Los tesoros mejor guardados de la Biblioteca Nacional

MIRÁ LA GALERÍA DE IMÁGENES. Aunque suene poco profesional, y tal vez lo sea, estamos fascinados como chicos en lo que podríamos llamar, sin ser exagerados, la isla del tesoro. La Biblioteca Nacional entera es un tesoro; imaginen, entonces, la Sala del Tesoro de la Biblioteca, donde están las joyas más antiguas, raras y valiosas.

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Tercer piso del edificio de Agüero 2502. Lo primero que vemos y acariciamos: el escritorio con forma de herradura y la biblioteca móvil en los que Sara Facio le hizo fotos famosas a Borges. Borges fue director de la BN entre 1955 y 1973. Pero los muebles fueron de otro escritor, también ciego, que el autor de El Aleph admiraba y que lo precedió en el cargo entre 1885 y 1929: Paul Groussac. La sala, de hecho, se llama Groussac, y contiene desde el manuscrito de Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes, hasta una hoja de la Biblia de Gutenberg, de 1454. Parte de la historia argentina y universal. Fuerte.

La Sala del Tesoro es, en realidad, un salón amplio y elegante –pupitres, vitrinas, ventanales, paredes con pinturas de Quinquela Martín y Pérez Celis–, al que sólo pueden entrar investigadores acreditados o integrantes de visitas guiadas. A los investigadores se les permite trabajar con materiales digitalizados, salvo casos excepcionales en los que, justificando el porqué, pueden consultar originales, supervisados por profesionales del área. Vemos, en la altura, los vidrios del departamento de digitalización: la sala tiene uno propio para que los documentos no salgan del sector (sólo salen, para tratamientos delicados, hasta la Unidad de Conservación Preventiva). Hay, también, dos grandes bóvedas, estilo caja de seguridad bancaria, custodiadas como si desbordaran de diamantes (desbordan). Una es amurallada. En ellas sólo entra personal calificado, no más de doce personas.

María Etchepareborda y Juan Pablo Canala, jefes del Departamento del Tesoro, nos armaron un recorrido por algunas de las gemas de la sala. Ambos son estupendos guías: profesionales de erudición carente de vanidad. En las vitrinas ya vislumbramos una edición de El Quijote de 1608 y Tragicomedia de Calixto y Melibea, de Fernando de Rojas, de 1502. Y la hoja de la Biblia medieval, en latín. “Es un impreso original de la primera imprenta. Uno de los 21 incunables que tenemos (otros son obras de Cicerón, Aristófanes, Séneca, Santo Tomás de Aquino y San Agustín) –explica Etchepareborda–. Se les llama incunables a los libros producidos en la primera imprenta, de Gutenberg, antes de las Pascuas del 1500. El incunable, en sentido estricto, es europeo. Pero en un sentido amplio hay incunables de cada país. Acá tenemos muchos libros impresos en imprentas jesuíticas, por ejemplo.”

Un libro manuscrito, medieval, que perteneció a Perón y le fue expropiado después del golpe de 1955./ Ariel Grinberg

Un libro manuscrito, medieval, que perteneció a Perón y le fue expropiado después del golpe de 1955./ Ariel Grinberg

La historia de la BN, primero llamada Biblioteca Pública de Buenos Ayres, nació con la Revolución de Mayo, por disposición de Mariano Moreno. La Sala del Tesoro refleja ese origen. Las primeras donaciones fueron de patriotas, miembros de la Junta y eclesiásticos, que podían tener libros prohibidos por la Inquisición, como Robinson Crusoe, de Daniel Defoe. Otra parte de aquel material original surgió de incautaciones por razones políticas. “En 1810, en Córdoba hubo una conspiración de realistas que no querían la independencia. Participaban civiles y eclesiásticos, como el obispo Rodrigo de Orellana. Cuando desbarataron la conjura, los civiles fueron fusilados. No podían fusilar a Orellana porque tenía fueros. Le incautaron sus libros, que viajaron en carreta desde Córdoba. En épocas recientes, durante el gobierno de De la Rúa, tras un decreto presidencial, volvieron a Córdoba”, recuerda Canala.

