorios con el capitán Bouchardon. Pero, compartía cárcel con prostitutas, su celda era un lugar sucio, oscuro, su salud había empezado a deteriorarse, así que en mayo se derrumbó”, explica a El Mundo Julie Wheelwright, biógrafa británica de Mata Hari. Reconoció que recibió dinero de los alemanes pero que nunca espió para ellos. “Te sorprende que haya recibido 20.000 francos sin hacer nada a cambio, pero no es tan raro. Nunca tuve intención de darle información a los alemanes”, afirmó Mata Hari. Aunque Bouchardon nunca pudo probar que H21 espió para el enemigo, esa confesión era suficiente para que la considerara culpable. Seis meses tras su arresto, fue condenada a muerte. El show había terminado, pero la estrella es inmortal, su leyenda no había hecho más que nacer.

Fuente: El Mundo, España