Aquellos vibrantes años 80 en los que volvimos a ser libres

Documentales y libros evocan ese tiempo de recuperación de la democracia, que fue también de destape y de potentes acciones culturales, junto con crisis económica, apagones y carapintadas. En la imagen de portada: Sumo. Canta Luca Prodan; fotograma del documental “Cemento” (2017) que evoca uno de los escenarios clave.

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Un sótano oscuro. La iluminación es mínima y los allí presentes se reparten de manera desprolija alrededor de un pequeño escenario. Las paredes húmedas emanan un aroma fétido, como a cloaca, que se entremezcla con aromas diversos que lo mitigan: humo de cigarrillo, alcohol, perfume barato, humo de tabaco y marihuana. Un hombre calvo, con anteojos negros pintarrajeados, es el centro de atención. Se sienta en un pequeño banquito y comienza a arpegiar una guitarra criolla desvencijada. Su voz, aguardentosa y mística, remitía a Jim Morrison. Ese pelado era Luca Prodan, líder de la banda SUMO.

Aquel sótano era el Parakultural. La década: 1980. Aquellos años tormentosos para la Argentina conformaron una bisagra entre una dictadura, que aún no dejaba de sangrar, y una democracia incipiente. Fernando Noy fue testigo de dicha escena y resumió, en sus memorias, el espíritu de aquel recinto: “Una especie de ballena anclada, inmóvil, desvencijada y que en su vientre traía un propio mar de creatividad imprescindible para el renacimiento de la tan esperada democracia. Hoy se lo reconoce como irrepetible templo del desenfreno (…). Mítico y profano, irreverente y genial, un verdadero oasis donde siempre era feriado”.

La efervescencia cultural era bestial. Eran tiempos de Cemento y el Café Einstein. De La Organización Negra interrumpiendo el tránsito en la 9 de julio. Del auge del rock nacional con Sumo, Los Abuelos de la Nada, Virus, Soda Stereo y Los Redondos a la cabeza. La irrupción del dark, el post punk y la new wave, donde se destacaron Los Visitantes y Daniel Melero. Crisis económica, hiperinflación y apagones. Carapintadas y gritos de Nunca Más grafiteados en las paredes. Aparecía el HIV como un fantasma invencible. Eran noches románticas en sótanos húmedos: se respiraba un ambiente de experimentación politóxica que, en más de uno, dejó secuelas. Se escuchaba la FM Rock and Pop, se leían revistas como El Porteño o Cerdos y Peces. Las columnas de Laura Ramos (“Buenos Aires me mata”) resumían el desparpajo de la noche porteña en las páginas del Suplemento Sí, insignia de la juventud de aquel entonces.

Parakultural. Charly Garcia, Batato Barea, Tortonese y Urdapilleta.

Parakultural. Charly Garcia, Batato Barea, Tortonese y Urdapilleta.

Algunos protagonistas de aquel devenir contracultural incendiario decidieron contar, en primera persona, sus experiencias. Uno de los más prolíficos es el antes citado Fernando Noy. Poeta, escritor, performer, en 2004 escribió los guiones del programa Historias del Under (Canal A) que luego editaría en formato libro (Mondadori, 2015). Allí reúne crónicas biográficas de personajes y grupos icónicos de la escena como Alejandro Urdapilleta, las Bay Biscuit, El Clú del Claun, Mosquito Sancineto o La Gran Markova. El relato se basa en la reconstrucción de un movimiento, en su mayoría teatral, que incluyó el nacimiento de actores que luego se sumarían al StarSystem porteño: Carlos Belloso, Verónica Llinás o Humberto Tortonese.

También el basamento de lo que luego se conocería como el “teatro aéreo”, personificado por De la Guarda o Fuerza Bruta, nacido en el corazón de Cemento con la obra UORC de La Organización Negra que asustaba a cierto público pacato y reprimido de Buenos Aires. A pedido de su amigo Pedro Lemebel, amplió sus relatos en Peregrinaciones Profanas (Sudamericana, 2018) en donde revive su amistad con la poeta Alejandra Pizárnik, su estadía en Brasil de la mano del movimiento tropicalista, la influencia de los happenings de los 60 en el Instituto Di Tella (algo que se ejemplifica en el cruce entre Roberto Jacoby y Virus) y su amistad con Néstor Perlongher o Batato Barea (de quien escribió su biografía: Te lo juro por Batato).