Pasamos, en zona de vitrinas, a Obras completas de Diderot, de 1821. El ejemplar Fue de San Martín y lleva su firma. “Tenemos los libros que lo acompañaron durante sus últimos años, en Boulogne Sur Mer. Eran 109. Sus lecturas de esa época estaban marcadas por la Ilustración Francesa, aunque también leía obras militares y de agricultura”, dice Canala. Etchepareborda agrega: “Cuando viajó hacia acá, se embarcó con once cajones de libros. Los llevó de Cádiz a Londres, de Londres a Montevideo y de ahí a Buenos Aires. Cruzó Los Andes con su biblioteca a lomo de burro. Con gran parte de esos libros se fundó la Biblioteca del Perú. San Martín era un gran lector, aunque su lectura fuera informal, sin formación académica. Pensemos que en el siglo XVIII o XIX una gran biblioteca podía tener unos treinta volúmenes o apenas un poco más”.

En la Sala del Tesoro hay 25.000 ítems, nombre que se le da al conjunto de antiguos manuscritos, periódicos y libros impresos, muchos de los que pertenecieron a Belgrano, Sarmiento, Mitre y otras figuras históricas. Las dedicatorias, firmas y anotaciones de puño y letra encontrados en sus páginas les agregan singularidad y valor. “Como San Martín, muchos de estos hombres se dedicaban a combatir y leer; llevaban sus libros al frente de batalla y leían en los tiempos libres. Durante las guerras civiles, Mansilla llegó a la tienda de campaña de Mitre y pidió hablar con él. Le dijeron que estaba ocupado traduciendo a Dante. Otra escena maravillosa la contó el General Paz cuando estuvo preso del caudillo Estanislao López. Paz pidió un libro para pasar sus horas. Y López le dio La guerra de las Galias, en latín, que Paz no pudo leer. Paz, el general de la ‘civilización’, no puede leer el libro que lee la ‘barbarie’”, dice Canala.

Obras completas de Diderot, que fueron de San Martín. /Ariel Grinberg

Obras completas de Diderot, que fueron de San Martín. /Ariel Grinberg

Etchepareborda toma ejemplares con guantes y pericia de cirujana, para que podamos fotografiarlos sin cristales de por medio. Los libros son mantenidos en condiciones ambientales (temperatura, luz, etc) adecuadas. Ahora vemos Método de lectura gradual, de Sarmiento, edición de 1851, y Vocabulario de la lengua guaraní, de 1722. Cada uno tiene su número de inventario, algo así como su DNI, y está protegido. El sistema de seguridad incluye alarmas, sensores en cada libro (detectables dentro y fuera del edificio) y circuitos cerrados de cámaras. “Estamos siendo filmados y monitoreados en este momento”, aclara Canala, con una sonrisa cómplice.

En julio de 2003, la Sala del Tesoro sufrió un robo que provocó su cierre, y el de mapoteca, durante dos años. Un hombre, que tenía matrícula de investigador, fue sorprendido robando mapas: los recortaba, con una lapicera-estilete, de libros como Le Petit Atlas Maritime, impreso en 1764; Atlas Universel, editado en Venecia en 1784, y Atlas du Voyage de la Pérouse, publicado en París en 1797. “No había un sistema de seguridad como el actual. Al hombre lo descubrió una investigadora, que dio la voz de alarma –cuenta Etchepareborda–. Como la gente de seguridad de acá no podía revisarlo, se llamó a la Policía. Salió del edificio esposado. Era bien profesional. Allanaron su casa y encontraron 19 grabados que, por suerte, no había robado de la Biblioteca. Fue enjuiciado, estuvo preso y después salió. Obviamente, tiene prohibida la entrada.”

