Grandes libros eróticos que nos hacen sentir en cada párrafo

Seducción, pasión y sexo... La literatura de calidad que cuenta los momentos íntimos y otras aventuras de la experiencia humana. Títulos recomendados.       

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Sale el sol y se caldean las almas. Algún viento o lluvia fugaz obliga a quedarse en la cama. La primavera es el momento ideal para buscar el deleite. También con la lectura. Fuera de esos libros pensados burdamente para el gol, hay otros que de pronto sorprenden con historias que erotizan, pero también con escenas, sensaciones, imágenes, ritmos.

Una novedad sexy local llegó de la mano de Pedro Mairal, que entre otros cuentos y novelas escribió Una noche con Sabrina Love (Aguilar, 2000). Hace una década, el autor también fue Ramón Paz. Bajo ese seudónimo publicaba en su blog unos poemas medio chanchos, pero también tiernos, paródicos y a la vez cachondos. Sus Pornosonetos (Emecé) acaban de salir en forma de libro, firmados con su nombre.

Entre otros clásicos de los libros eróticos todos los tiempos están las obras completas de Anaïs Nin y también de Henry Miller, que juntos y por separado fueron marcando los pasos eróticos del siglo XX. Antes vino la saga de Claudine, de Colette, publicada entre 1900 y 1904. El amante de lady Chatterley, de D. H. Lawrence, salió y fue prohibido, todo en 1928. Un hito moderno es Las edades de Lulú, el debut literario en 1989 de Almudena Grandes. Excavando más profundo, abajo siguen diez recomendados infalibles para pasar las páginas con cierto ardor.

La imaginación al poder, en los grandes textos.

La imaginación al poder, en los grandes textos.

El amante (1984), de Marguerite Duras

La autora ganó el premio Goncourt en Francia por el relato autobiográfico en el que, con intensidad, cuenta una historia que vincula a una adolescente de quince años y un comerciante chino de veintiséis. “La narración tiene la cadencia del río, una vibración salvaje, desplazada. Las palabras de Marguerite Duras son como el Mekong, un delta suave, hostil. Arrastran una escritura lesionada, llena de silencios y poesía porque no hay otra manera de abordar el horror y la erótica”, dice Agustina Bazterrica, autora de la novela Cadáver exquisito (Alfaguara). Esta lectura, asegura, “sirve para rescatar la sensualidad intacta de la buena literatura”. La evocación de momentos apasionados, sin obviar irrupciones de odio.

Historia de mi vida (1822), de Giacomo Casanova

“El libro de Casanova tiene momentos divertidos, aunque se queda un poco en los problemas numéricos. Igual, está muy bien”, dice el escritor Guillermo Martínez sobre este clásico y cuenta que lo leyó bastante mientras escribía su novela Yo también tuve una novia bisexual (Planeta, 2011). “Es literatura de tema sexual, más que literatura erótica. Me interesan, como lector y como escritor, las distintas maneras de contar escenas sexuales”, explica. La obra narra viajes, aventuras y conquistas por toda Europa.

De Sade, todo

Obras completas del Marqués de Sade. Donatien Alphonse François de Sade fue encerrado en distintas cárceles y asilos para locos durante la mitad de su vida por la monarquía, la República y el Imperio francés. Su crimen fue su modo de ver el mundo, y la excusa, su obra, que incluye ensayos, cuentos, obras de teatro y novelas como Justine o los infortunios de la virtud (1791) y Juliette o las prosperidades del vicio (1797), entre otras. “Se caracterizan por lo que les sobra. Y eso que les sobra, para lo que sería el régimen culturalmente aprobado del erotismo, es la violencia”, dice Juan José Becerra, autor que narra lo sexual sin pudor, como en El espectáculo del tiempo (Six Barral, 2015).

La última noche de verano (1963), de Caldwell

En la novela de Erskine Caldwell, la historia transcurre en un día y una noche de calor en los que el protagonista, movido por la frustración y el deseo, se lanza a una aventura sexual. “Tiene un escena muy bien lograda, que es la relación de una tía con el sobrino. La evocación que tengo es la de una lectura realmente erótica. Seguro también tiene que ver con la época, yo era joven”, recuerda Martínez.

La sierva (1992), de Andrés Rivera

Andrés Rivera, un autor con las palabras bien puestas / Dpa

Andrés Rivera, un autor con las palabras bien puestas / Dpa

El vínculo apasionado entre una sirvienta, Lucrecia, y un juez de la nación, Saúl Bedoya, en el Buenos Aires de la segunda mitad del siglo XIX. Pero, con ese combustible, la novela de Andrés Rivera también indaga en el mundo del poder, la política, la corrupción y los vericuetos del alma humana. “El autor construye una relación de intimidad parasitaria, demencial, entre Lucrecia y Bedoya.

Pero, también, con el lector porque leemos como quiere que leamos, porque nos volvemos indefensos ante los golpes austeros de las palabras, ante el goce”, casi reseña Agustina Bazterrica, que aunque leyó a este autor argentino hace muchos años, cada tanto lo relee, dice, “como un mantra”, porque “lo retengo como una aspiración y lo recomiendo como una lección de lo que significa llegar a otro nivel en la escritura”.

