Nostalgia por el cara a cara y la vida sin enchufes

Tras dos décadas del siglo hipertecnológico y surge la necesidad de volver al trato humano sin mediaciones electrónicas. Dejar las tecnoadicciones es una preocupación. Nomofobia. Esta palabra que refiere a la fobia a no encontrar el celular fue elegida por el Diccionario Cambridge como la palabra de 2018

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A punto de terminar la segunda década del siglo XXI, nadie parece sorprenderse ante la idea de una conectividad constante, ante la imagen de una persona “enchufada” a infinitos soportes y dispositivos como un estado natural.

Y aunque –en apariencia y para una parte del mundo– esta condición se percibe como una especie de grillete electrónico (recordemos que el primer celular inteligente lo fabricó hace no más de diez años la marca Blackberry, una palabra que remite a la bola de hierro sujetada a los tobillos de los presos) no deja de ser aceptada con resignación.

Justamente, el término que define el miedo o preocupación por la ausencia del teléfono celular o la imposibilidad de utilizarlo es nomofobia y fue definida como la palabra del año 2018 por el Diccionario Cambridge. De acuerdo con un boletín emitido por esa institución, el primer uso documentado de la palabra nomofobia fue en 2008, en un informe encargado por la Oficina Postal de Reino Unido. Es una abreviatura de la expresión inglesa no-mobile-phone phobia.

¿Alguien desea revertir la tendencia de acople sinfín? Incluso más, si esto fuera posible ¿En qué condiciones podríamos desconectarnos? O mejor dicho ¿estamos en condiciones de hacerlo? El tenor de los cuestionamientos contra las nuevas tecnologías tiene antecedente:en los años 60 se criticaba el impacto “narcotizante” de los medios masivos.

El municipio chino de Chongqing copió la idea de un programa de tevé estadounidense y desde 2014 separa en carriles diferentes a paseantes con celular y sin él, para alentar a no tuitear mientras se camina. Foto: AP

El municipio chino de Chongqing copió la idea de un programa de tevé estadounidense y desde 2014 separa en carriles diferentes a paseantes con celular y sin él, para alentar a no tuitear mientras se camina. Foto: AP

En los resultados de la Encuesta de Consumos Culturales 2017 (secretaría de Cultura de la Nación) se subraya el crecimiento del consumo de Internet “pasamos algo más de 4 horas diarias conectados y dedicamos en promedio casi 3 horas por día a las redes sociales”. La encuesta revela que casi un 65% de la población tiene cuenta en Facebook y un 30%, en Instagram.

Desde hace tiempo se estudia y se trata la adicción que genera la tecnología, ya existen clínicas de rehabilitación que incorporaron un departamento dedicado al tratamiento de la dependencia con el celular con terapeutas especializados en el tema.

Al tratar la relación con el dispositivo como podría tratarse cualquier vínculo con un tóxico, se generan estrategias para abandonar el objeto pernicioso. Es más, Apple –por ejemplo– en la última actualización de los sistemas informáticos de sus soportes notifica, una vez por semana, el tiempo que el usuario pasa conectado a las redes sociales desde el teléfono celular.

En el “Reporte semanal disponible” aparecen mensajes tales como “tu tiempo en pantalla bajó 25% la semana pasada, con un promedio de 4 horas, 54 minutos al día”, haciendo hincapié en el aumento o en la baja del uso. La opción puede deshabilitarse manualmente. Como cualquier adicción, no todas las personas sufren sus efectos de la misma manera.

Perfectos desconocidos. Un fotograma de la película en la cual los secretos que cada quien guarda en su celular revelan su verdadera identidad.

Perfectos desconocidos. Un fotograma de la película en la cual los secretos que cada quien guarda en su celular revelan su verdadera identidad.

Narrados como informes de investigación o como crónicas en primera persona, son muchos los relatos acerca de la relación problemática, sino patológica con el dispositivo. Ni siquiera el cine ha quedado fuera de esta tendencia. Perfectos desconocidos es una película italiana estrenada en el 2016 por Paolo Genovese.