Mientras pensamos en una inscripción del monasterio de San Pedro de Barcelona, que pide parálisis, agonía, ratones comiendo las entrañas y llamas infernales para los ladrones de libros, Etchepareborda nos señala un ejemplar del Telégrafo Mercantil, del 2 de mayo de 1802. Bajo el ítem “Ventas”, leemos: “El Dr. Juan Joseph Ballesteros vende un matrimonio con un hijo que tienen de 22 días de edad, y sus padres de 18 a 19 años en 850 pesos fuertes libres todos tres, y separados el Negro en 400 pesos fuertes, y la Negra con el hijo en 450 fuertes y todos libres, aquel es cocinero, y esta sabe lavar, planchar, coser regularmente, guisar e hilar, son sumamente fieles y no tienen enfermedad alguna. Igualmente vende un Negrito como de diez años más o menos en 250 pesos fuertes libres, que ha tenido ya viruelas, sarampión, y no tiene enfermedad ninguna”.

En otra vitrina vemos América, de Kafka, en alemán, edición 1935. Su valor no sería alto si no fuera por dos pequeños detalles. Uno: perteneció a Borges. Dos: Borges le hizo anotaciones que prefiguran su cuento El Congreso, muy influido por América. “Un señor que quería estudiar alemán compró este ejemplar en una librería de viejo, por unos 100 pesos. Y se encontró con las anotaciones de Borges en alemán. Lo ofreció por Mercado Libre. La Biblioteca se lo compró (en 25.000 pesos) este año. Borges no tenía una relación posesiva con los libros; al contrario: era muy lúdica, muy experimental. Hacía anotaciones, en castellano, inglés, francés o alemán, en libros propios y ajenos; los regalaba, se desprendía de ellos. Hacía un uso libidinal y desprejuiciado, contrario a la idea de las bibliotecas y los libros como algo cerrado”, dice Canala.

El cuento "La lotería en Babilonia", publicado en la revista Sur, con correcciones de puño y letra de Borges./ Ariel Grinberg

El cuento “La lotería en Babilonia”, publicado en la revista Sur, con correcciones de puño y letra de Borges./ Ariel Grinberg

A continuación, vemos un ejemplar de la revista Sur que Norah Borges, hermana del escritor, le regaló a Antonio Carrizo. La edición, de enero de 1941, número 76, trae La lotería en Babilonia, cuento que luego formó parte del libro Ficciones. La rareza: está tachado y corregido por Borges. Es decir: es una versión distinta, inédita, hasta con otro título, El babilónico azar; una versión, si se quiere, intervenida por el propio autor. La sorpresa no termina ahí. La revista contenía un dibujo original de Borges. “Es una versión de Baal, un dios babilónico. No es raro que Borges dibujara en libros ni que les hiciera correcciones de puño y letra –explica Canala–. Los trabajaba como si fueran objetos artísticos, algo que después harían los surrealistas, como André Breton. Borges hizo parecido con Tema del traidor y del héroe, otro de los trabajos de él que tenemos acá.”

En plena bulimia bibliófila, Canala y Etchepareborda nos conducen, encima, hacia una mesa con más manjares. Como el cuaderno de bitácora de Rayuela, con notas y dibujos de Cortázar. “Contiene el manuscrito original de la novela. Hay otro, más cercano a la versión luego publicada, que está en Austin, Texas. El que ves acá es una suerte de gran libro de gestación de Rayuela. Incluye el primer título posible, Mandala, concepto que luego fue cambiando hasta llegar al de rayuela, cuya idea fue romper, mucho antes de la era digital, con la lectura lineal”, explica Canala.

Después nos muestra un libro antiguo: Autos, sacramentales, alegóricos, y historiales, de Calderón de la Barca, el gran dramaturgo del Siglo de Oro Español. “Se utilizaban como pequeñas representaciones de temática religiosa para festividades o intervalos en obras largas. Se supone que este manuscrito se copió en la última mitad del siglo XVIII, aunque la obra sea del XVII. Tras la invención de la imprenta la vida manuscrita siguió existiendo. Las obras medievales o aun más antiguas que tenemos son copias posteriores hechas por amanuenses.”

