Hacia una nueva identidad digital

Después del escándalo de Facebook, muchos usuarios se debaten entre cerrar sus perfiles o forjar una personalidad más madura en las redes sociales

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Esa búsqueda en Google que cinco minutos después, al entrar en Facebook, se convierte en un tentador aviso; un nombre mencionado al pasar en una charla por WhatsApp que luego aparece con foto y todo como sugerencia de amistad en nuestro muro; decidir algo sobre la base de un artículo verosímil pero ciento por ciento fake; darle un “me gusta” a alguna publicación y toparse con esa piedra en formato digital cada vez que abrimos una app; entrar a Twitter y leer tuits de gente a la que jamás le dimos “seguir”; abrir hace segundos una cuenta en Instagram con un nombre de fantasía y tener ya una decena de cuentas a las que estamos siguiendo sin haber manifestado la más mínima voluntad de hacerlo.

Martín Villarruel ya no actualiza sus datos en Facebook y está a punto de cerrar su perfil Crédito: Victoria Gesualdi/AFV.

“Cuando apareció Facebook estaba en una edad más vulnerable. Tendría 16 años y compartía casi toda mi vida. Pero con el paso del tiempo y por una inquietud personal, de informarme sobre estos temas, empecé a estar más atento y a tomar recaudos -dice Martín Villarruel, que ahora tiene 26-. Lo primero que me hizo ruido fue que me aparecieran en el timeline publicidades y cosas relacionadas con mis búsquedas o mi navegación. Y había publicaciones de gente a la que le había dado “me gusta” una vez y que me aparecían todo el tiempo. Ahí dejé de subir fotos y opiniones, dejé de etiquetar, de darle like… Por eso lo de Facebook no me sorprendió, más bien confirmó mis sospechas”, dice Martín, que evalúa cerrar definitivamente su perfil en esa red social.

En cambio León Valle, productor radial de 31 años, reconoce que su experiencia con Facebook fue fugaz: abrió un perfil en 2006 y enseguida notó que esa red social no estaba hecha para él. “En ese momento era tentador tener Facebook porque nos permitía ser la primera generación que podía hacer una autobiografía en línea -recuerda-.Pero no se correspondía conmigo. Sentía la obligación de hacer un mantenimiento en tiempo real de mi propia cotidianidad que no me convencía para nada. Facebook era un Gran Hermano y yo no quería formar parte. Y además veía que era peligroso volcar todos tus datos y contactos ahí y lo borré. Durante años estuve afuera de todo”, cuenta León, que en Twitter o Instagram es mucho más activo.

La actual sede de la empresa en Menlo Park, California
La actual sede de la empresa en Menlo Park, California Crédito: AP/ Marcio Sanchez.

“A Twitter lo uso con un objetivo más bien académico o para informarme. E Instagram considero que es como un Facebook un poco más privado. Por supuesto uso Gmail, Google y YouTube, pero hay que saber hasta dónde dar. Por ejemplo, la geolocalización no la activo nunca, es un peligro. Y hace un tiempo cambié de Android a IOS porque considero que es un sistema operativo más seguro porque es cerrado. No por nada las cuentas afectadas en Cambridge Analytica pertenecen a Android”.

Martín Villarruel sostiene que la confirmación de sus sospechas le sirvió para descartar que se tratara de una simple paranoia personal. “En ese sentido, lo de Cambridge Analytica tuvo un efecto aliviador -reconoce-. Sin duda, estaba bien encaminado al no querer publicar tantas cosas, dar tanta información personal. He visto gente que publicaba su recibo de sueldo, por ejemplo. Por favor, no compartas eso, ¡cuidate un poco!”, plantea Martín, que de todas maneras reconoce que es prácticamente inevitable no hacer uso de las redes sociales. “Hay veces que publico cosas igual y no me importa -reconoce-. Pero los recaudos están: no permito que me lleguen solicitudes de amistad, no activo nunca el geolocalizador ni actualizo el gmail. Esto lo hago porque conozco los riesgos, pero la mayoría de la gente no. Me parece que falta algún tipo de instancia donde se enseñe a los chicos más chicos este tipo de cosas”, sostiene.

