Murió el escritor, pintor y ensayista inglés John Berger

El literato, crítico de arte y pintor británico tenía 90 años

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El escritor, pintor y ensayista inglés John Berger, autor de novelas y ensayos que le valieron premios como el Booker Prize y la admiración de la crítica y los lectores en todo el mundo, falleció dos meses después de cumplir 90 años, según confirmaron sus allegados y su editorial, Verso Books.
Berger había nacido en Londres el 5 de noviembre de 1926, estudió y enseñó artes en su primera juventud, pero a los treinta años decidió dedicarse por completo a la escritura. Dos años después de aquella decisión publicaría su primera novela, “Un pintor de hoy” (1958).
Entre sus libros más conocidos están las novelas “G.”, “King”, la trilogía conformada por “Puerca tierra”, “Una vez en Europa” y “Lila y Flag”, y ensayos como “Modos de ver”, “Un hombre afortunado”, “Otra manera de contar” y “El sentido de la vista”. Escribió también guiones, poesía y obras de teatro.
Escritor de izquierdas y crítico de arte marxista, recibió, entre otros premios, el Booker Prize en 1972 por “G.”, y donó entonces la mitad del importe al Partido Pantera Negra de Inglaterra.
Hace poco, con motivo de su aniversario número 90, dio las últimas entrevistas de su vida. El diario The Guardian lo definía entonces como “uno de los escritores más influyentes de su generación”. Pero Berger era tal vez el menos inglés de los escritores británicos. De hecho vivía en Francia desde 1962, cuando se instaló en un pequeño pueblo de los Alpes franceses.
En 2013 Berger enviudó de Beverly Bancroft, una editora que fue su primera lectora y con quien tuvo sus tres hijos (Jacob, director cinematográfico; Katya, escritora y crítica de cine e Yves, artista). Lo primero que hizo fue dedicarle a su esposa el libro “Rondó para Beverly”, con dibujos de él mismo y de su hijo Yves. Y luego decidir mudarse a Antony, un suburbio en las afueras de París, en la región de Isla de Francia, de apenas 60 mil habitantes.
Allí murió, en compañía de sus familiares y su amigo, el actor Nella Bielski.
En la Argentina, la editorial Alfaguara había emprendido la reedición de su obra. Desde 2012 cada tanto aparecía un nuevo o viejo título de Berger en las librerías. Los últimos fueron “Hacia la boda” (novela, 2013); “Fama y soledad de Picasso” (ensayo, 2013); y “Rondó para Beverly” (2015).
Leído con respeto por escritores como Elena Poniatowska y Susan Sontag, sus reflexiones acerca de la mirada (que atravesaban las artes del dibujo y la fotografía, y abarcaban incluso un texto sobre una operación de cataratas a la que se había sometido) despertaron la admiración de variados artistas, como el músico Jarvis Cocker, líder de Pulp, quien hace poco aseguró: “Hay pocos autores que pueden cambiar la manera en que vemos el mundo a través de su escritura: John Berger es uno de ellos”.
En nuestro país tenía, también, sino muchos, muy fieles lectores. Entre ellos los escritores y críticos Graciela Speranza, Matías Serra Bradford y Ángela Pradelli. Los tres lo entrevistaron, los primeros dos tradujeron al castellano algunos de sus libros.
Speranza, quien charló con él largamente para el libro “Razones intensas.
Conversaciones sobre arte y literatura” (1999), escribió: “hay escritores de la primera persona del singular y escritores de la primera persona del plural, dijo alguna vez Peter Handke, e incluyó a Berger entre los últimos. Por su doble atención al mundo sensual y a los imperativos de la conciencia, Susan Sontag lo definió como un escritor incomparable”.
En esa entrevista, Berger declaró su reverencia por la poesía de Juan Gelman, a quien había leído en inglés, y se refirió, entre otras cosas, a su forma de escribir: “Escribo cada página tres o cuatro veces, cambiando palabras para intentar llegar a la precisión de la lógica y el pensamiento que el lector puede agarrar. Porque vivimos en un mundo rodeado de palabras, bla, bla, bla… Si alguien quiere saber qué he dicho de cada cosa, que vaya a los libros”.
Necesidades, pocas, agregaba: “Sólo necesito algunas mínimas condiciones: un poco de silencio y que no me interrumpan. Si me interrumpen me pongo muy mal, como un buzo que sale a la superficie demasiado rápido, una descompresión muy abrupta que me afecta bastante. Por lo demás, puedo escribir en cualquier lugar.”
En aquel libro figura también una clara explicación acerca de por qué se había ido de Inglaterra para no volver: “Empecé a pensar en la posibilidad de irme a vivir a otro país a mediados de los 50, pero me llevó varios años encontrar los medios para hacerlo. ¿Por qué quería irme? La explicación más sencilla quizá sea la siguiente: desde que terminé la escuela a los dieciséis años, empecé a sentir que había algo en mí que incomodaba a los ingleses. Sin ninguna intención, sin ningún tipo de provocación, simplemente tratando de ser yo mismo, sentía que provocaba una especie de incomodidad a mi alrededor. Y por supuesto, cuando uno vive en un lugar en el que todo el tiempo cree estar violando alguna regla para incomodidad de los demás, ya no se siente en casa”.
Finalmente, describía por qué, a pesar de haberse hecho un nombre en el mundo a través de la escritura, siempre iba a considerarse un hombre de la mirada, y el trazo: “Probablemente lo que me hace más feliz es dibujar, porque me olvido absolutamente de todo, excepto de eso que está ahí frente a mí. Sólo cuenta aproximarse más y más y el proceso está todo allí, es inmediatamente visible. La escritura en cambio no sólo se extiende en el tiempo sino también en el espacio: páginas y páginas a las que hay que volver una y otra vez. La concentración en el dibujo, por el contrario, excluye cualquier extensión”.

