Emojis, la emoción exprés de una sociedad sin tiempo

Sonrientes y a medida. ¿Qué impacto tienen sobre lo que sentimos y pensamos estos dibujitos prefijados por las empresas tecnológicas, que no paran de crecer?

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Uno de los candidatos es atildado, flaco, de traje gris y corbata encarnada. El otro es grosero y siempre va vestido de azul. Son los dos finalistas de una elección reñida. Como en toda campaña, no faltan las fotos con bebés ni los debates. Y es precisamente ahí (y en esa extraña forma de ringside en la que deben enfrentarse hoy los candidatos: la pantalla de un dispositivo) donde el candidato gris ha sido literalmente noqueado por el candidato azul.

La diferencia entre ellos es de naturaleza: el de gris es un hombre. El candidato azul, en cambio, es un oso generado en base a bits. Una animación, veloz para las respuestas y con eso que los diseñadores de campañas políticas llaman “frescura”. El oso electrónico se llama Waldo y va camino de ganar las elecciones.

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Tal vez por eso hace algunas semanas, cuando el iPhone X hizo su presentación oficial, el foco estuvo puesto en su sistema de reconocimiento facial: 30.000 puntos de rayos infrarrojos disparados sobre la cara del usuario para reconstruirla de forma tridimensional y funcionar luego como “clave personalísima”. El mayor atractivo de este nuevo equipo se centró en un derivado de esa tecnología: los animojis.

¿Los ani qué? Los ani eso: animojis, o emojis animados. Sobre la base de los datos obtenidos mediante reconocimiento facial, este nuevo teléfono “inteligente” podrá generar emojis (esos “simpáticos” dibujos de animales, caras y objetos con los que espolvoreamos nuestros intercambios en las redes sociales) capaces de imitar a la perfección la gestualidad del usuario. Emojis, literalmente, a medida. Nada que ver con aquella rígida carita sonriente de antaño (el Smiley, tal vez el más famoso de todos los emojis). Estos animojis son “otra cosa”. Algo así como los mismos pictogramas de antes, pero con algo parecido a un alma: los 30.000 puntos de contacto con un rostro único y real le permitirán ser -dicen- tan “personal” e irrepetible como la cara humana que le dio origen.

Máscaras electrónicas

¿El detalle de color? En el mismo momento en que un directivo de Apple se deshacía en explicaciones y a sus espaldas el telón se llenaba de conejitos y caritas gesticulantes, desde la cuenta de Twitter oficial de Black Mirror se agregaba a esa escena una “carita” más: la del cínico Waldo, meneando la cabeza. Sí, aquel avatar electrónico que, en la trama de la serie, había estado a punto de ganar las elecciones con un argumento inapelable frente a su rival: “Tú eres una actitud vieja con un peinado nuevo. Yo, un oso azul con un pene turquesa, soy más humano que cualquiera de ustedes”.

¿Será así? ¿Servirán estos avatares como una suerte de máscara electrónica para animarse a decir y hacer lo que no puede decirse a cara descubierta? “En un mundo donde prevalece la imagen por sobre el texto, el emoji se impuso al acompañar los tiempos del vértigo en la comunicación”, dice la psicoanalista Patricia Faur, docente de la Universidad Favaloro. “En nuestros días de fast food, de charlas TED, de amores líquidos y realidades virtuales, es bastante lógico que una forma de comunicar abreviada, fácil y rápida se imponga. El uso de emojis encierra un ahorro de las emociones. Algo que ya existe en la sociedad, con o sin emojis. La sociedad actual naufraga en la expresión emocional. Es más desapegada, más mezquina y egoísta en el amor, prioriza su tiempo y su individualidad, y el emoji no es más que un reflejo de la comunicación de nuestro tiempo: breve, ambigua, escasa, sin matices.”

En el origen de los emojis habría estado, dicen, la necesidad de “humanizar” los intercambios en los helados tiempos 2.0. Llegaron hace más de dos décadas desde los dispositivos made in Asia para sumar un toque juguetón y “emocional” a nuestras conversaciones digitales.

El primer éxito de la empresa que incorporó este recurso fue -cómo no- el diseño de un corazón. Hoy los emojis lo han invadido todo, derramándose desde las redes hacia las lapiceras de las maestras (que suelen acompañar sus notas bajas con una “carita sonriente” compensatoria), pero también hacia los foros de muchos medios de comunicación. De hecho, son cientos los diarios alrededor del mundo que proponen a sus lectores calificar los artículos con un “me enoja” o un “me gusta”.

Claro que esa hiperinflación gráfica no es gratuita: a mayor y más diversa aplicación del código, más crujen los huesos de su precario sistema y las limitaciones saltan a la vista casi tan rápido como los negocios asociados. Han surgido pues redes sociales en las que el único código aceptado es éste, diccionarios y hasta una “enciclopedia” dedicada al tema, además de un ingenioso irlandés que se promociona -muy serio, él- como “traductor de emojis”. Y eso por no mencionar los intentos de traducir grandes obras de la literatura al código de las manzanitas y los corazones. Ya lo han hecho con Moby Dicky el resultado no pasó de un título risueño: Emoji Dick.