Amores brutales (1993), de Carlos Chernov

El libro del argentino, reeditado en 2001, tiene seis cuentos repletos de ambigüedad y excesos. “Me interesa mucho su modo de escribir, no tanto por el relato de la escena sexual en sí, si no por cierta extrañeza en su forma de ver al ser humano y eso también contamina lo sexual. Son todos buenos, pero hay uno de los relatos, La enfermedad china, sobre una pareja de actores porno en Estados Unidos, que es extraordinario”, recomienda Martínez.

Canon de alcoba, de Tununa Mercado (1988)

El compilado de cuentos ya canónicos, de esta escritora argentina de culto, fue reeditado en 2013. Bazterrica lo ubica sin dudar en su lista de “libros eróticos” que recomienda. Es un libro de pulso poético, que cruza el deseo con lo doméstico. El primer relato, Antieros, es casi una receta del goce. “Es un cuento muy bueno. En su momento lo elegimos para que integre una antología para chicos de la secundaria y provocó urticaria en algunas provincias conservadoras”, recuerda Martínez.

La Habana para un infante difunto (1979), de Guillermo Cabrera Infante

La novela de Cabrera Infante es como una galería de mujeres en donde el narrador es el guía que muestra cada cuadro, sexual, carnal. Martínez dice que “más allá del lenguaje del autor, que es un poco barroco”, hay varias escenas “realmente buenas” y rescata un momento: “Es una felación. Está muy bien narrada y es muy vívida de leer”.

Roberta esta noche (1953), de Pierre Klossowski

“Es una novela de sexo que se caracteriza por lo que le falta”, dice Becerra. “La gran escena es cuando Roberta le muestra al narrador sus piernas. Mejor dicho: la salvan de un incendio porque se le prende fuego la pollera. Ese momento es híper sexual, no es pornográfico ni del todo erótico, pero hace una especie de movimiento lírico dentro del género, hay una mujer vestida que solamente se puede salvar si se desnuda”, explica. En la obra, Roberta se ve envuelta en el extraño ritual de ofrecer su cuerpo, mientras su marido, un voyeur, observa. Un texto que se mete con particulares ceremonias e incluye en su trama la presencia de un adolescente en plena efervescencia.

El desprecio (1954) y El aburrimiento (1960), de Alberto Moravia

“Me gusta el tratamiento de lo sexual en la literatura como aparece en estas dos novelas. Son escenas breves y cada tanto, pero con una forma muy interesante, porque son directas, pero no brutales. Las escenas quedan impregnadas, aunque pasen los años. Una que recuerdo tiene que ver con una chica que sirve la mesa, y el narrador le sube la mano por la pierna”, dice Martínez.

Fragmento de Las edades de Lulú

Almudena Grandes y el impacto de su primera novela. / EFE

Almudena Grandes y el impacto de su primera novela. / EFE

El estaba ahí, con una bandeja llena de cosas, mirando cómo movía los labios, quizás incluso me había oído, pero no dijo nada, cruzó la habitación y se sentó delante de mí, con las piernas cruzadas como un indio. Pensé que iba a comerme, al fin y al cabo me lo debía, pero no lo hizo.

Me quitó las bragas, me atrajo bruscamente hacia sí, obligándome a apoyar el culo en el borde del sofá, y me abrió todavía más, encajándome las piernas sobre los brazos del sillón.

-Venga, empieza, te estoy esperando.

-¿Qué quieres saber?

-Todo, quiero saberlo todo, de quién fue la idea, cómo te pilló Amelia, qué le contaste a tu hermano, todo, vamos.

Tomó una esponja de la bandeja, la sumergió en un tazón lleno de agua tibia y comenzó a frotarla contra una pastilla de jabón, hasta que se volvió blanca.

Yo ya había comenzado a hablar, hablaba como un autómata, mientras le miraba y me preguntaba qué pasaría ahora, qué iba a pasar ahora.

-Bueno… es que no sé qué decirte. A mí me lo dijo Chelo, pero la idea fue de Susana, por lo visto.

-¿Quién es Susana? ¿Una alta, castaña, con el pelo muy largo?

-No, ésa es Chelo.

-Ah, entonces… ¿cómo es Susana? -sumergió la esponja…

Fragmento del cuento Antieros

Entretanto habráse puesto en el fuego a hervir un agua, no cualquier agua, sino la justa y necesaria para echar los huesos del puerco con algunas verduras pertinentes: cebollas de verdeo, hinojos, apio, culantro, tomillo, laurel y mejorana: esta agua hierve a olla y puerta cerrada, lejos de esa atmósfera de pura limpieza que exalta los sentidos en la sala, a mediados del día, cuando la gente se esmera en sus oficinas o se desespera en sus automóviles yendo a las citas de negocios. La brisa ondea el voile pero apenas consigue mover las cortinas, anudadas con un cordón dorado a cada lado del ventanal, en bandeaux. Sacarse los zapatos para sentir la frescura cálida del terciopelo. Llevar la mano derecha suavemente desde la pantorrilla hasta el muslo y acariciarla, confirmando que esa piel puede perfectamente competir con la pana; no subir más arriba la mano; desprenderse la blusa y dejar unos momentos los pechos al aire, erguirse y, con la mano en jarras, mirarse el perfil en el espejo del fondo de la vitrina, por entremedio de las copas de cristal. Salir de la sala y, previamente, cerrar la camisa, abotonarla y reacomodar los pliegues de la falda bajo el delantal. Entrar en la cocina, humeante por los huesos que hierven a todo vapor… 

Fuente: Clarín