Las chicas Harley Davidson: manejan una moto de culto

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Así como los paisanos dejan atados a sus matungos en los palenques de la pulpería para contemplar el atardecer Gancia en mano, ellas estacionan sus caballos de hierro en la esquina de un bar, en Belgrano, para tomar una cerveza.

Belén Couzo, Carolina, Marilyn, Belén, Joui y Lorena. “Queremos que las mujeres pierdan el miedo y experimenten lo que se siente arriba de una moto”, afirman.

Foto Juano Tesone.Foto: Juano Tesone

Es el after-office de un miércoles y seis mujeres de entre 35 y 45 repasan anécdotas. Visten jeans, botitas y chalecos, nada demasiado llamativo, pero sí peculiar. Son trabajadoras, profesionales, propietarias, inquilinas, madres, lucen femeninas y coquetas y… andan en moto. A la oficina, a casa o a dar una vuelta. Siempre en moto. Viven para las motos; y montan Harley Davidson, marca emblemática, que distingue un tipo de personalidad. Ellas, como cada vez más mujeres, rompen con ese mito instalado de que andar en moto es una cuestión masculina. ¿Transgresoras? Puede ser.

Hay una tendencia en alza que viene acentuándose con el transcurrir de los años: de 5.000 licencias de motos expedidas en 2010 a 300.000 tramitadas en 2016, según la Dirección de Sistema Nacional de Licencias de Conducir del Ministerio de Transporte de la Nación. Crecimiento inobjetable.

Parking. En la esquina de José Hernández y Migueletes las “Mujeres al mando” paran con sus Harley Davidson. Foto Juano Tesone

Belén Couso, Carolina Sturla, Joui Mariani, Marilyn Alvarez, Cintia Fotia y Lorena Primavera dan fe de estas cifras, y de que las mujeres hoy se animan más. Es más, están convencidas de que no hay una sensación más placentera que la de esa cabalgata sobre ruedas. “Andar en moto en la ciudad es más cómodo, más rápido, más divertido, se gasta menos nafta y es mucho más barato, además, porque no pagás estacionamiento”, coinciden casi de manual.

Sin buscar ser paradigmas ni pretender un estatus que no poseen, ellas quieren instalar las motocicletas en el universo femenino. No hay esnobismo, ni la caretean, irradian un sentimiento sincero. Dicen que son motociclistas de raza, que les fascina rutear y que haber accedido “a las Harley” -rodados que cuestan entre 20 y 30 mil dólares-, es fruto del deseo y del esfuerzo por llegar pidiendo un préstamo. Se saben bichos raros, pero quieren dejar de serlo.

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Belen Couso, la impulsora del grupo. “Alrededor de la moto hay valores, códigos y camaradería. Nosotras disfrutamos andar, rutear, no nos interesa hacer facha”. Foto Juano Tesone

Hay una fantasía equivocada de que porque andamos en Harley nadamos en la abundancia, tenemos un piso en Avenida Libertador, una casa en Punta del Este y dos autos”, toma la posta Belén Couso (34), dedicada al rubro cosméticos e impulsora de Mujeres al mando, un grupo en Instagram creado este año y que ya nuclea a 65 harlistas. “Nada más alejado a mí que esa creencia. Soy contadora cuentapropista y alquilo un depto en Caballito. Yo hice el esfuerzo, vendí otra moto, me metí en un crédito y me compré El Harley”, cuenta Lorena (43), que masculiniza la moto.

La imagen de las máquinas aparcadas en la esquina de José Hernández y Migueletes despierta la curiosidad de propios y extraños, de conductores que aminoran la velocidad y toman fotos con sus teléfonos y de peatones ocasionales que se acercan a preguntar. También hay mujeres que consultan y aún más que los hombres.

Es increíble, las chicas se hacen una película y creen que somos inaccesibles“, revela Carolina. “Nos dicen ‘genias, las envidiamos’, pero sólo porque tienen preconceptos”, acota Joui. “La de recién me preguntó cómo hacía para levantarla”, remarca Marilyn. “Claro, se cree que las motos son sólo potestad de los hombres y nada que ver”. Las seis coinciden que sólo se necesita “equilibrio físico y emocional, y espíritu aventurero, nada más”. Y sentencian chocando al aire las jarras de cerveza: “Vamos a terminar con el mito de que sólo el cuarentón fornido, de buena posición económica, puede manejar una Harley“.

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Joui les apunta a los hombres. “Para estar con una mujer amante de las motos y portador de una Harley necesitás una personalidad segura, de lo contrario, olvidate”.Foto: Juano Tesone.

Dejando flamear su bandera de Mujeres al mando, Belén, Carolina, Joui, Marilyn, Cinthia y Lorena pretenden contagiar a otras damas comprometiéndose ellas primero: “Si realmente vemos interés de parte de otras mujeres, vamos a enseñarles gratis a las que tengan serias intenciones de aprender, porque sentimos que nos ven como si viniéramos de Marte”, exclaman Marilyn y Belén. “La verdad es que nuestra vida es como la de cualquier mina que vive aquí, sólo nos diferencia que manejamos motos”, reflexiona Carolina, secretaria de una empresa. Joui, diseñadora de ropa, acota austera: “Hoy la mujer es más corajuda y tiene todo para estar arriba de una moto. Por favor, no se pierdan esa posibilidad”.

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Cintia aprendió a andar a los 43. “Me animé, la pasión fue más fuerte, incluso contra lo que querían mis hijas, que no quieren saber nada con mi hobby”. Foto Juano Tesone

Cinthia (46), empleada de una multinacional, confiesa que aprendió a andar hace tres años. Tomó un curso de dos semanas y sin el apoyo de sus hijas veinteañeras. “Me pesa la mirada de ellas, pero lo terminaron entendiendo”. Lorena banca a full a su compañera, y pronuncia las palabras necesidad y urgenciacuando de agarrar la ruta se trata: “Ideal para paliar el bajón”, ilustra. “Posta, es terapéutico, esa adrenalina te borra cualquier mala onda”, suma Joui, mientras que Carolina sintetiza el pensar de todas: “Saber que me espera la moto a la salida del laburo es como un aumento de sueldo“.