En este sentido, Laura Corvalán, licenciada en Comunicación de la UBA y experta en redes sociales, sostiene que falta educación digital. “Me parece que muchos pecaron de ingenuos. Todos sabíamos lo que le estábamos entregando a Facebook -sostiene la especialista-. Pero por lo general, la gente es desprolija con su privacidad: sube fotos de sus hijos el primer día de clases con el uniforme escolar o de su auto con la patente a la vista… Incluso varios tienen su teléfono visible en el perfil. Hay quienes agregan a cualquiera entre sus contactos sin saber ni quién es, no tienen configuración de privacidad, abren la cuenta y el perfil es todo público. ¿Ninguno de ellos sospechaba que eso podía ser un problema? El tema es que tenemos una cuestión expositiva muy fuerte. Hay sed de fama, no de anonimato. A los más chicos les vendemos que eso es el camino a la riqueza. Pero hay que decirles que existen patrones de éxito distintos. Nadie quería ser nerd hasta que apareció The Big Bang Theory. Hay espacio para lo alternativo “.

Según la experta hay gente que logra una cierta desconexión y otra que a partir de ahora se ha planteado construir una identidad digital responsable. “No es posible limpiar el pasado digital. Es como un tatuaje: hay tratamientos para removerlo, pero queda la marca -sostiene Corvalán-.¿Cómo volverse anónimo? Por empezar, usar nombres de fantasía, no poner nunca tu nombre real. No dar datos, usar filtros de privacidad. Y concientizar a las generaciones que siguen. Les permitimos a edades muy tempranas tener un acceso a la tecnología. Un chico de 10 años no tiene por qué tener Instagram. No hay educación digital. Los formamos para ser ciudadanos a nivel cívico, pero no digital. No les enseñamos cómo cuidarse en las redes”.

Por su parte, la psicóloga Laura Jurkowski, directora de Re-conectarse, especializada en adicciones tecnológicas, plantea la necesidad de tener una lectura crítica de las redes sociales. “Hay que tener en claro el para qué las usamos y saber que eso tiene consecuencias que pueden no gustarnos o provocar cosas que no queremos. Y tener mucho cuidado con las acciones asociadas a lo que recibimos: comprar, votar o hacer determinada cosa en función de lo que se recibe debe ponernos en una situación de alerta máxima”.

Por supuesto, Jurkowski sostiene que es difícil vivir apartado de las redes. Por eso, al usarlas, saber los riesgos. “Hay que tomar conciencia de que toda nuestra información circula por el mundo. Tener un registro de que esto pasa, que Facebook nos sacó una radiografía y además la compartió con un montón de gente. Por eso es muy importante elegir qué darle. Frente a esto, hay que ser activos, no pasivos”, recomienda la especialista, que sostiene que la personalidad digital, esa que exponemos en las redes, termina repercutiendo en la real. “No queda en la virtualidad. Esto tiene consecuencias muy reales que perduran. Hay personas que se exponen más, les importan menos las consecuencias. Y otros, más cautos, que manejan bien las redes. Cerrarlas o crear perfiles falsos no es la solución, la solución pasa por ser más responsables”.

Lo mismo piensa León Valle, que descarta que la caída de Facebook resuelva el problema: “Se habla de cerrarla definitivamente. Pero esta gente, ¿a dónde va a migrar? Ya hay una necesidad creada. Se planteó un Facebook pago y sin avisos para evitar darles información a las empresas. Es un modelo de negocios distinto. La gratuidad de Facebook, Instagram, Twitter es a cambio de ofrecer todos mis datos. ¿Cuánto vale mi privacidad? El problema es que hay un montón de gente dispuesta a hacer ese sacrificio porque las redes sociales se convirtieron en una cuantificación de tu valor en el mundo: cuantos más contactos y más seguidores, mayor es mi valor”. Y el precio pagado, también.

Fuente: La Nación.