Musa del under. Katja Alemann realizaba performances en Café Einstein.

Musa del under. Katja Alemann realizaba performances en Café Einstein.

Periodistas como Eduardo Berti (Rockología, Galerna) y Osvaldo Baigorria (Cerdos & Porteños, Blatt & Ríos) resumieron, también, la época a su manera. El primero se dedicó a narrar lo sucedido en torno a las estrellas del rock nacional de aquel entonces: Fito Páez, Gustavo Cerati, Luis Alberto Spinetta, Charly García. Ambos escribían en El Porteño, semanario icónico de la época fundado por Gabriel Levinas que cobijó el revulsivo suplemento (que luego ganaría su autonomía como revista) Cerdos y Peces comandado por el “Bukowsky argentino”, Enrique Symns.

Afirmaba Baigorria en el prólogo de esta recopilación de artículos escritos al calor de los hechos: “La policía continuaba haciendo razzias por uso de drogas u orientación sexual, entraba a las discotecas para llevarse decenas de personas a la vez, había declaraciones públicas de condena a una pornografía casi inexistente, se agitaban los fantasmas militares que amenazaban volver ante el supuesto ‘libertinaje’”. Lo mejor de Cerdos & Peces fue compilado por Cuenco del Plata. En dicho prólogo, Symns afirmaba: “Considerábamos que el escenario del mundo estaba viciado y que el verdadero escenario era la vida cotidiana; por eso luchábamos contra los artistas, contra la religión, la política, los sabios y contra los que ocupaban el escenario distrayendo al mundo (…). Y además porque seguíamos el camino de William Blake, el camino del exceso sin medir las consecuencias”.

La evocación está presente en la biografía de Virus por Macelo Moura, las autobiografías de Zeta Bosio, Fernando Samalea y Willy Crook. También Sergio Aisenstein (fundador del mítico Café Einstein junto a Omar Chabán), con Freakenstein (Planeta, 2016). En dicho reducto había teatro under, performance, desnudos y un desfile de freaks como los que fascinaron a Aisenstein de adolescente al narrar las aventuras de los fenómenos de circo en las páginas de Expreso Imaginario, donde colaboraba.

El Clú del Claun, integrado por Batato Barea, Gabriel Chame Buendia, Hernán Gené, Cristina Marti, Daniel Miranda y Guillermo Angelelli.

El Clú del Claun, integrado por Batato Barea, Gabriel Chame Buendia, Hernán Gené, Cristina Marti, Daniel Miranda y Guillermo Angelelli.

Nave Jungla fue una discoteca que fundó luego del cierre del Einstein. Allí estaba el Teatro del Abismo, de la mano de su amigo Chabán, performances de Alejandro Urdapilleta y música a cargo del DJ Willy Manicomio. La describía así: “Lo macabro, lo gracioso, lo intolerable, lo terrorífico y lo bello hacían una melange que nunca salía igual”. En su libro se cuela, durante varias páginas, el recuerdo de Luca Prodan, quien lo “homenajeó” al incluirlo en la letra de “Quiero dinero”. Lo definió como “un Jesús que entraba al templo y pateaba los puestos de los usureros y amasadores de sufrimiento”. Aquel italiano culto, empapado de ginebra y heroinómano en recuperación, también originó libros recientes: Luca Prodan, Libertad Divino Tesoro, de Oscar Jalil (Planeta, 2015), Luca es mío (Planeta, 2018) de su compañero de ruta Roberto Pettinatto y Luca: un ciego guiando a los ciegos (Sudestada, 2014) reedición, de Carlos Polimeni.

Algunos jóvenes inquietos, periodistas que no vivieron aquella época pero decidieron indagarla, produjeron interesantes análisis sobre los avatares del under. Desde lo mediático, se destaca Rock and Pop, la imaginación al poder (Paidós, 2014) de Guillermo Courau y Francisco Anselmi, quienes recopilan los 30 años de historia de la emisora fundada por Daniel Grinbank que revolucionó el concepto de FMy le dio una voz en el eter a cientos de jóvenes de la mano de conductores frescos como Lalo Mir, Quique Prosen, Douglas Vinci, Bobby Flores y Mario Pergolini. Supo construirse como una marca registrada cuya cresta de la ola fue la organización del primer recital de los Rolling Stones en Argentina, el 9 de enero de 1995.

La despedida al mítico Batato, del mítico Sí.

La despedida al mítico Batato, del mítico Sí.

