El psicólogo del Cirque du Soleil

Mariano López, enrolado en el proyecto social de la compañía, explica el equilibrio mental que permite sus milagros.

A Mariano López la vida le llevó hasta la Antártida a bordo de un velero. Allí pasó un año observando las consecuencias del cambio climático mientras procuraba que el ánimo de sus compañeros documentalistas no se viniera abajo por el tambaleo de las tablas del bote y, sobre todo, por esa soledad del abismo de la noche y su angustia. En una de éstas, el psicólogo se paró en seco para analizarse a sí mismo: “Si puedo sobrevivir en un barco perdido en medio de la nada, puedo hacer cualquier cosa. Pero, ¿qué es lo que haría?”. Seguidamente corrió a por su móvil y llamó para informarse sobre el proyecto social Cirque du Monde: “Estoy en la Antártida y cuando vuelva me gustaría colaborar con ustedes”.

Con esa confianza antártica, ahora y después de 10 años, López, psicólogo bonaerense, es formador de entrenadores e instructores circenses en el proyecto social que lleva a cabo la compañía canadiense Cirque du Soleil desde 1995. Es en ese terreno donde desarrolla lo que ha aprendido de la psicología para poder ayudar a jóvenes en riesgo de exclusión social a los que el circo les da una segunda oportunidad.

“Cuando contestaron a la llamada me agarraron en serio y me mandaron a México para observar. Vi el primer día de las actividades y dije: “Esto es lo que quiero hacer el resto de mi vida”, recuerda. Pero, ¿qué puede cambiar el circo dentro de una vida? “Que alguien se pueda tomar un descanso, una pausa. Que digan: ‘Bueno, durante tres horas no voy a pensar en la violencia, en las deudas, en dónde dormir esta noche'”.

La idea de Cirque du Monde no es reclutar jóvenes. Es darles una alternativa, quitarles la coraza. Según López, el circo les da esa posibilidad de hacer algo diferente y de permanecer en contacto con el arte. Y, sobre todo, les aleja de las etiquetas sociales. “Intentamos que los instructores del circo sepan que los chicos vienen con muchos sellos: el drogadicto, el esquizofrénico… El regalo más grande que se puede hacer a un joven es que no lo vean de manera diferente. Con esa especie de rechazo. Es el primer paso del cambio”.

El proyecto está presente en 80 comunidades. En Brasil, por ejemplo, el formador y su equipo trabajan con jóvenes que vienen de las favelas. Ossani fue instructora durante mucho tiempo y le pidió a Mariano López hacer el mismo trabajo que ellos: “Después de eso la formamos y ahora es pedagoga, madre, artista, coordinadora de proyectos y un pilar fundamental para la compañía en su país”. López también recuerda la historia de un joven de Ciudad del Cabo, donde trabajan en colaboración con otro circo para chicos de la calle y niños con VIH: “Uno de los jóvenes, que es muy bueno, se convirtió en la estrella que había presentado Zigzag Circus. Y cuando estaba por irse de viaje para hacer un tour, el niño dijo: “¿Saben qué? Acabo de cumplir mi sueño”. Y todos respondieron, “¿Viajar con el circo?” Incrédulo, el muchacho respondió: “No, voy a ser electricista“. Dejó el circo porque quería crear una familia”.

Para Mariano López son dos maneras de tener un éxito increíble: desde un niño que utiliza las técnicas aprendidas para salir de la calle, saber lo que quiere y crear una familia; hasta ese modelo de la artista de circo que viene del barrio malo y que se convierte en un pilar/modelo. “A veces son lindas historias, otras no tanto. A veces no podemos ayudar“, apunta López.

La herramienta educativa que utiliza en los líderes circenses a los que forma es la creatividad. Tan simple, tan fácil: “Cuando uno habla de espectáculos de circo se habla de cómo la creatividad no solo puede ayudar a nivel artístico sino sobre todo en lo personal”. La formación que imparte el argentino es un método experiencial. Consiste en realizar una actividad, vivirla y reflexionarla. El concepto de base metodológico dentro de la pedagogía del Cirque du Soleil es trabajar sobre lo vivo: “Primero lo observo y lo reflexiono para después añadir la parte teórica que es la base. Y así les pedimos a ellos que enseñen. Hay jóvenes que aprenden mirando”.

Lo importante es el proceso, no es el resultado, recuerda López. “Si al final del acto un niño con dos pelotas logra hacer malabares, yo quiero eso, que esté orgulloso de lo que aprendió. Que sean cinco pelotas o 10 no importa”. Después de haber practicado las diferentes actividades del circo, los jóvenes artistas se sientan en un círculo para conversar sobre lo que vivieron y cómo se sintieron.

Mientras tanto, el circo en sí, el tradicional, nos habla de la mujer barbuda, del enano, de los leones… Nos recuerda siempre a un mundo con una historia extraña e inquietante que hace que no nos dejemos de preguntar qué se esconde bajo el telón. La lona roja del Cirque du Soleil, más allá de los acróbatas y malabaristas imposibles, custodia también a algunos mentores en el arte de las experiencias humanas. Como Mariano López, que tuvo que subirse a un velero en medio del continente antártico para darse cuenta de que lo que él quería era salvar vidas.