Un libro revela cómo María Elena Walsh enfrentó al cáncer

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María Elena seguía recorriendo consultorios de médicos que le recetaban remedios cada vez más absurdos. Una mañana me despertó María Herminia (Avellaneda) por teléfono. María Elena estaba internada en el Instituto del Diagnóstico. Se le había quebrado la pierna. Diagnóstico reservado. Cuando quise averiguar más, María Herminia fue contundente: —Reservado, eso —dijo sin más. Y agregó—: Pasá esta tarde y sabremos más.

No tenía idea de lo que se avecinaba que fue, para decirlo de alguna manera, atravesar el infierno, primero de la falta de diagnóstico certero, luego de la eventualidad de amputarle la pierna. Aquella tarde no pude verla.

—Es cáncer —dijo María Herminia—: Ahora estás al tanto.

Fue un baldazo de agua fría para las amigas que la rodeábamos, luego para todo el mundo porque la noticia se expandió de inmediato. Sara (Facio) asumió sin titubear las tareas más ingratas, desde el manejo de los médicos, los filtros de la prensa y un delicadísimo barajar a los amigos que, como siempre pasa en estos casos, daban cuenta más de su propio sufrimiento que muestras de compasión por la enferma. A partir de ese momento María Elena, pertrechada detrás de Sara, inició una guerra sin cuartel contra la opinión de los médicos. Mientras tanto, reposaba en una habitación donde impertérrita e inamovible en su voluntad de sobrevivir, se empecinó en que no dejaría que le amputaran la pierna. Uno de los médicos, una eminencia gris, se había despachado con un luego célebre argumento con el que esperaba convencer a la enferma de resignarse a perder la pierna: “quien tiene brazos, camina”. La expresión operó de tal manera sobre su ánimo que juró y perjuró que, costara lo que costara, ella saldría caminando de la clínica. La lucha que llevó adelante para mantener una sobrevida digna fue titánica y, si finalmente salió airosa, fue gracias a la temperancia,la paciencia y el amor de Sara.

Un libro revela cómo María Elena Walsh enfrentó al cáncer

María Elena Walsh, fotografiada por Sara Facio, su pareja.

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En alguna oportunidad yo le había propuesto hacerle una entrevista. Ella se alzó de hombros aunque después de unos días me dio a entender que no le disgustaba la idea. Sentía algo parecido a la culminación de su existencia y la necesidad de hablar de su vida la había poblado ya antes de que se desencadenara el cáncer. En ningún momento yo había dejado de preguntarle sobre todo lo que la concernía y tenía ganas de sistematizar mi curiosidad.Quería saber algo que me resultaba difícil explicarle, cómo había pasado de un género a otro ejerciéndolos con el mismo grado de profesionalismo, facilidad y perfección. Al mismo tiempo, tal vez de manera inconsciente, María Elena me había regalado todos sus libros, algunos manuscritos, reportajes, poemas sin publicar y poemas recién escritos que no atinaba todavía a compilar. Fue por ello que Carmen Córdova me bautizó “la exégeta”, un título que me comprometía con algo parecido a revisar un legado.

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—¿El de tus padres era un matrimonio armónico?

—Para nada. Había mucha pelea entre ellos y eso me afligía y me preocupaba. Mi padre, a pesar de su bonhomía, tenía terribles e injustificados accesos de ira. Cuando pienso ahora en esas peleas, tengo la sensación de que mi madre era siempre la víctima. A mi mamá la veo normalmente en el jardín, librando por las noches grandes batallas infructuosas contra una de las mayores preocupaciones de su vida: las hormigas, cuidando las plantas con un amor desmesurado, en especial las flores. Esa es mi imagen de ella. Y hay otro detalle. Si bien es cierto que mi padre representaba la cultura, quien verdaderamente se ocupaba de nosotras, por que fuéramos a la escuela, hiciéramos los deberes, estudiáramos, aprendiéramos modales y nos disciplináramos un tanto, era mi madre.

—Hablamos de tu padre, de tu madre… y vos, ¿cómo eras?

