El culposo arte de decirle basta a un libro mucho antes del final

¿Hay textos que deben leerse sí o sí? ¿Es mejor privilegiar el placer? Las estrategias de los que escriben.

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El prestigio del tedio. Con esa ironía, Borges se reía del prejuicio de que no puede ser meritorio leer un texto por mero entretenimiento.
¿Por qué dejar un libro da tanta culpa? Sin embargo, sucede. O si no, en muchos casos debería suceder. Hay que hacerlo. Se hace. La red social Goodreads es la mayor comunidad de reseñas: allí los lectores son quienes recomiendan y comparten experiencias de lectura. Uno de los ítems más importantes a completar, y que más se consulta al buscar qué leer, es si llegaron o no al final. Porque sí, hasta los lectores más devotos dejan lo que no les interesa.

Sin embargo, abandonar un libro no es tan fácil como se supone. Aunque cueste, aburra o no termine de agradar muchos sienten esa especie de pulsión que los hace seguir hasta el final aunque no la pasen bien. ¿Es la culpa por no terminar algo o la bronca por haber gastado dinero en vano? Sí, esos son dos de los motivos, que pueden combinarse.

Curiosamente, entre las lecturas más abandonadas de Goodreads figuran varios best sellers, como Una vacante imprevista, de J.K. Rowling, 50 sombras de Grey, de E.L. James, o Comer, rezar, amar, de Elizabeth Gilbert. Entre los motivos, se destaca la poca congruencia entre expectativa y realidad.

Otros en la lista son algunos clásicos, como Moby Dick, de Herman Melville; el Ulises, de James Joyce, o hasta El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien, y la saga de Harry Potter, también de la autora británica que encabeza la lista este año con su primera novela para adultos.

La vida alcanza para cierta cantidad de lecturas, y tiene poco sentido desperdiciar ese tiempo con algo que no funciona. Además, empecinarse en un libro que no interesa lo suficiente termina agotando al punto de que al final, se lee menos. La gran duda, entonces, es ¿hasta dónde se debería forzar la lectura? ¿Cómo saber cuándo es necesario abandonar? Según los testimonios de los usuarios de Goodreads, casi la mitad de los lectores le dan entre 50 y 100 páginas a un libro antes de decirle adiós.

Dejar un libro puede ser síntoma de madurez. “Para escribir, en cierto momento, hay que obligarse a ciertas lecturas. El lector ‘común’ por supuesto tiene todo el derecho de leer sólo lo que le gusta. Se hacen demasiadas cosas por obligación, la lectu- ra no debe ser una de ellas. Ya le llegará, si cabe, el año en que un libro que dejó de joven lo llame y lo atrape”, dice Betina González, que acaba de publicar la antología de relatos El amor es una catástrofe natural (Tusquets, 2018).

“En mis veintes me obligaba a terminar un libro aunque no me gustara y estuvo bien haber sido una lectora disciplinada, porque se aprende en el insistir y en la dificultad. Incluso si te aburre, aprenderás algo de ese aburrimiento”, cuenta González, autora de novelas como Arte menor (Alfaguara, 2006) y Las poseídas (Tusquets, 2013). “Ahora soy una lectora mucho más hedonista. Un libro tiene que captarme ya sea desde la historia, desde el lenguaje o desde la voz que cuenta. Lo ideal, claro, es que capte desde los tres.”

A Ricardo Romero, autor de, entre otras novelas, El conserje y la eternidad (Alfaguara, 2017), le pasa algo similar que a González. “Ahora solo leo y releo con gula. Si dejo un libro es muy rápido y, en general con el instinto ya afinado a mis gustos, casi que ni lo empiezo. Ahora soy capaz de leer con mayor intensidad. Leo más despacio que antes, pero con mayor compromiso”, dice.

Gabriela Cabezón Cámara, autora de La virgen Cabeza (Eterna Cadencia, 2009) y Las aventuras de la China Iron (Random House, 2017), entre otros hits, va a lo concreto y práctico: “No me genera ninguna culpa dejar un libro. Algunos, los pospongo para otro momento. Otros, para nunca jamás. Hay demasiado placer esperándome en la lista de libros por leer, que es una lista orgánica, en constante crecimiento, una especie de serpiente infinita”.

Julián López, autor de la celebrada Una muchacha muy bella (Eterna Cadencia, 2013), dice que deja libros sin problemas “porque no me hablan, porque mis competencias son exiguas y me hundo, porque me distraigo, por vago. Pero también porque a veces me hablan muy directamente, me complican muy directamente”.

López, autor de la reciente La ilusión de los mamíferos (Random House), cuenta algo que le pasó con Hamlet, que tuvo que abandonarlo un tiempo hasta que llegó la revancha. “Creo que tenía 18 cuando empecé a leerlo, en un momento estaba tan manija que el cuerpo solo pareció expulsarlo y lo tiré, lo arrojé lejos de mí. A veces sostener el fuego no es posible y creo que en mi escritura siempre aparece esa marca: vengar a los muertos o tener vida propia. Tardé bastante en volver, en poder terminarlo”, recuerda.

“Me costó mucho empezar a abandonar libros. Soy optimista y tiendo a creer que la página siguiente puede tener algo que me guste o sorprenda. Cuando empecé a abandonar lecturas no fue por haber perdido el optimismo, sino porque se trasladó al siguiente libro que tenía en mi lista”, explica Romero, que recomienda: “Señora, señor, suelte el diario, deje de pavear y lea ese libro que tiene en la mesa de luz hace cinco meses”.

Cabezón Cámara dice que a veces ella es la que deja los libros, pero otras son los libros los que la abandonan a ella. “Recuerdo que cuando era un boom mundial intenté entrarle a El Código Da Vinci para ver qué le gustaba tanto a tanta gente. Era tan pobre la prosa, tan mala, tan casi indescriptible de raquítica, que no pude pasar de la segunda página. En el extremo opuesto, me pasó con el Ulises de Joyce que casi me desmayo de embole con algunos fragmentos”.

Betina González, con ánimo de servicio y por si “a alguien le sirve de consejo”, detalla tres “casos fijos” en los que abandona un libro. Una suerte de guía para todos: “Uno es cuando en la página dos ya sé todo lo que va a pasar. Otro, si en el primer párrafo descubro tres errores de concordancia verbal o adjetivos que sobran y otros clichés al punto que quiero ir a agarrar un lápiz para corregir. Y, finalmente, cuando el escritor o escritora juega a la ‘falsa dificultad’ porque no ha encontrado el mejor modo -el más simple y elegante que la lengua le permite- para contar lo que quiere y entonces se escuda en un tono pretencioso, en una falsa experimentación”. ■

Se hacen demasiadas cosas por obligación, la lectura no debe ser una de ellas. Ya llegará el año en que un libro que dejó de joven lo atrape.” Betina González

Me costó mucho empezar a abandonar libros. Soy optimista y tiendo a creer que la página siguiente puede tener algo…” Ricardo Romero

Fuente: La Nación