Branford Marsalis cierra hoy el ciclo “Jazz Nights” en el teatro Coliseo de Buenos Aires

El prestigioso saxofonista habla de su vínculo con el jazz y la música clásica, se ríe de los que se creen “genios”, cuenta qué cosas le aporta tocar rock y resalta que “es más importante ser buen músico que ser novedoso”.

YHgQknEUv_1256x620__1

El saxofonista estadounidense Branford Marsalis ofrecerá un concierto hoy, jueves 29 de noviembre, a las 21, en el Teatro Coliseo, de la ciudad de Buenos Aires, en el cierre del ciclo “Jazz Nights”, que desde hace varios años presenta a las más relevantes figuras del género.

Marsalis repasará muchos de sus grandes éxitos, aunque también se espera que interprete algunos clásicos del jazz y composiciones de autores ligados a otros géneros, a partir de sus constantes colaboraciones con artistas como Sting, Grateful Dead y los raperos Public Enemy, entre otros.
El saxofonista estará acompañado por un cuarteto integrado por Eric Revis, en contrabajo; Joey Calderazzo, en piano; y Justin Faulkner, en batería.
El ciclo “Jazz Nights”, que se realiza desde hace varios años, convocó a figuras como Maceo Parker, Richard Bona, Billy Cobham, Manu Katche, Snarky Puppy y el recientemente fallecido Roy Hargrove, entre otros.

Branford Marsalis. A los 58 años, el saxofonista estadounidense es uno de los músicos más relevantes en su instrumento, con el que aborda el jazz y la música clásica, además de incursionar en otros terrenos como el funk y el rock. (Fotos: Prensa)

Mucho tiempo ha pasado desde que Branford Marsalis abandonó por un rato la Berklee College of Music para hacer sus primeros “palotes” como saxofonista de jazz girando al lado del legendario Art Blakey, a comienzos de los ’80. Un poco antes había dejado en stand by su faceta de músico de Rhythm & Blues, y por delante lo esperaba una trayectoria que también abrirías surcos en el rock -fue parte de la banda de Sting durante varios años, y toca con Grateful Dead y con Dave Matthews, entre otros-, el funk -lideró la banda Buckshot Lefonque- y en la música clásica, con un par de Grammy en su poder y un prestigio universal.

Ahora, a los 58 años, dueño de un apellido que le dio al jazz otros nombres como los de su padre Ellis y los de sus hermanos Wynton, Jason y Defeayo y considerado uno de los artistas más importantes del mundo en lo suyo, Marsalis regresa a la Argentina para presentarse en el Teatro Coliseo el 29 de noviembre, con su cuarteto. Días más, días menos, tres años después de haber tenido a su cargo del cierre del B.A. Jazz.

“Lo que más interesante me resulta, cuando viajo, es estar rodeado de gente. Observarla, compartir sus comidas… No soy el típico turista. No me interesa ir a Machu Picchu. Me gusta captar la energía del lugar, y la energía proviene de la gente. De modo que no me interesa para nada estar parado frente a un edificio haciendo fotos para postearlas en Twitter”, dice el músico, que antes de llegar a Buenos Aires pasará por el Perú.

El cuarteto, formado por Joey Calderazzo, Eric Revis, Branford Marsalis y Justin Faulkner se presenta el jueves 29 de noviembre en el Coliseo. (Fotos: Prensa)

El cuarteto, formado por Joey Calderazzo, Eric Revis, Branford Marsalis y Justin Faulkner se presenta el jueves 29 de noviembre en el Coliseo. (Fotos: Prensa)

Marsalis habla lento, haciendo pausas para elaborar cada respuesta paso a paso, pero con un tono que transmite seguridad en cada sentencia. “Me gusta entrar a una librería, y subir al piso superior donde hay gente tocando tango, que es lo que recuerdo de Buenos Aires. Eso de tener gente parada delante de los edificios sacando fotos puede ser que le deje dinero al país y está muy bien. Pero no es para mí“.

-En tu website, en lugar de una biografía hay dos, una dedicada a tu vida en el jazz, y la otra focalizada en tu trayectoria en la música clásica. ¿Realmente se pueden separar esos mundos de manera tan tajante?

-Sí. Son claramente distintos. Lo que aprendí tocando jazz, y siendo estadounidense, es que es algo que siempre va a estar conmigo. Lo que sucede cuando toco con orquestas, en Europa, es que eso me llega según el lugar en el que va a suceder. Depende del lugar, hay sutiles diferencias, y eso me gusta. Creo que lo más importante, cuando vas a tocar una música, es descubrir dónde está el beat. Es muy distinto donde está el beat en el jazz de dónde se ubica en la música clásica o en el tango. Aún cuando se trate de variaciones muy sutiles, hacen una diferencia enorme.