En Netflix se puede ver la versión francesa titulada Le Jeu. La historia es simple: un grupo de amigos se junta a cenar con la condición de que cada uno deje su celular sobre la mesa y comparta, con los demás, los mensajes que lleguen a cada teléfono. La (im)probable situación generó tanta expectativa que meses después, el director español Alex de la Iglesia hizo su versión. Aquí se compraron los derechos en formato teatral y la obra está en cartel, dirigida por Guillermo Francella.

¿Qué fascina tanto del argumento? ¿La intromisión en la intimidad ajena? Sí, pero eso es apenas la punta del iceberg de dos cuestiones mucho más complejas: una especie de alerta constante ante la dependencia hacia el pequeño dispositivo y la ansiedad y el suspenso que producen los avisos (los propios y en este caso, también los ajenos).

Vibraciones, timbres, luces y otros estímulos que ya son equiparados por los psiquiatras con sustancias químicas. Casi sin darnos cuenta, el celular se transformó en un proveedor de suspenso a la carta.

Por obvias razones, son las nuevas generaciones, las llamadas “nativas digitales” las que más sufren las consecuencias de la hiperconexión y la exposición constante a las pantallas. Jean Marie Twenge, una reconocida psicóloga de la Universidad de Chicago, identifica a estos jóvenes como la generación IGen definiéndolos como “la primera que habrá vivido toda su adolescencia en la era de los teléfonos inteligentes”.

El "zapatófono" del Superagente 86 (1965-1969): solo a los espías cabía la utopía de estar siempre comunicados.

El “zapatófono” del Superagente 86 (1965-1969): solo a los espías cabía la utopía de estar siempre comunicados.

Este grupo etario, a diferencia de sus padres, ha pasado gran parte de su vida conectado a una pantalla, en detrimento de actividades al aire libre. Twenge verifica no solo una adicción que provocaría ansiedad en el futuro, sino que, al caracterizar a las prácticas virtuales como patológicas, no queda otra opción que buscar el remedio.

La dicotomía que propone es tan simplista como engañosa, porque al oponer vida virtual a vida real, niega la dimensión tecnológica del entorno contemporáneo.

Supone que existe una especie de esencia “natural” en el hombre que las tecnologías niegan y obturan, y que los problemas de ansiedad y cualquier otra patología asociada con la tecnología se resolverían con eliminar, alejar o disminuir el tóxico. En última instancia, alejarse del dispositivo. Un elemento hecho de sustancias externas a esa esencia humana, como lo podría ser el tabaco, el alcohol o cualquier estupefaciente.

En esta línea puede comprenderse la emergencia de los llamados “desconectados”, una tribu urbana que surgida oficialmente en España pero que encuentra réplicas en distintas partes del mundo. Tanto fue así que, en el 2016, el escritor y filósofo español Enric Puig Punyet publicó La gran adicción; cómo sobrevivir sin Internet y no aislarse del mundo, un libro que bien podría incluirse en el género de autoayuda porque, en primera instancia, vuelve a definir a Internet y al sin límite tecnológico como un tóxico del que hay que recuperarse.

Con una prosa sencilla detecta que cada vez son más las personas que deciden dejar de navegar en el mar de la hiperconexión. La metáfora del agua y del barco no es casual ni inocente porque le permite mostrar cómo aquellos que salen a tiempo se salvan del inexorable naufragio.

En esta nueva versión, los hundidos son los que flotan como zombies en un mar de datos inútiles, mientras que los posibles salvados serán los que salten a tiempo y naden a tierra firme. Los primeros, están condenados porque cuánta más información se reciba, menos se hará con ella, salvo consumirla de manera pasiva.

Esta postura recupera algunos supuestos de las primeras teorías de la comunicación, aquellas que para la década del 60 vaticinaban narcotización de los sentidos frente a las incipientes pantallas de TV. En nuestro país, fue Heriberto Muraro (especializado en Sociología de la comunicación), entre otros, quien desarrolló el concepto de “disfunción narcotizante”, entendiéndola como un efecto no deseado de la sociedad de masas en el siglo pasado.

