50 mil moscas en un museo ¿son arte?

En una galería londinense, el artista Pierre Huyghe armó un ambiente en el que cruzó biología y arte para crear un hábitat de miles de moscas. En público, los insectos viven, vuelan, mueren y se pudren.

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Desde principios de octubre y hasta el 10 de febrero, la galería Serpentine de Londres (museo de arte contemporáneo ), expone “UUmwelt”, una de las últimas obras del artista francés Pierre Huyghe (París, 1952) celebrada en los grandes periódicos, incluyendo el New York Times.

En la puerta de la galería, situada en los jardines de Kensington en Hyde Park, un cartel blanco con varios símbolos avisa que se puede fotografiar, es apta para cochecitos de bebé que pero también advierte que allí dentro hay moscas vivas. O, por lo menos, debería haberlas y en cantidad: Huyghe llenó el espacio central con unos 50.000 de estos insectos que, libremente, ocupan el resto de las salas. En 2015, Huyghe participó de la exposición Experiencia infinita realizada en el museo Malba, donde presentó su obra Mask Man. Allí, un hombre detrás de una máscara luminosa cubierta de LED recorría las salas del museo durante el tiempo que duraba la muestra.

En 2015, Huyghe participó de la exposición Experiencia infinita realizada en el museo Malba, donde presentó su obra Mask Man

En 2015, Huyghe participó de la exposición Experiencia infinita realizada en el museo Malba, donde presentó su obra Mask Man

Huyghe ha sido celebrado por sus ecosistemas complejos y envolventes. “UUmwelt” (que, en alemán y sin la primera U, significa “medio ambiente”) pretende transformar a la Serpentine en un entorno poroso y contingente, el albergue de las formas cognitivas y de inteligencia más diversas, de diferentes comportamientos biológicos, reproductivos e instintivos. En las salas se han colocado cinco pantallas LED de grandes dimensiones donde se presentan las imágenes que –supuestamente– se forman en el cerebro de un humano. “La actividad cerebral es capturada mientras un persona imagina una situación determinada. Cada pensamiento es reconstruido por una red neuronal profunda; en la galería, se muestran las imágenes resultantes y se las exponen al proceso constante de reconstrucción, a la modificación permanente por factores externos, como la luz, la temperatura y los niveles de humedad, la presencia de insectos, la mirada humana… La inestabilidad de la imagen se corresponde con la incapacidad de la muestra de poder resolver si se trata de algo del pasado, del presente o algo desarrollándose hacia el futuro” –explica el catálogo que se vende a una libra–. Se trata de un bucle conceptual que conecta actores tecnológicos, humanos, animales, asumiendo como cierta la ficción que esas imágenes –resultantes de un programa de computadora hecho por un neurobiólogo japonés– son representaciones de los pensamientos. Prefiero, por mi lado, parafrasear al historiador de la ciencia Hans-Jörg Rheinberger y definirlas como “preparados de sí mismas”; un dispositivo artificial que transforma las convenciones y los sistemas experimentales en naturaleza.

Allí, como en una suerte de planetario diminuto, los movimientos de los bichos dibujan patrones más o menos rítmicos mientras las pupas, larvas y moscas nacen, crecen y aprenden a volar. Esas marcas, esas rutas impredecibles, combinadas con las miradas de los visitantes –los cuales, por su parte, no pueden resistir la tentación del test proyectivo y preguntarse qué ven en las pantallas– son, en realidad, la obra. Una reflexión sobre la interdependencia, el carácter impredecible del futuro. Quizás por eso la doble U de UUmwelt, para muchos leerán una referencia al unitarismo universalista, una religión del siglo XX que, entre otras cosas, celebra los ciclos sagrados de la vida.

