Frida Kahlo, icono y mártir

El Victoria & Albert Museum de Londres enfrenta las obras de la artista mexicana con los objetos de su vida: su pierna ortopédica, sus corsés, el maquillaje con que realzaba sus cejas.

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Diego Rivera veía en ellas las alas desplegadas de un pájaro. Frida Kahlo las usaba efectivamente para volar, de ahí su empeño en preservar la exuberancia de sus cejas y en realzar incluso la uniceja con la ayuda de un lápiz Ebony de Revlon. Esto lo supimos en el 2004, medio siglo después de su muerte, cuando se abrió finalmente la habitación sellada en la Casa Azul con los tesoros mejor guardados de la artista mexicana, incluidos sus cosméticos, sus joyas, sus cepillos para el pelo, sus medicinas y sus inseparables corsés, que le sirvieron de soporte durante su accidentada vida.
‘Autorretrato como tehuana’ (1943). CARLOS FRESNEDA

Frida Kahlo, Making her self up da ahora título a la exposición del Victoria and Albert Museum, que explora como nunca antes esa doble dimensión, icónica y doliente, de la artista que se inventó a sí misma, fiel al lema que inspiró su vida y obra: “Yo soy mi propia musa, el tema que conozco mejor”.

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“Una de cada tres obras de Frida Kahlo fue un autorretrato”, recuerda Circe Henestrosa, comisaria de la exposición junto a Claire Wilcox. “Y la imagen que nos dejó fue la que quería que recordáramos, maquillada para la ocasión, vestida de sus mejores galas, librando su pulso oculto contra el dolor e irradiando una extraña belleza interior”.

Frida en la frontera mexicano-estadounidense. Frida en la línea del cielo de Manhattan. Frida rodeada de sus queridos monos araña. Frida con el busto desnudo y con una columna que se desmorona en su interior. Frida vestida con un traje de tehuana, con Diego Rivera creciéndole obsesivamente en el entrecejo, años después de su separación…

Las obras de Kahlo se alternan con los objetos que aderezaron su vida, exhibidos casi como exvotos y marcando el camino hacia al altar. El más sorprendente de todos es sin duda la pierna ortopédica que le hicieron a Frida en 1953, cuando tuvieron que amputarle a la altura de la rodilla. La pierna prostética está rematada por una bota de cuero rabiosamente rojo, a modo de impostura. “¿Para qué quiero pies si tengo alas?” (palabra de Frida).

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“Esta pierna ortopédica simboliza para mí la actitud que tuvo ante la vida”, explica Circe Hinestrosa. “Es una actitud moderna, de plantarle cara a la adversidad. En vez de dejar que la definan como discapacitada, interviene con un acto de rebeldía que es la bota roja”.

No se puede entender a Frida sin ahondar en la fatalidad. A los seis años contrajo la polio. A los 18 sufrió un accidente de autobús que afectó a la columna vertebral y le obligó a llevar un corsé durante gran parte de su vida. Antes de cumplir los 30 tuvo dos abortos por complicaciones médicas. En la recta final de su vida, antes de morir a los 47, tuvo gangrena en un pie, pasó nueve meses en el hospital y acabó perdiendo media pierna.

Los analgésicos formaron parte de su vida, como quedó al descubierto cuando se revelaron los secretos de la Casa Azul, que sirvieron de alguna manera para reescribir su vida. “Sus objetos personales no sólo nos permitieron conocerla mejor, sino que sirvieron también para descubrir el esmero con el que construyó su identidad y creó esa imagen de sí misma que ha pervivido hasta nuestros días”, apunta Claire Wilcox.

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“Ese énfasis en la identidad radical, ese empeño premeditado de convertirse en artista de su propia vida, convierten a Frida Kahlo en una adelantada a su tiempo”, en opinión de Wilcox. Del mestizaje a la bisexualidad, de la mexicanidad a la modernidad, Frida utiliza su imagen como lienzo andante y luego se retrata a sí misma.

Las obras de Kahlo se intercalan con los objetos que jalonaron su vida, hasta llegar a sus 22 trajes de tehuana, los rebozos, los huipiles y el “resplandor” con el que culmina la exposición, junto a un último autorretrato doliente, fechado en 1948, en el que Frida se imagina a sí misma como una Virgen de las Lágrimas.

Esa tendencia a verla como Santa Frida, icono y mártir, ha provocado alguna que otra reacción entre los críticos, como Jonathan Jones, que escribe en The Guardian: “Es el arte, y no los objetos personales, lo que nos dice realmente cómo era Frida: una mujer coraje, apasionada y audaz como artista, más allá de sus vestidos, de su maquillaje y de su imagen icónica”.

“En la obra de Kahlo hay una relación muy íntima entre sus pertenencias y su apariencia”, replica Claire Wilcox. “No es que se esté vistiendo por el mero hecho de llevar esos vestidos. Es que se viste para pintarse, y sobre la marcha está construyendo una identidad propia y muy distinta al común de las mujeres en su época. En la mayoría de la gente, los objetos personales no dicen nada, pero en el caso de Frida son terriblemente importantes, y es la primera vez que tenemos ocasión de verlos fuera de México”.

La Casa Azul cobra vida ante nuestros ojos, al igual que la vida familiar de los Kahlo, con el padre Guillermo fotografiándola con la uniceja como temprana marca de la casa. “En general, tengo la cara del sexo opuesto”, reconocía Frida, coqueta y andrógina, más bella al natural que en sus autorretratos, que tienen la virtud de anticiparse en unas milésimas de segundo al observador que se detiene ante el lienzo: “¿Quién mira a quién?”.

Fuente: El Mundo – Carlos Fresneda