Tráfico de bienes culturales: las claves del cuarto comercio ilegal del mundo

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Parece un paso de comedia: los especialistas debaten si el mercado ilegal del arte es gigantesco o enorme. Es que la actividad se enmarca en un rubro que a nivel mundial muestra su grosor, el tráfico ilícito de bienes culturales (arqueológicos, paleontológicos, artísticos), una red silenciosa pero visible que, se estima, representa el cuarto mayor comercio delictivo del planeta, luego de otros con más prensa: el de drogas, el de armas, el de personas. Supera al comercio clandestino de animales exóticos y en cifras calculadas por la UNESCO oscila entre 3.400 y 6.300 millones de dólares por año. Por cierto, mientras la compraventa de arte siga replegándose al ámbito privado (una tendencia comprobable), seguirá alimentándose la noción de que buena parte de este escenario ocurre, digamos, en negro.

 

Difícil dar cifras precisas de lo que no se registra. Encima, por bienintencionados que sean los interlocutores de este mundillo, a veces terminan sesgando su opinión según el nicho que habitan. Una paleta de grises vendría bien para describir la escena, porque quienes se interesan por inyectar vitaminas al mercado del arte (que juzgan, hoy, particularmente “golpeado”), reclaman, entre más aspectos, aceitar los mecanismos burocráticos para mover las obras en las fronteras y agilizar, así, el comercio. Los que investigan y denuncian falsificaciones y contrabando, todo lo contrario. Linkean la actividad ilegal a varias figuritas repetidas en los medios: desde el terrorismo internacional (la UNESCO señala al tráfico de bienes culturales como una de sus mayores fuentes de financiación) hasta el lavado de dinero.

Tráfico de bienes culturales: las claves del cuarto comercio ilegal del mundo

El trabajo de los peritos de arte (GIVOA).

Desde la jefatura del Departamento de Protección del Patrimonio Cultural de Interpol-Policía Federal Argentina, el comisario inspector Marcelo El Haibe se explaya con realismo: “Hay casos en los que el vínculo con el narcotráfico es evidente, como el del colombiano Pablo Escobar Gaviria, que hasta tenía un cuadro de Botero falso. Pero lo que es común es el tema del lavado: es muy apetecible lavar dinero con obras de arte porque, ¿cuánto valen? ¡No tienen un precio! Podés establecer un monto base, pero en una subasta la tarifa quizás se multiplica por diez. Así que el precio real de una obra es el que está dispuesto a pagar el comprador”.

Basta remontarse a abril de 2016 para encontrar las noticias que estrecharon la relación de los Panama papers con la esfera artística. En ese recinto de confluencia -por traer un caso-, una hermosa pintura de Modigliani (“Hombre sentado con un bastón”, de 1900-1901) a la que se le había perdido el rastro luego de que efectivos nazis la robaran a un comerciante de arte europeo, aparecía, el año pasado, ligada a los famosos Panama.

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La pintura “Jeanne Hebuterne” (1884-1920), del italiano Amadeo Modigliani, en una subasta (EFE).

La serie que explica el episodio parece sacada de una historieta mediocre: primero, una subasta en la que una familia millonaria (los Nahmad) compra la obra. Luego, la aparición del genuino heredero de la pintura, quien descubre la adquisición y hace la denuncia. Tercero, la familia que niega por años (batalla legal incluida) poseer la obra. Por fin, la salida a la luz de los documentos, donde se revela que, a) la firma offshore International Art Center poseía el preciado Modigliani, y b) que los Nahmad controlaron esa compañía por 20 años, con ayuda de la cuestionada firma Mossak Fonseca, un hada madrina caribeña de la evasión tributaria.

 

Por eso, quienes insisten en la necesidad de mejorar la regulación del comercio de bienes culturales -arco que va desde la galería de alta gama hasta el pequeño anticuario que lleva generaciones en un callejón sin salida- insisten en aumentar los controles, crear un registro de las piezas con la implementación de tecnología de punta (los avances de los últimos años fueron notables, dada la tecnificación del peritaje), mejorar la capacitación del personal de seguridad (especialmente en zonas de frontera); y facilitar los mecanismos de denuncia, contemplando las muchas variantes de ilícitos alrededor de la materia cultural: los saqueos de objetos en domicilios y museos, la venta de bienes robados y de obras falsificadas o replicadas, o la sola tenencia -como, por caso, un inocente jarrón de la tatarabuela- de ítems artísticos o bienes culturales valiosos, que no han sido oportunamente declarados ante la AFIP.