Un folleto, en la recepción, ofrece información sobre las moscas artistas: Huyghe o los curadores eligieron una especie de dípteros nativos y endémicos de Gales e Inglaterra, conocidos científicamente como Calliphora vomitoria. En el pasado también se las llamó Musca obscoena hasta que, en 1830, el entomólogo francés Jean-Baptiste Robineau-Desvoidy creó el género Calliphora, un nombre creado con combinaciones del griego para designar a estas portadoras de belleza, diferentes de la querida y trillada mosca doméstica. En lengua vulgar, su denominación no es menos sonora: moscas de la carne, en castellano; botellas azules (bluebottles) o moscas de la carne azul (blue flesh flies) en inglés. Su abdomen es, en efecto, de un azul brillante y les encanta la carne podrida, violácea, de allí sus apodos vernáculos. Se trata, en realidad, de una especie cosmopolita: en las pampas argentinas y en el chaco paraguayo son las famosas moscas cuyos huevos embichan a los animales lastimados. Vacas, perros, caballos.

El folleto, sin embargo, aclara que estas moscas inglesas no pican (no son tábanos) ni causan enfermedades. Nacieron en un invernadero y fueron criadas en un ambiente higiénico, el de la galería, del que no pueden escaparse ni un solo segundo de esa vida que apenas les dura dos o tres semanas: para evitarlo, en los vanos de la entrada, colocaron cortinas antimoscas de PVC.

El folleto aclara que estas moscas inglesas no pican (no son tábanos) ni causan enfermedades.

El folleto aclara que estas moscas inglesas no pican (no son tábanos) ni causan enfermedades.

¿Qué comen, si no salen ni se les permite picar a los visitantes? El folleto no lo dice, pero, normalmente, se engolosinan y se revuelcan en cualquier detrito o sustancia en descomposición. Más de una leyenda les adjudica la capacidad de detectar a los muertos y a los vertebrados magullados: en las heridas, en la podredumbre, ponen sus larvas, que siendo necrófagas no desdeñan los tejidos vivos. Algunos adultos de la familia, son polinizadores de plantas con flores que los engañan con olor a carne podrida. Más de un forense se fió de sus estadios larvarios para determinar el tiempo transcurrido desde la muerte de la víctima. En resumen, son moscas tremendamente asquerosas pero también un puente, un vomitorio latino entre la muerte y la vida. Basta recordar que sin descomposición del cadáver, el futuro desaparece. Sin comentar nada de todo esto, los organizadores recomiendan, por si acaso, lavarse las manos una vez terminada la visita.

En la Serpentine, es cierto, las moscas comen azúcar y agua, un compuesto que les permite llegar a la vida adulta y morir en condiciones inodoras e insípidas, sin molestar a nadie. Los curadores se encargan de su salud, felicidad y bienestar –eso dice la hojita–, garantizándoles la dieta prescripta por las empresas proveedoras de las larvas. Si alguna está enferma, los tratamientos llegan al instante, probablemente provistos por WormsDirect, una suerte de “LlameYa” especializado en la entrega a domicilio, en mano o por correo, de gusanos, lombrices y larvas para la pesca y la producción de suelos. Esta empresa inglesa fue la elegida por la galería como proveedora de las pupas que periódicamente deben reemplazar a las moscas muertas. A fin de cuentas, en este ciclo de la historia que nos toca vivir, todo se resuelve con un click en la pantalla.

En la tarde cuando nos acercamos a la Serpentine, en este otoño reacio a la lluvia y al frío, las moscas no estaban. Quedaban unas cinco, todas refugiadas en el domo que no era más que una claraboya o tragaluz de la sala principal. A las pantallas, solo les quedaba interactuar con los humanos. Ya deben estar aburridas. Las moscas, por lo visto y como le gusta a Huyghe, se resistieron a los planes o se murieron antes de la llegada de la nueva remesa.

Así las cosas, en la boletería (el acceso es gratis pero hay boletero), una señora dudaba. Antes de entrar, preguntó: “Hoy, ¿están las moscas?” “No” –respondió, amable, el muchacho de la portería- “aparentemente, aparecerán mañana. Están completando su ciclo de vida”. La señora, muy cortés, prometió volver cuando los insectos estuvieran repuestos y listos y se pusieran a trabajar en su nueva obra de arte. Y se fue contenta, hablando con su teléfono celular. Que para pantalla y para acompañarla a tomar el té, por hoy, alcanzaba y sobraba.

Fuente: Clarin