Palabra e imagen

“La iconografía es una forma de transmitir información y emociones que ha acompañado al ser humano a lo largo de toda su historia -señala Silvia Eva Agosto, doctora en Letras por la Universidad Complutense de Madrid-. No se trata de un fenómeno nuevo. En cuanto a si se empobrece el idioma y la comunicación al usar emojis, todo depende. Pueden ser una herramienta útil para comunicarnos sin necesidad de compartir un idioma común. Pero nada puede reemplazar a la palabra. El idioma es el sistema simbólico más complejo que ha inventado la humanidad. Una carita enviando un beso puede transmitir ese mensaje, pero nunca podrá reemplazar, por ejemplo, la profundidad de las palabras del poeta Miguel Hernández: ?Boca que arrastra mi boca:/ boca que me has arrastrado:/boca que vienes de lejos/a iluminarme de rayos’.”

Ésa fue la idea, al menos en el origen: flexibilizar la dura linealidad de las palabras con esos chispazos juguetones. Pero con el tiempo y desde Oriente llegó una idea más radical: dejar de lado los caracteres convencionales que ofrecían los teclados y comenzar a “dibujar” con ellos. El resto ya lo conocemos: una compañía llamada Unicode lanzó una suerte de primer “catálogo” de emojis. Hoy Unicode ya es un consorcio (Consortium Unicode) integrado por gigantes tecnológicos como Google, Oracle, Microsoft, Facebook o Apple y convertido en una suerte de ONU de los emoticones. Es, de hecho, quien determina (tras un proceso de evaluación de dos años) qué nuevo miembro ingresará al selecto club de los emojis y cuál se quedará con las ganas. Hasta ha habido “vueltas atrás” para algunos emojis (el de la berenjena y una primitiva versión del durazno, por ejemplo) a los que sus supuestas “connotaciones sexuales” les valieron el exilio de algunas plataformas, en un caso, y el rediseño, en otro. La policía de las redes no duda cuando de asegurar el Buen Pensamiento se trata.

Es entonces cuando el titilante mundo de los “dibujitos de WhatsApp”, como los llaman algunos usuarios supra 60, se muestra bajo una luz diferente. Después de todo, quienes terminan utilizando esos pictogramas no tienen, más allá de la posibilidad de pedir por la inclusión de tal o cual nuevo “modelo”, muchas chances de influir en las decisiones finales del consorcio.

En 2018, anuncian, se lanzarán los emojis de pelirrojos y ya hay quienes celebran como un logro la inclusión en el menú de familias que no sean blancas, jóvenes, heterosexuales. Vista de cerca, la infinita riqueza expresiva de este código que prometía liberarnos en un mismo movimiento de la tiranía del tipeo y la ambigüedad de las palabras muestra que sus alas son como las de Ícaro. Así, so pretexto de la “universalidad” que se espera de este neolenguaje, lo que termina consolidándose es una suerte de diccionario donde no sólo se privilegian flores, corazones, deportes y banderas (todo lo amable del mundo), sino también los lugares comunes de la corrección política.

Tras nuevos Columbines, por caso, el emoji del revólver fue reemplazado por una pistola de agua, verde e inofensiva. Si no fuera siniestro, hasta podría ser gracioso. El rifle también pagó con su emoji el circunstancial cambio de viento social, como si borrando el grafismo desapareciera, también, la realidad.

Somos lo que miramos

Pero la realidad, justamente, es algo bastante más complejo. Ningún emoji podría cifrar nada de lo que Ella Frances Sanders recoge en su bellísimo Lost in Translation, un compendio ilustrado de palabras intraducibles de todas parte del mundo. No hay aquí komorebi, palabra japonesa que alude a la luz que se filtra a través de las hojas de los árboles, ni mangaia, término sueco para el reflejo de la luna sobre el agua. No hay emoji para eso. No podría haber.

Hay, sí, ganas de jugar y de vender: emojis, equipos rutilantes que permitan acceder a un universo de nuevos emojis y, sobre todo, una mirada sobre el mundo. Porque eso es lo que en definitiva somos: lo que miramos. “En el caso de las nuevas tecnologías, que se muestran como neutras, siempre hay un detrás de escena -dice Alejandro Tortolini, experto en sociología de videojuegos y miembro de la ONG Vía Libre-. Detrás de cada estándar tecnológico exitoso, de cada invento que se hizo popular, hubo durísimas luchas entre empresas, presiones a gobiernos y grandes campañas publicitarias. La aparición de emoticones cada vez más vistosos es una muestra de estas pujas por imponer un producto lucrativo. Lo alarmante es que hoy se tome como natural la idea que denuncia Jaron Lanier en su libro No somos computadoras, cuando dice que olvidamos que Internet puede ser distinta, más que lo que Google o Facebook determinan. Y eso por no mencionar la cantidad de información que damos alegremente a desconocidos. Al agregar a nuestro navegador una extensión llamada Disconnect o Lightbeam podremos ver la lista de los sitios de terceros que reciben información nuestra a medida que navegamos. Ver esa lista puede ser escalofriante.”

Pero ¿quién va a reparar en eso, con emojis cada vez más lindos y parecidos a nosotros mismos? Y las caritas sonrientes, más felices que nunca.

Fuente: La Nación.