-Pero si escuchamos tu álbum In My Solitude, sería difícil definirlo como un álbum de jazz o de música clásica. Yo lo presentaría como un álbum de jazz y de música clásica.

-La idea no fue hacer un verdadero disco de jazz, porque en solitario no ubico el beat en el mismo lugar en el que lo hago cuando estoy acompañado por un grupo. La idea de titularlo In My Solitude surgió a partir de esa emoción singular que se crea y te envuelve cuando estás solo, tocando el saxo en un espacio de las dimensiones de la Grace Cathedral, en San Francisco. Y ese era mi foco principal.

-En el álbum hay obras clásicas y otras del mundo del jazz, pero, ¿se podría decir que lo que manda es la improvisación?

-La improvisación está siempre asociada con el jazz, y hay muchos músicos que cuando tocan en solitario hacen solos todo el tiempo. Pero cuando tocás solos sin la energía del grupo respaldándote, te das cuenta de cuán repetitivo se hace y cuán aburrido se torna. Por eso, cuando abordé ese trabajo, me enfoqué en buscar las melodías. Una de mis piezas preferidas es la Sonata en La menor, que no encaré como una pieza clásica. Originariamente fue escrita para oboe, de modo que el saxo soprano habría sido la elección lógica, pero escogí el saxo tenor y el resultado es una versión diferente a todas las que se hayan grabado antes. Porque nunca pensé en tocarla como si hubiera sido escrita en los códigos de la música clásica.

-Hablamos de jazz, música clásica, y también tocaste rock, R&B… ¿Cada música exige una sensibilidad específica?

-Definitivamente sí. Muchas veces, cuando los músicos de jazz están hablando de música, de lo que están hablando es de armonía. Entonces, pueden decir que algo se toca en determinado acorde; pero ese acorde va a sonar terrible si lo aplicás al rock and roll, y sin embargo sí puede funcionar en la música de Astor Piazzolla. Yo crecí escuchando música popular, de modo que conozco ese sonido. Empecé a tocar jazz cuando tenía 19, pero antes había tocado rock y R&B. Sólo que cuando comencé a aprender acerca del jazz, cambió mi manera de escuchar la música, y cuando toqué la corneta -durante siete años-, aprendí cómo suena la música clásica.

-Leí por ahí algunas consideraciones suyas acerca del jazz actual, en términos de que es inaccesible para el público “casual”, y lo contrastabas con los clubes de jazz de los ’50 o ’60. Pero, ¿músicos como Miles Davis, John Coltrane o Thelonious Monk no iban llevando su música a niveles de complejidad que obligaban a la gente a resetear sus cabezas para asimilarla?

-En el caso de Coltrane, puede ser. Pero Miles Davis estuvo tocando el mismo tema durante 25 años. Miles entendió que en los discos podían tocar cosas complicadas, pero después, en vivo, tocaba cosas que la gente pudiera comprender y les iba cambiando el contexto a esas piezas. Cuando le cambiás el contexto a la música, la performance se torna más compleja, pero vos estás tocando una canción que la gente ya conoce. Ellos se pueden aproximar a la canción porque la conocen. Escuchan, y ya saben que es My Funny Valentine… En cambio, la música nueva nadie la conoce. Entonces, ¿cómo vas a acercar a la gente a esa música si es toda complicada y está llena de información no melódica? No hay nada en esa música que haga que el público pueda sujetarse a ella. Por eso lo que yo trato de hacer con mi grupo es buscar canciones que tengan una melodía de la cual la gente se pueda prender.

-Pero imagino que hay un espacio para improvisar.

-Lo que hacemos durante la canción es muy complicado y diferente, pero la introducción tiene una melodía que se puede entender. Creo que eso hace la diferencia. Después, en la mitad del show tocamos algunas canciones muy antiguas, de los ’20 y los ’30, y gustan. No es un concierto basado en la idea unidimensional de: “1) Yo soy un genio y toco estructuras bien complicadas. 2) El público tiene la responsabilidad de entender lo que estoy haciendo.” (Risas) Es gracioso, porque así terminan tocando en salas vacías o sólo para otros músicos y criticando al público, que en definitiva ni sabe quiénes son.

-A veces el público mismo no entiende nada, pero pretende ser tan “genial” como el músico y supone que estando ahí está siendo parte de algo importante.

-Eso es lo que sucede en Nueva York. Mucho. Pero hay pocos lugares en los que podés hacer eso. Son sitios muy reducidos. No podés tocar en un Teatro Colón con esa mentalidad. No vas a encontrar mil personas que se quieran sentar ahí pretendiendo que son ssabios. Podrás encontrar 100. Nosotros lo encaramos de otra manera.