—No me resulta muy fácil hablar de mí. Como mujer que soy, todo recuerdo con mi persona como protagonista está teñido de culpa. Sé que era bastante difícil, díscola. Me sentía muy solitaria a pesar de estar en el seno de una familia normal y protectora. Tenía muchos juegos solitarios, era melancólica y, de pronto, abrupta, huraña. Estaba muy necesitada de mimos y al mismo tiempo tenía mucho miedo. Se me ocurre que era de trato difícil, salvo con la Nona con la que me llevaba de maravillas porque me adoraba y me protegía siempre.

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Cartas de María Elena Walsh a su amiga Gabriela Massuh.

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—¿Te gustaba jugar a las muñecas?

—Jamás me gustaron las muñecas. Yo tenía otros juegos: el almacén, las estatuas, la mancha o intercambiar figuritas. Pero jamás me gustaron los “juegos de nenas” sino los mixtos, enormes pandillas de chicos y chicas jugando sobre todo en el Lawn Tennis Club, cerca de casa. Al anochecer disponíamos de todas las canchas, los juegos y las pistas de patinaje. Pero lo que a mí más me fascinaba era hacer incursiones en casas vecinas, enormes casas de pasillos interminables. Una vez entré en una casa en penumbras; en aquella época las casas se mantenían a oscuras para que no las mancillara el polvo, eran para no ser usadas, por si llegaba la reina de Inglaterra de visita. Aquella vez me hicieron entrar en la trastienda de una despensa para ver, muy al final de infinitos pasillos, a un grandísimo oso de felpa sentado muy orondo en una silla. Lo primero que escuché fue: ¡No se toca! Era tan típico eso de no tocar nunca nada… porque los chicos éramos sucios y contaminantes. Las casas eran todas de adorno y yo vivía con miedo.

—¿Quién decidió que entraras a la Escuela de Bellas Artes?

—Yo sola. Me convencí de que me gustaban el dibujo y la pintura. Sea como fuere, de todas maneras tendría que viajar a la Capital para cursar el bachillerato. En Ramos Mejía había solamente unos cuantos colegios privados, carísimos, entre ellos el Ward que existió desde siempre, como Dios. Mi padre hizo el amago de que entrara a la Escuela Fernando Fader que quedaba más cerca, en Flores, una escuela de artes decorativas. Me negué de plano a esa opción. No sé de dónde se me había metido la idea de Bellas Artes. Tal vez porque ese nombre tenía resonancias seductoras, pero no sabía bien qué era. En mis inmediaciones no había alguien que pudiera aconsejarme en materia cultural o artística; me manejé por vagas intuiciones. Yo había tenido experiencias gozosas, ver Locos de verano en el teatro, la experiencia de La Valse en el Colón, las lecturas… y también me habían hecho creer que dibujaba muy bien. De pronto esas intuiciones confluyeron en el deseo de frecuentar un ambiente más artístico que el del colegio. Porque cierto es que, desde el punto de vista académico, aprendí bastante poco en Bellas Artes. Pero a esa edad se es una esponja y yo absorbí mucho, porque mal que mal se trataba de un medio donde necesariamente imperaba lo estético. Mi adolescencia comienza aquí. A la serie de rupturas que te conté, la mudanza a una miserable casa de muñecas sin jardín, la sucesiva expansión del manicomio que nos había obligado a vender la casa en que vivíamos, la destrucción que significó el entubamiento del arroyo Maldonado, la muerte de mi adorado perro Johnny… a todo eso se le sumaron dos factores importantes para mí: la primera menstruación y el primer contacto con la muerte. Uno de mis hermanos, que había estado viviendo con nosotros, murió tuberculoso después de una larga reclusión en cama. Tenía veinticinco años. Todo eso contribuyó a que yo saliera de la infancia de una manera bastante brusca.

Un libro revela cómo María Elena Walsh enfrentó al cáncer

Walsh y Massuh en la tapa del libro que acaba de lanzar Sudamericana.

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—¿Las movilizaciones para llevar a Perón al poder se sintieron como parte de ese fascismo imperante?