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Miraba el mundo y lo escribía con los ojos del arte. Sus lectores, después de leer sus textos, conseguían mirar todo de otra manera. John Berger escribió sobre la vida y la belleza posiblemente como nadie antes ni después, sus textos eran pura reflexión sobre la luz y la oscuridad de la vida y de las obras de arte y los modos de componer esas obras.

Comenzó pintando y poco a poco trasladó su inquietud por dejar obra en base a las palabras. Tenía 90 años (había nacido en Londres el 5 de noviembre de 1926) y estaba viviendo en los suburbios de París, luego de vivir por años como un escritor campesino en Alta Saboya, en los Alpes franceses.

Fue marxista desde el comienzo y hasta el final y sus vehementes críticas al capitalismo fueron más enfáticas a medida que sumaba años, sin embargo, nunca se afilió al Partido Comunista y fue un duro crítico del estalinismo. A su manera, Berger fue algo así como el último artista comunista.

Berger arrancó su carrera como artista y crítico de arte y luego fue volcándose hacia la narrativa, en donde confluían sus intereses por la política y el arte. Fue también dramaturgo y guionista de cine.

Con su estilo y su forma de escribir y criticar las artes plásticas (a través de sus libros Mirar y Modos de ver, así como sus programas en la BBC), conmovió a generaciones de lectores y de escritores, a quienes ayudó a entender y percibir el arte de otra manera.

Al despedirlo en las redes, la escritora Jeanette Winterson dijo que Berger era “una fuente de energía en un mundo agotado”. Berger fue también autor de novelas notables como G (ganadora del Booker Prize), Hacia la Boda y Lila y Flag. Uno de sus últimos textos, Rondó para Beverly (por el Rondó para piano n° 2 de Beethoven), fue un breve trabajo compartido con su hijo Yves, quien hizo las ilustraciones para esa elegía hermosa en homenaje a su mujer, quien murió de cáncer en 2013 y con quien vivió por décadas, desde que en los 60 abandonaron Génova para irse a los Alpes.

Allí, Berger reflexiona sobre el amor, sobre la pareja, sobre la ausencia: “La belleza de tu valentía te acompañó hasta el final. Y, desafiando al tiempo, se ha quedado con nosotros. Llena el silencio”.

La obra de Berger es una suerte de testimonio de un mundo que va desapareciendo.

Fuente: Infobae