-El cuarteto es una formación que creaste en los ’80, y si bien cambiaron los integrantes, en el caso de Joey Calderazzo, llevan casi 20 años juntos. ¿Es difícil seguir encontrando desafíos para superar después de haber estado trabajando juntos durante tanto tiempo?

-No. La gente que escribe sobre música en los Estados Unidos insiste en que los músicos deberían encontrar algo “nuevo”, y ellos suelen entenderlo mal. Hay sólo doce notas en el sistema occidental, así que no existe “nuevo”. El desafío es encontrar maneras nuevas de decir cosas viejas. Leer a Shakespeare está bueno, porque él encontraba diferentes maneras de contar la misma historia. Y a veces era exactamente la misma, cambiando sólo los nombres y las locaciones. Y sólo con eso se siente como una historia totalmente diferente. Aunque, en definitiva, se trata de lo mismo: el chico conoce a la chica, al padre no le gusta, se mete en el medio… O la búsqueda del poder. Rey Lear es acerca del poder; Julio César también; pero cómo la gente busca caminos para llegar a ese poder es muy diferente. Se trata de gente que sacrifica todo lo que tiene en pos de ese poder. Ricardo III también trata acerca del poder. Se trata de encontrar nuevas maneras de decir las mismas cosas. Pero no hay nuevas cosas, en realidad. Esos músicos que se la pasan buscando la cosa nueva, es como si yo juntara una banda para tocar tango, sin siquiera saber cómo suena el tango de verdad y después lo llamamos “tango nuevo”. Supongo que siempre hay alguien lo suficientemente estúpido como para escucharlo y decir que es genial. Posiblemente en la Argentina dirían que es un asco, y que no sabemos nada de tango. Pero como en los Estados Unidos tampoco saben nada del tema dirían: “¡Esta mierda nueva está buena!”. Si yo fuese a tocar tango, primero escucharía un montón de discos, estaría un tiempo en la Argentina para entender cómo funciona esa música, y lo mismo para la banda. El tango suena de la manera en la que los argentinos hablan el español. La manera en que caminan, la forma en la que leen un texto. Esas son las cosas que influyen en la música de un país. Entonces sí lo haríamos de la manera correcta. Creo que es más importante ser buen músico que ser novedoso.

-No debe ser fácil encontrar esas nuevas maneras de decir. 

-Si pasás el tiempo suficiente buscando ser buen músico -no hablo de ser un músico virtuoso en la manera de tocar tu solo-, vas a encontrar nuevas maneras de acercarte a las cosas, a las canciones, a los sonidos. El disco nuevo que grabamos con el cuarteto, por ejemplo, es muy distinto a todo lo que hemos hecho antes.

La elegancia es una de las características del estilo de Marsalis, tanto en su plan jazzero como clásico. (Fotos: Prensa)

La elegancia es una de las características del estilo de Marsalis, tanto en su plan jazzero como clásico. (Fotos: Prensa)

-Mejorar como músico tiene que ver con el estudio, con la práctica, con la inspiración…

-Tiene que ver con escuchar. Algunos de mis colegas, cuando hacen música clásica, hacen eje en los recursos armónicos; yo estoy más enfocado en el sonido. No me interesa tanto de qué se trata, sino cómo suena. Cómo suena es más importante que qué es. Eso es lo que le digo a mis alumnos. Si ponés tres óperas, de diferentes autores y orígenes, sobre la mesa, las tres se ven iguales. No podrías, viendo las partituras, decir cuál es francesa o cuál alemana. Pero cuando las escuchás, reconocés su origen. Ahí está la diferencia. Si yo tomo una ópera francesa, le paso su libreto al italiano y digo que es de Puccini, todos creerían que es así. Pero cuando la escuchen, van a decir: “Esperá un poco, esto no puede ser de Puccini”.

-Sería un buen ejercicio para hacer con muchos que se dicen especialistas.

-El problema con el público de la ópera es que muchas veces ni les importa la música. a veces ni la escuchan. Para muchos operómanos la música está ahí, pero lo que realmente les interesa es el argumento de la historia y los diseños de escena. Entonces, cuando el diseño es impactante dicen: “¡Ohhhh!”. La gente muchas veces escucha música con sus ojos. Entonces, cuando sale uno de estos músicos geniales, con su remera negra, su aspecto de personaje extraño, la gente no aprecia la música tanto como lo que se ve.

-Leí hace un tiempo que en sus encuentros familiares no se habla de música. Pero, ¿al menos no intercambian opiniones sobre cuestiones estéticas, sonidos, técnicas?