—Sí, absolutamente. No estábamos capacitados para ver otra cosa. Algún tiempo después, todavía en la década del cuarenta, pude recapacitar y descubrir que detrás de ese maremágnum fascista y represivo que se manejaba a través de la propaganda oficial había sí una auténtica movilización popular pacífica. Además de eso, no pueden soslayarse algunas reformas sociales que luego se pusieron en práctica. En este sentido recuerdo muy bien las protestas de algunas señoras, “qué barbaridad, con este sinvergüenza tenemos que pagarles las vacaciones a las mucamas”. A través de reacciones como esta me di cuenta de que el peronismo era un fenómeno digno de ser mejor valorizado. Yo percibía sus dos caras pero no quería aceptar el lado positivo. Esas frases del gorilaje, escuchadas hasta el cansancio como si fueran una verdad revelada, fueron las que me hacían sentir tan ajena y tan exasperada respecto de las verdaderas conquistas sociales. Nosotros enfrentábamos al peronismo desde un punto de vista intelectual.La falta de libertad que se respiraba bajo Perón hizo que se nos escaparan los hechos que sí tenían importancia. Las quejas gorilas contra la construcción de viviendas sociales, contra la obligatoriedad de mejorar el sueldo y la vivienda de los peones, contra el salario obligatorio para el servicio doméstico… en fin, esa protesta banal y frívola me indignaba porque no tenía nada que ver con lo que nosotros le reprochábamos al peronismo: la represión cultural. El peronismo es un movimiento muy paradójico.

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—¿Y Borges?

—Borges ya era el gran monstruo sagrado, aunque todavía no había publicado El Aleph. En aquella época yo prefería leer su poesía antes que su prosa. A mí me intimidaba porque solamente hablaba de literatura, de los autores que él había leído y si una no los conocía se quedaba fuera de la conversación. Borges era un gran monologante. Con esa voz tan monocorde que era como una respiración entrecortada se refería siempre a temas fantásticos. Yo tenía la sensación de que usaba a su interlocutor para escribir sus cuentos. Cuando hablaba de personajes reales, estos también parecían inventados por él, de modo que yo nunca sabía bien dónde estaba parada. Algunas veces me invitó a tomar el té en la Richmond de Florida. Era realmente tímido y a mí, también tímida, me producía una exasperada incomodidad.

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En la charla con Massuh, Walsh habló sobre Perón, Borges y otras figuras de la historia y la cultura argentinas del siglo XX.

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—¿El noviazgo te impedía el acceso a esa “vida abierta”?

—Totalmente. Terminé por sentir que mi noviazgo conjugaba el arquetipo de la opresión que es capaz de ejercer una persona sobre otra. Y no podía liberarme de ella sino a través de la huida. Además, yo me había sentido asediada desde la pubertad por lo masculino. Me refiero a los ataques o asedios en la calle, en los trenes, en el colectivo. En Buenos Aires había un ambiente muy agresivo contra la mujer, o contra una chica en la calle. La única imagen que prevalecía del matrimonio era la de la mujer al servicio del hombre. Eso me aterraba, me parecía injusto y difícil de sobrellevar. Un primo mío intentó una vez a enseñarme a bailar. Cuando me abrazó y empezó a marcarme los pasos, lo rechacé de inmediato precisamente porque no podía tolerar que alguien tuviera que dominar al otro. Nunca aprendí a bailar.

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—Los comienzos de los años setenta fueron primero esperanzadores pero después de la muerte de Perón el país cayó en un abismo progresivo que ahora se convirtió en una cárcel en el fondo del mar que tiene la textura del infierno disimulado con los viajes a Miami y la propaganda machacona de que todos somos derechos y humanos. Yo querría componer o escribir, pero siento que el show se terminó. Hoy no hay derecho a ser festivo, no hay derecho a tener gracia, me refiero a ese don especial de generar una comunión con un grupo de gente que ha venido a leerte, a escucharte, a verte. Siento que ya no cabe la gracia angélica de alguien que se planta sobre un escenario y solamente quiere solazar al público con unos cuantos poemas o canciones. Supongo que, con este proceso del cáncer, yo estoy atravesando mi propio “Proceso de Reorganización Nacional”… Y la única respuesta que tengo es esta mudez.

Fuente: La Nación