Juan Pablo Canala y María Etchepareborda dirigen la Sala del Tesoro de la Biblioteca Nacional. /Ariel Grinberg

Juan Pablo Canala y María Etchepareborda dirigen la Sala del Tesoro de la Biblioteca Nacional. /Ariel Grinberg

El libro encadenado, una de las rarezas de la Sala del Tesoro, es un ejemplo: un libro manuscrito del siglo XIV. Perteneció a Perón y se lo expropiaron, como al resto de su biblioteca, tras el golpe de 1955. “Se lo había regalado Fernando Maine, cónsul argentino en Francia. Contiene el comentario del estudioso francés Jean Buridan sobre obras naturales de Aristóteles”, dice Canala. Etchepareborda agrega: “Distintos copistas, en general monjes, confeccionaban cuadernillos. Después los unían y armaban libros. La tapa de éste es de madera forrada en cuero”. Y Canala: “Las bibliotecas medievales estaban divididas por temas. Los libros eran leídos de parado, en atriles, y no se ubicaban, como ahora, con el lomo hacia afuera. La cadena permitía que se tomaran, expandieran y fueran leídos sin cambiar el orden”.

En la misma mesa, refranes publicados por Sebastián de Orozco en 1607. “Un ejemplar único en el mundo. Eran sentencias de la Edad Media. En este caso, el esquema de ‘castigos’, como se les decía entonces a los consejos, de padres a hijos; tratados de reyes para educar a sus sucesores.” Al lado, un ejemplar de 1575: el Amadís de Gaula. “Inauguró el género de caballería, que era muy consumido por los lectores a partir de la invención de la imprenta. Pocos tenían alfabetización, pero se lo leía en voz alta en casas o tabernas. Dio origen al Quijote.” Muy cerca, un libro con aguafuertes originales de Goya, Los desastres de la guerra. “Es magnífico, de los ejemplares más valiosos que tenemos. Y está mantenido en perfecto estado. No quedó registrado cuándo ni cómo llegó a la Biblioteca”, aclara Etchepareborda.

Escritorio que fue de Paul Groussac y que luego usó Jorge Luis Borges. Ambos fueron directores de la Biblioteca Nacional. /Ariel Grinberg

Escritorio que fue de Paul Groussac y que luego usó Jorge Luis Borges. Ambos fueron directores de la Biblioteca Nacional. /Ariel Grinberg

Luego, volvemos a la Argentina, a un cuaderno manuscrito de Languidez (1919), de Alfonsina Storni. Y a una caja en la que se lee: Manuscritos de escritores amigos. “Antes de la caída del peronismo, un decreto había determinado que se concentraran los documentos históricos en distintas reparticiones del Estado, como el Archivo General de la Nación. Cuando asumió en la Biblioteca, Borges incentivó la conservación de documentos acá y la donación. Mujica Láinez se hizo eco y donó, en 1956, esta caja con trabajos de otros escritores. Hay manuscritos de Bioy Casares y Sabato, dibujos de Rafael Alberti, un poema inédito de Oliverio Girondo, que será publicado próximamente, y muchas otras obras de valor.”

Todo concluye al fin; y en este caso es una pena. Terminamos con un ejemplar de junio de 1839 de El grito Arjentino (sí, con jota), revista antirrosista que se editaba en Montevideo, de forma anónima. “Había dos publicaciones antirrosistas furibundas. La otra se llamaba Muera Rosas! Fueron pioneras de la prensa satírica. Circulaban en forma clandestina y venían con ilustraciones de Rosas rodeado de demonios y vampiros, bebiendo sangre, entre las cabezas de sus opositores unitarios decapitados. En este ejemplar encontramos una lista de los autores de la revista, entre los que figuran Miguel Cané, José Mármol y otros románticos antirrosistas. Como verás, los vaivenes políticos nacionales recorren el acervo cultural de esta sala”, concluye Canala.  mfrias@clarin.com

Fuente: Clarín, Miguel Frías