Ellas hablan de sus choperas como si describieran al hombre -o la mujer- deseado. Remarcan sus curvas, las personalizan con un nombre y hasta juegan con dobles intenciones. Están pendientes de tunearlas, comprarles accesorios e intervenirlas. “El otro día mi hija me dice: ‘¡Mamá, a esa moto de mierda le comprás más cosas que a mí‘!”, admite Cintia. “Yo la tuve una semana en el taller y me desesperé”, complemente Lorena. “Necesitamos verlas cada cinco minutos, ¿entendés?”, intenta concientizar Carolina.

Resultado de imagen para mujeres al mando Harley DavidsonPara Lorena no hay mayor afrenta que llevar a un hombre en su moto. “Es el mejor anticonceptivo, se me baja la líbido a menos diez”. Foto: Juano Tesone

Más allá de estar pensando en esos caballos mecánicos constantemente, no quieren que se las malinterprete. “Queremos enfatizar la sensorialidad de manejar una moto -apunta Belén-. Hay unos valores muy copados alrededor que parten del equilibrio, la audacia y, claro, la conexión con todos los sentidos”. Asienten Marilyn, Joui y Carolina, las carilindas de la barra: “La moto te renueva la energía, el viento en la cara te estimula, es como meditar. La moto te permite amigarte con la soledad”, grafican las motociclistas, no motoqueras“término asociado a los fleteros”. Imposible imaginarlas ruteando cientos de kilómetros escuchando reggaeton. “El silencio, el rugido del caño de escape o sólo rock de La Renga, Pappo y Los Redondos”, alzan intransigentes.

La percepción de los sentidos abre otras solapas vinculadas a la personalidad. “No me gusta compartir la Harley, ni llevar a nadie, menos a un novio, o a un tipo. El mejor anticonceptivo es llevar a alguien en la moto; yo te llevo, pero que no se te ocurra intentar nada. La libido baja a menos diez”, advierte Lorena, seria, provocando carcajadas.

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Carolina está convencida de que “una moto ayuda a fortalecer la autoestima y a ser más feliz: “Una vez que te subís, no te bajás más”. Foto: Juano Tesone

No es un tema menor las motociclistas y su relación con los hombres, los novios y los amantes. “Está el mito de que somos sexualmente avasallantes, pero acá arriba no levantamos nada; al contrario, intimidamos, el tipo no se banca vernos en una Harley y baja la vista”, siente Lorena, soltera. A Joui se le viene un recuerdo reciente de un ex. “¿No te das cuenta que todo el mundo te mira y te quiere coger?”, imposta la voz: “Se enamoran del ruido, la velocidad y el cuero, pero después te piden que uses el fucsia y manejes un auto –ironiza–. Un tipo celoso no puede estar con una mujer que guste de las motos”.

“Me sorprende la cantidad de mujeres que se cierran las puertas antes de probar. Pero te ven en la moto y dicen: Quiero tener una vida como la tuya”, revela Marilyn. Foto: Juano Tesone.

"Me sorprende la cantidad de mujeres que se cierran las puertas antes de probar. Pero te ven en la moto y dicen: 'Quiero tener una vida como la tuya'", revela Marilyn. Foto Juano Tesone.

Hay unanimidad a la hora de opinar que para la mayoría de los varones es difícil aceptar que ellas manejen motos y ni hablar Harley Davidson, un culto superior. “Nos aflora una garra y un coraje que desconcierta al resto, lo sabemos, pero eso es gracias a la moto, que nos da un plus”. ¿Y cómo reaccionan los hombres que manejan motos? “Nos ven y nos respetan, hay camaradería porque la moto tiene códigos e invita a sociabilizar. La gente que maneja una está más predispuesta a entablar una charla, a dar una mano”, concluyen.

Semejante moto para que la maneje una mina, pensamiento recalcitrante y machista que existe -aseguran-, pero que queda hecho trizas ante la pasión, la fuerza, la prudencia y el equilibrio de estas mujeres que no se llevan el mundo por delante ni tampoco apelan al feminismo para bajar línea, sólo evitan que prejuicios y costumbres las encorseten. La moto “curte” la personalidad.

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Las chicas se esfuerzan por mostrarse sencillitas a pesar de que sienten que se las ve distintas. Es que andar en moto, y sobre todo en Harley, esculpió un tipo de personalidad aguerrida, aventurera y también sensible.

Por supuesto que aparecen obsesiones que tienen que ver con el cuidado de la criatura. “Puedo tolerar una abolladura, pero no un rayón, es imperdonable”, asegura Belén. “Mi personalidad se fortaleció a partir del andar -hace saber Cintia-. Es una personalidad más dispuesta a asumir desafíos”.

Joui y Marilyn lo avalan: “La moto te curte, porque manejar en este país es insufrible”. Y aparece Lorena, una leona: “A mí me sale el barrabrava que llevo dentro cuando taxistas y colectiveros se me tiran encima. Y no te queda otra que endurecerte”.

Carolina se sorprende por “la garra que aflora y por el poder de decisión. No podés dudar manejando una máquina de 300 kilos”. Y cierran admitiendo una ¿debilidad?: “Caímos en las garras de Harley, que nos genera un fanatismo indescriptible. Es la máxima aspiración dentro del mundo de las motos, es una marca de culto, no hay nada que hacer”.

Fuente: Clarín.