-Cuestiones estéticas, sí.  Pero la realidad es que cuando hablamos entre nosotros hay otros temas más imprtantes: nuestros hijos, algunas veces la política, el fútbol… Probablemente sea con Delfeayo con quien más hablamos de música. Pero mi hermano Ellis no toca, entonces cuando estamos con él tampoco hablamos de música. Hablamos de la vida, de las cosas que hablan los hermanos.

-Hace un tiempo dijiste que Donald Trump no es el peor presidente que hayan tenido los Estados Unidos, y que puede servir para que la gente decida qué país quiere tener. ¿No puede ser que sea tarde para intentarlo, una vez que se vaya del gobierno?

-Trump ya tomó el camino equivocado, pero por alguna razón la democracia en los Estados Unidos funciona. No sé por qué, pero funciona. Venezuela fue una democracia hasta que dejó de serlo… Nosotros tenemos estructuras fuertes, complejas fuertes. En Polonia, ganó la derecha y cambiaron la Constitución. En los Estados Unidos es mucho más complicado: hace falta el acuerdo de las dos tercereas partes en todos los estados. Esas cosas son muy difíciles que alguien las logre, y esta última elección fue una manera de demostrarle a Trump que no puede hacer lo que se le antoje. John Adams, que fue nuestro segundo presidente, encarceló a un periodista por haberlo descipto como un alien. A Donald Trump le dicen ‘el enemigo de la gente’ y otras cosas, pero cuando sacó a un periodista de la Casa Blanca, la semana pasada, enseguida le hicieron un juicio y el periodista está de nuevo trabajando allí. Es una demostración de que el sistema, de algún modo, funciona. La razón por la cual Donald Trump ha sido exitoso es porque hay gente que sintonizó con esa clase de sensibilidad. La gente a la que no le gustan los inmigrantes, los negros,  los mexicanos, los latinos, antes no lo podía decir porque en algunas partes del país porque perdías a todos tus amigos. Lo que hizo Trump fue, de algún modo, darles el permiso para que las digan, y ahora salieron a gritarlas. Pero la realidad es que una gran parte de nuestro país no apoya esa manera de ver, en las últimas elecciones la gente mostró lo que piensa, y en dos años vamos a decidir de nuevo. Eso es la democracia.

-¿Qué te dio haber tocado con músicos como Sting, Grateful Dead o Dave Matthews, entre otros?

-Me dio muchísimo en mis años de juventud, cuando estaba aprendiendo cómo debía tocar. Es divertido. Hay músicos como Derek Trucks o los Grateful Dead, a los que admiro; son bandas con las que me gusta tocar. Me lleva la mente a otros lugares y me permite acercarme a la música de una manera distinta. Es música muy intensa, que te ayuda a tocar otras músicas con la misma intensidad. No es algo que haga todo el tiempo, pero me gusta mucho hacerlo. Es como otro lado de mí mismo. Cuando toco con alguien, trato de que no sean como transacciones. Yo no toco esperando que alguien haga algo por mí. En la manera en la que la música es enseñada, en la parte educativa, hay mucho de eso. Todo es muy transaccional: “Hacé esto y te doy esto”. Yo creo en un método más socratico. Simplemente hacelo, y fijate qué pasa. ¿Por qué lo hacés? Porque sí. Simplemente porque sí.

¿Y por casa qué tocamos?

“La última vez que tocamos en buenos Aires, dos de los integrantes del grupo participaban en otras bandas y no pudieron estar; y desafortunadamente, la gente no pudo escuchar al grupo real”, dice Marsalis. Y completa: “Esta vez es la banda real, y será una performance muy diferente”.

En noviembre de 2015, Branford Marsalis cerró el festival Buenos Aires Jazz en el Teatro Colon. (Foto: Lorena Lucca)

En noviembre de 2015, Branford Marsalis cerró el festival Buenos Aires Jazz en el Teatro Colon. (Foto: Lorena Lucca)

-¿Cuál va a ser el eje del repertorio? ¿Será material de algún disco en particular; algo que aún no hayan grabado?

-Es música que ya grabamos, pero que aún no escuchó nadie, porque el disco va a salir en marzo. Y seguramente intentaremos tocar un tango. No sé qué tan bien podremos hacerlo, pero la vez pasada tocamos uno y probablemente lo intentemos de nuevo.

Branford Marsalis Quartet toca el jueves 29 de noviembre, a las 21, en el Teatro Coliseo, Marcelo T. de Alvear 1125. Entradas desde $850, por Ticketek. Se recomienda tener en cuenta las restricciones vehiculares debido a la organización de la Cumbre G20, a fin de llegar sin retrasos a la función. 

Fuente: Clarín