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El sector de declaración de bienes de la Aduana, en el aeropuerto de Ezeiza (Alfredo Martinez).

Como un cuadro, todo este asunto tiene su marco. Según datos del último Global Art Market Report (informe que elabora la feria de arte holandesa TEFAF), el mercado del arte mundial movió, en 2015, 70.000 millones de dólares. Los datos de 2016 muestran una caída interesante, a 45.000 millones, lo que los expertos juzgan no como una baja en las operaciones de compraventa sino como evidencia de que el mercado se va replegando al ámbito privado. Allí el registro de las operaciones (y los montos abonados…) es casi nulo.

Desde la web Chasin Aphrodite, Jason Felch, investigador y consultor especializado en tráfico de antigüedades, explicó a Clarín que “la tendencia es que muchas de las transacciones están yendo del mercado abierto al privado, pero no se puede medir con facilidad ni saber con precisión cuántas de esas operaciones son ilegales, qué cantidad ha sido robado o falsificado. Sí sabemos que el problema empeora cada día porque es un mercado demasiado grande para tener tan poca regulación. Acá, en Estados Unidos, hay mucho fraude, y están involucrados compradores con muchísimo dinero. Todos los días se hacen grandes compras sin la documentación adecuada”.

Felch agrega que “el arte antiguo es el más complejo de todos; de repente te encontrás con un Leonardo en un viejo casco de estancia. Le preguntás al dueño y simplemente alega: ‘Esto lleva generaciones en mi familia… estuvo siempre en el sótano’. Si no se exige que las obras tengan sus papeles en regla, fácilmente entran piezas falsas al mercado en blanco”.

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En 2000 hubo un controvertido caso de pinturas de grandes maestros europeos que aparecieron en una subasta de Indonesia, como esta de Vincent Van Gogh (AFP/Oka Budhi).

Dejando de lado el contrabando de momias, huesos de dinosaurios y piezas arqueológicas, algunos se animan a lanzar estimaciones sobre la contundencia del arte fraudulento. Es el caso del perito Gustavo Perino, creador del Grupo Interdisciplinario de Valuación de Obras de Arte (GIVOA), primera consultora argentina de peritaje internacional, que además trabaja en convenio con el INTI, organismo que realiza estudios puntillosos, como el análisis de pigmentos en cuadros: “Es posible que el 50% de las obras de arte a nivel mundial sea falsa o esté mal atribuida. Pasa que a veces la obra no es falsa pero su documentación es apócrifa. O sea que en cuanto a las casas de subastas y demás, hay un riesgo del 50% de que la obra no sea lo que se piensa. El dato proviene de los expertos que trabajamos en esto a nivel mundial.” Una mitad de arte fraudulento suena a mucho, pero Colette Coll, historiadora de arte decorativo del Corcoran College of Art and Design (Universidad de Washington), fundadora de la consultora Art Fraud Insights y experta en crimen internacional del arte no se alejó mucho de esa hipótesis. “Yo diría que no se puede hablar de cifras definitivas, pero siempre me inclino por pensar que entre el 35% y el 40% del arte mundial puede ser falso”, declaró a esta cronista.

Por las dudas, sumemos un glosario básico, en palabras de Perino: “Una obra es ‘auténtica’ si no se duda de su autoría. Es ‘atribuida’ si muchos elementos otorgan autoría, pero no son suficientemente contundentes. Las ‘copias’ son reproducciones que imitan el material y la técnica de un original: puede ser una imitación que no tiene por objetivo engañar, o un plagio, que conlleva la intención de apropiarse la fama del artista. O una ‘falsificación’, que es similar al plagio pero intenta imitar lineamientos generales sin ser copia de una obra que el artista haya hecho”.

Los casos sobran. Perino relata uno bastante espectacular, que además sigue trayendo dolores de cabeza en el ambiente: “Uno de los artistas más falsificados a nivel mundial fue el francés Jean-Baptiste Camille Corot, artista plástico del siglo XIX que pintó 700 cuadros, según se testimonia. ¡Pero sólo en Estados Unidos hay unas 8.000 autenticaciones! La mayoría de los artistas no fueron falsificados en su tiempo sino después, aunque hay excepciones”.

