Esquirlas de Alejandra Pizarnik

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Hay una fotografía bien conocida de Alejandra Pizarnik en la playa, agarrada a unas amigas, con un balneario detrás; recuerda al famoso retrato de Franz Kafka con Max Brod en la arena. Luego están los dibujos que hacía la poeta: jaulas, bichos, texturas trenzadas, ese tipo de cosas… Cualquier ve esas imágenes y cree que ha dado con hilo: Alejandra-es-Franz-es-Alejandra-es-Franz y todos los mitos terminan por parecerse un poco.

Pues no, de eso nada: los que quieran salir de ese equívoco, los que quieran llenar de verdad la leyenda de la poeta de Avellaneda, pueden acercarse al Centro de Arte Moderno de Madrid, el museo/librería de los bibliófilos Raúl Manrique y Claudio Pérez Míguez, que ya expone (hasta el 21 de enero) los tesoros de su colección vinculados a Pizarnik: fotografías, primeras ediciones, libros de su biblioteca, mecanoescritos, dibujos, cartas… “Un lector puede ir a los poemas de Pizarnik y, si le gustan buscar una biografía para saber más. Este tipo de exposiciones sirven para lo mismo pero con la diferencia de que no construimos un relato fijo que, en el fondo, sería nuestro relato. Dejamos que el espectador elija”, explica Pérez Míguez.

Estábamos en que Pizarnik no es Kafka. Entre los apuntes del Centro de Arte Moderno aparece la imagen de una mujer más fuerte y ambiciosa que lo que dice el estereotipo de la poeta suicida. Nada que ver con el hombre de Praga. Pérez Míguez describe a la poeta como a una escritora perfeccionista, obsesiva, competitiva, minuciosa, muy consciente de que estaba en la literatura para hacer una carrera importante. “No escribía para ver qué pasaba; ella quería tener una carrera”.

Y eso también incluye una vida social exitosa. Por ahí andan las dedicatorias de los dos grandes protectores que la cobijaron al principio de su carrera: Octavio Paz y Julio Cortázar. Julio, el amigo de todos, Octavio, el amigo de ninguno. Paz le dedicó algún libro con las firmas de los personajes de Rayuela, lo que podría ser una buena prueba para los que sospechan que Pizarnik ayudó a Cortázar en la transcripción de la novela.

Pizarnik gustaba, sobre todo a sus mayores. Enamoró a su primer maestro, que le recomendó que firmase “Alejandra Pisserno” para parecer menos judía. Como él, a otros muchos. Algo había conmovedor en aquella cría para la que el español era una lengua casi nueva (sus padres eran emigrantes judíos) del este de Europa, permanentemente colocada de anfetaminas (en aquella época, los psiquiatras eran muy laxos al respecto), enemistada con su cuerpo y tocada de un talento raro y brutal al escribir.

¿Qué le pasaba a Pizarnik? En sus biografías se habla siempre de un trastorno límite de la personalidad que, a su vez, remitía a… ¿A qué? Su familia era buena: el padre trabajaba en una joyería y su hija mayor lo quería con devoción. La relación con la madre era más difícil pero no dramática. Su hermana sigue viva: es una buena mujer, una peluquera retirada que recuerda a Alejandra con cariño y tristeza. La familia le ayudaba con una asignación y le compró un piso en la calle Montevideo, 980. “Era gente sencilla; no estaba preparada para una hija con la ambición intelectual de Alejandra ni con su libertad”, explica Pérez Míguez. Pizarnik tuvo novios y novias que entraban y salían del escenario; trataba con escritores famosos, peleaba por becas en París y Nueva York. Ninguno de los Pizarnik estaba en condiciones de “manejar la complejidad” de la escritora.

¿Tuvo algún episodio de esquizofrenia no tratada? ¿Fueron las anfetaminas las que la deslizaron hacia el desastre? ¿Se suicidó o sólo perdió el control un día fatal? ¿O simplemente quería llamar la atención, recabar afecto? Da un poco igual. “Puede que haya gente que se acerque a Pizarnik por el fetichismo o por el feminismo. Pero su literatura es la que de verdad aguanta, la que conecta con un lector muy especial”. Los que aún estén por descubrir esa conexión o quieran renovarla, no lo tienen difícil, Lumen editó la poesía completa de Pizarnik este otoño.

Fuente: El Mundo, España