¿Por qué nos fascinan las teorías conspirativas?

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Umberto Eco falleció el 19 de febrero del año pasado

Hace poco se ha traducido al italiano el libro de Kate Tuckett “Conspiracy Theories”. El síndrome del complot es tan antiguo como el mundo, y quien ha trazado de forma soberbia su filosofía ha sido Karl Popper en un ensayo sobre la teoría conspirativa de la sociedad que se encuentra en “Conjeturas y refutaciones”.

Esta teoría, más primitiva que la mayoría de las diversas formas de teísmo, es afín a la teoría de la sociedad de Homero. Este concebía el poder de los dioses de tal manera que todo lo que ocurría en la llanura situada frente a Troya era solo un reflejo de las diversas conspiraciones del Olimpo. La teoría conspirativa de la sociedad es justamente una variante de este teísmo, de una creencia en dioses cuyos caprichos y deseos gobiernan todo. Proviene de la supresión de Dios, para luego preguntar: «¿Quién está en su lugar?». Su lugar lo ocupan entonces diversos hombres y grupos poderosos, grupos de presión siniestros que son los responsables de haber planeado la gran depresión y todos los males que sufrimos. […] Cuando los teóricos de la conspiración llegan al poder se convierten en algo semejante a 129 una teoría que explica las cosas que ocurren realmente. […] Por ejemplo, cuando Hitler llegó al poder, como creía en el mito de la conspiración de los Sabios Ancianos de Sión, trató de desbaratar su conspiración con su propia contraconspiración.

La psicología de la conspiración surge porque las explicaciones más evidentes de muchos hechos preocupantes no nos satisfacen, y a menudo no nos satisfacen porque nos duele aceptarlas. Pensemos en la teoría del Gran Viejo tras el secuestro de Aldo Moro: ¿cómo es posible —nos preguntábamos— que un grupo de jóvenes que rondan los treinta años hayan podido concebir una acción tan perfecta? Detrás de ello debe de haber un cerebro más sabio. Sin pensar que en aquel momento otros treintañeros dirigían empresas, pilotaban Jumbos o inventaban nuevos dispositivos electrónicos. Así, el problema no era cómo era posible que esos treintañeros hubieran sido capaces de secuestrar a Aldo Moro en la via Fani, sino que esos treintañeros eran hijos de quienes especulaban sobre el Gran Viejo.

La interpretación recelosa nos absuelve de alguna manera de nuestras responsabilidades porque nos hace pensar que se oculta un secreto detrás de lo que nos preocupa, y que la ocultación de este secreto constituye una conspiración contra nosotros. Creer en la conspiración es un poco como creer que te curas gracias a un milagro, salvo que en este caso no se intenta explicar una amenaza sino un inexplicable golpe de suerte (véase Popper, su origen está siempre en el recurso a las intrigas de los dioses).

Lo bueno es que en la vida cotidiana no hay nada más transparente que la conspiración y el secreto. Un complot, si es eficaz, antes o después crea sus propios resultados y se vuelve evidente. Y lo mismo se puede decir del secreto, que no solo suele ser revelado por una serie de “gargantas profundas” sino que, se refiera a lo que se refiera, si es importante (tanto la fórmula de una sustancia prodigiosa como una maniobra política), antes o después sale a la luz. Si no sale a la superficie, es que los complots o los secretos o eran complots inútiles, o eran secretos vacíos. La fuerza del que anuncia que posee un secreto no está en ocultar algo, sino en hacer creer que hay un secreto. En ese sentido, secreto y conspiración pueden ser armas eficaces precisamente en las manos de los que no creen en ellos.

Portada de “De la estupidez a la locura”, de Umberto Eco (Lumen).

Portada de “De la estupidez a la locura”, de Umberto Eco (Lumen).

En su célebre ensayo “El secreto y las sociedades secretas”, Georg Simmel recordaba que “el secreto comunica una posición excepcional a la personalidad, ejerce una atracción social determinada, […] independiente en principio del contenido del secreto, aunque, como es natural, creciente a medida que el secreto sea más importante y amplio. […] El instinto natural de idealización y el temor natural del hombre actúan conjuntos frente a lo desconocido, para aumentar su importancia por la fantasía y consagrarle una atención que no hubiéramos prestado a la realidad clara”. Consecuencia paradójica: detrás de cada falsa conspiración, quizá se oculte siempre la conspiración de alguien que tiene todo el interés en presentárnosla como verdadera.

Cada vez que en esta columna he tratado el tema del síndrome del complot, he recibido cartas de personas indignadas que me recordaban que las conspiraciones existen de veras. Pues claro que sí. Hasta el día antes, cada golpe de Estado era un complot; se conspira para hacerse con una empresa comprando poco a poco las acciones, o para poner una bomba en el metro. Conspiraciones las ha habido siempre, algunas fracasaron sin que nadie se diera cuenta, otras tuvieron éxito, pero en general lo que las caracteriza es que siempre son limitadas en cuanto a finalidades y área de eficacia. En cambio, cuando citamos el síndrome del complot nos referimos a la idea de una conspiración universal (en ciertas teologías incluso de dimensiones cósmicas), por la que todos o casi todos los acontecimientos de la historia son obra de un poder único y misterioso que actúa en la sombra.

Este es el síndrome del complot del que hablaba Popper, y es una pena que el libro de Daniel Pipes “Conspiracy” (cuya traducción del subtítulo es “Cómo florece el estilo paranoico y de dónde viene”), de 1997, pasara casi inadvertido. El libro se abre con una cita de Metternich, a quien se le atribuye que, al enterarse de la muerte del embajador ruso, dijo lo siguiente: “¿Qué motivo tendría?”.

Pues bien, el síndrome del complot sustituye los accidentes y las casualidades de la historia con un diseño, obviamente malvado y siempre oculto.

Soy lo bastante lúcido para sospechar, a veces, que quizá, de tanto quejarme de síndromes de complot, esté dando muestras de paranoia, en el sentido de que manifiesto un síndrome por el que creo que hay síndromes de complot por doquier. Para tranquilizarme, me basta siempre con hacer una rápida inspección en internet.