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El peritaje de arte está cada vez más tecnificado (GIVOA).

El director de GIVOA subraya que “casi el 70% de las ventas se maneja en el mercado privado. Por eso faltan estadísticas serias. Es un submundo”. Coinciden, en alguna medida, las cifras que aporta Federico Catz, socio gerente de Estimarte.com, primera base de datos online que recopila el mercado de arte sudamericano: “El ámbito de las subastas de arte -el ‘mercado secundario’- es la única vía fehaciente de saber a cuánto llegan los importes de las obras, ya que son públicas y cualquiera puede ir a presenciarlas. Esto a diferencia del ‘mercado primario’, o sea, las ventas privadas de artistas a coleccionistas, galerías de arte, marchantes (operadores independientes que venden obras a sus clientes), ventas en ferias de arte y adquisiciones de museos, cuyos valores se desconocen. Sí se sabe que el mercado de las subastas está entre el 25% y 30% de la representación de los valores del mercado del arte total”.

Y este circuito “blanco”, ¿cuánto dinero mueve? En lo que a Argentina respecta, las ventas en subastas recopiladas por Estimarte.com fueron disminuyendo (acaso por la tendencia a la “privatización” de la compraventa). Así, en 2011 se movieron más de 20 millones de dólares en subastas dentro del país; en 2016, poco más de 11 millones de dólares. Cauteloso, Catz cree que las obras falsas del mundo no superan el 25%. Y recuerda: “Antes de adquirir cualquier pieza artística hay que evaluar que tenga certificación del artista o de su fundación, y asesorarse con expertos: todas las subastas dan un certificado de autenticidad extendida”.

Sea la mitad o una de cada cuatro, el número de obras con problemas de autenticidad es enorme. Jason Felch remarca que “casas de subasta como Sotheby’s, Christie’s o Bonhams monitorean todo el tiempo lo que se ofrece y cada mes encuentran objetos falsificados o robados”. Claro que no ayuda internet, señala Felch: “eBay es uno de los más grandes vendedores de arte del mundo, pero online es muy fácil ser engañado. Más aún en las antigüedades: la mayoría de las que se venden baratas son falsas. También las piezas arqueológicas. Muchas, o fueron robadas de la tierra o simplemente replicadas”.

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El control de antigüedades es uno de los más complejos (Emiliana Miguelez).

El tema de la declaración de bienes, sean antigüedades, pinturas o esculturas, abre otro canal de problemas porque quienes venden arte ilícito tienen buenas estrategias para entrar al mercado blanco. Una conocida es colocar la obra en el ámbito público, en subastas, para que aparezca mencionada en catálogos, y sumarle un aura de “legalidad” a la pieza. Del mismo modo, los papeles de declaración ante la AFIP, por ejemplo, otorgan a una obra fraudulenta una tibia garantía. Sensaciones de seguridad para el comprador, sin mucho asidero.

Claro que peritar obras de arte no es competencia de la AFIP. Por su parte, el ítem “declaración de bienes artísticos” es considerado un ámbito de fiscalización para el organismo, lo que en criollo significa que maneja información “sensible”, y de allí que no sean accesibles las estadísticas nacionales sobre declaraciones en este rubro. Pero se sabe que realizan cruces de información, respondiendo a la necesidad de “transparentar el movimiento no declarado de obras de arte”, según manifestaron a Clarín.

El marco es una resolución nueva, de 2015 (la 3730), que estableció crear un “registro fiscal de operadores de arte”, con varias categorías según si es una galería, un intermediario o un particular. Cabe recordar que el cambio de titularidad onerosa de una obra debe informarse si la transacción supera los 10.000 pesos.

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La exposición de obras del pintor Xul Solar, recientemente inaugurada en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA).

Pero formalizar el mercado del arte no es simple. Será cuestión de enfocar mejor, como opina Felch: “El tráfico de arte es como el de drogas. Hay oferta si hay demanda. Se ha enfocado mucho en la oferta, pero la demanda mueve el mercado, y viene de la clase rica, dispuesta a comprar. A ese nivel hay que dirigir estándares nuevos. El mercado debe aceptarlos sabiendo que disminuirán las ventas, pero se protegerá al comprador”.

Fuente: Clarín