La mayor cantidad de información recibida no solo produce anomia y falta de atención, sino que genera mayor pasividad. Si este diagnóstico sombrío valía a mediados del siglo pasado, cuando los medios de comunicación de masas eran unidireccionales (radio, televisión, periódicos), sus hipótesis se convirtieron en verdaderos axiomas con la llegada de Internet y la posibilidad de generar, difundir y viralizar, contenidos propios y ajenos.

Mientras que la figura predominante del siglo XX fue la del televidente hundido en un sillón frente a la pantalla del aparato, la del siglo XXI es la de un tipo de cyborg compuesto de piel, tendones, chips y pan tallas táctiles.

Al suspender la distancia entre lo visto, lo dicho y lo expuesto, la narcotización se produciría por vía intravenosa y con efectos menos visibles en el corto plazo. Las fake news, las noticias falsas de rápida circulación, podrían ser una de las principales consecuencias de este nuevo cybor, un cuerpo que acumula información con el solo fin de retransmitirla sin pasar a la acción concreta.

Los sobrevivientes del naufragio, en cambio, logran no solo quitarse esta segunda piel, sino que, al depurarse de las sustancias tóxicas, se sienten mucho más saludables. Según Puig Punyet, la desconexión no se da por nostalgia ni es un gesto de falso romanticismo, sino que se elige, en principio por razones de salud mental.

La conexión constante, afirma el español, produce una desorientación en los marcos de referencia dificultando las relaciones interpersonales, en especial las que se producen cara a cara. Por eso, en España ya existe un circuito de fiestas “de boca en boca” a las que solo se accede por comunicación directa y en donde, como era de esperarse, no se puede llevar ningún dispositivo electrónico.

No hace falta ser especialista en comunicación para preguntarse si esta tendencia no es más que una moda pasajera. Emparentados con aquellos que solo consumen productos de huertas orgánicas, y que solo se cepillan los dientes con dentífrico sin químicos, no usan luz eléctrica o deciden parir a sus hijos en el living de sus casas, el gesto de desconexión voluntaria puede confundirse con una especie de resistencia impostada por un grupo de esnobs que, como en tantos otros temas, han dado “la vuelta”.

Las dudas, además, aparecen cuando se advierte que la conexión es más (o menos) que una adicción. En la medida que gran parte de las actividades diarias, incluidas las laborales, están determinadas por ella, desde el envío de correos electrónicos hasta la circulación de mensajes directos –por la plataforma que sea– cuesta imaginarse las estrategias para evitarlas.

Y aunque cualquier persona nacida en el siglo pasado recuerda los discos de los teléfonos, las copias escritas a máquina y los pesados sobres enviados por correo, nadie podría negar que reemplazarlos por los envíos virtuales redundó en ahorro de tiempo y de dinero (que para el caso es algo parecido).

Esta evidencia nos enfrenta con una disyuntiva que, tal vez, sea falsa o por lo menos no deba tomarse de manera tan literal. Si la conexión constante se concibe como patológica, la desconexión absoluta tampoco puede ser la respuesta en un mundo que se sostiene política, económica, social y culturalmente por medio de relaciones virtuales.

En los censos nacionales, el acceso a Internet es una variable que mide la clase socioeconómica. Según Peter Sloterdijk el hombre nunca ha estado ni ha podido sobrevivir en el mundo con las manos vacías. Primero dispuso de piedras, después de herramientas, armas, teclas y hasta de pantallas táctiles y entornos virtuales.

De manera que si existe algo llamado humanidad ella ha subsistido y desarrollado gracias a lo que el historiador estadounidense Murray Boockchin ha denominado matriz social de la técnica: un entramado cultural que permite que el hombre intercambie información con su entorno y desarrolle herramientas para la subsistencia.

Admitir que la técnica no es mala ni buena por sí misma, sino que es apenas, y sobre todo, una consecuencia de lo que el hombre hace con sí mismo y con su entorno, salvaría a muchos del naufragio sin necesidad de alejarse de la orilla. Mientras tanto, cualquier salvavidas resultará de plomo, como el Blackberry.

I. Sarchman es investigadora del Instituto Gino Germani (Fac. de Ciencias Sociales, UBA). Integra el comité editorial de la Revista Artefacto y el seminario Informática y Sociedad de la carrera de Comunicación (UBA)

Fuente: Clarin