Cemento, semillero del rock (Gourmet Musical, 2015) de Nicolás Igarzabal, reúne testimonios, anécdotas, imágenes y recuerdos que reconstruyen la historia del boliche inaugurado por Omar Chabán y su mujer Katja Alemann en 1985. Sirve como testimonio de toda una escena rockera y como impulso para que todo fanático que supo poguear en esos muros graffiteados y escupidos reviva los años dorados del reviente. El autor caracteriza el período entre 1985 y 1989 como “libertinaje bizarro”. Las ganas de dejar atrás la “represión, a la vuelta de tu casa”, como supieron cantar Los Violadores, eran altas. Hay espacio para la palabra, siempre polémica, de Chabán, quien sentencia:“Lo importante fue haber creado independencia en el rock, que los músicos ganaran su propio dinero. Yo logré eso. Lo único importante que queda de mí, si tengo que decir para qué serví, fue para que los grupos no le chuparan más el culo a nadie”.

Sobre Los Violadores, insignia del punk argentino y regional, también hubo libros recientes: la reedición de su biografía de la mano de Esteban Cavanna (Uno, Dos, Ultraviolento: la historia de Los Violadores, Piloto de tormentas, 2015). Lisandro Carcavallo también narró el boliche de Chabán pero en formato documental, estrenado en 2017, recurriendo a protagonistas de todos los tiempos (Pil Trafa, Iorio, Alejandro Taranto, entre otros) y obteniendo críticas positivas.

Otro destacado revisionista, y uno de los más recientes, es Martín Zariello quien publicó 1988: el fin de una ilusión (Sudamericana, 2018). Con breves semblanzas, y sin haber vivido la época en plenitud (nació en 1984) el autor disecciona tanto a rockeros (Charly, Fito, Calamaro, Luca, Indio) como a figuras públicas relevantes (Monzón, Olmedo, Alfonsín, Menem). Aporta una mirada lúcida sobre un tiempo álgido y se despacha con frases potentes como: “Una estrella de rock es básicamente alguien condenado a que le pidan que vuelva a ser el que ya no es”.

Foto de mediados de los 80: Miguel Mateos, Luis Alberto Spinetta, Alejandro Lerner, Charly García, León Gieco, Juan Carlos Baglietto, Gustavo Cerati y Federico Moura.

Foto de mediados de los 80: Miguel Mateos, Luis Alberto Spinetta, Alejandro Lerner, Charly García, León Gieco, Juan Carlos Baglietto, Gustavo Cerati y Federico Moura.

La ficción local también supo nutrirse del revival ochentoso: enItalpark (Marciana, 2016), Mariano Favier recrea la historia del emblemático parque de diversiones entremezclando nostalgia y oscuridad, con una trama que emula el formato de “falso documental” a partir de la exposición de testimonios. Camilo Sánchez en La Feliz (Edhasa, 2017) cuenta la vida de tres personajes alrededor de los sucesos ocurridos en enero de 1988 que bañaron de sangre las páginas de los suplementos de espectáculos de los diarios: la muerte de Alberto Olmedo y el femicidio de Alicia Muñiz en manos de su esposo, el campeón de boxeo Carlos Monzón. Respecto a este último, la ficción continuará pronunciándose: se acerca una serie sobre el pugilista producida por Disney y Pampa Films.

La bibliografía de los ochenta muestra una sucesión de cuerpos transpirados que exigían liberación. Travestis, gays y lesbianas, hartos de represión, que ya no le temían al qué dirán y escandalizaban al común de la sociedad urbana porteña. Periodistas pateando las calles, entrando a sucuchos en busca de historias y recuperando las voces de estos personajes que pedían a gritos “salir del agujero interior”. Este universo convulsionado y en carne viva permite, también, reflexionar en torno al estallido posterior a los años de plomo y reivindicar el valor del cuerpo presente en tiempos de máquinas frías y espejos negros.

Se preguntaba Reynolds en su ensayo sobre la pulsión retro: “¿Qué ocurrirá cuando nos quedemos sin pasado? ¿Nos estaremos dirigiendo a una suerte de catástrofe cultural-ecológica, en la que los recursos de la cultura pop se habrán agotado?”. Por el momento, presente y pasado parecerían retroalimentarse en una sinergia que aún tiene mucho para darle a los nostálgicos que vivieron aquellos años locos y a los curiosos.

Fuente: Pablo Díaz Marenghi, Clarín.