Chorus Line. Cuando el camino para entrar a un musical puede ser un sueño o una pesadilla

El clásico de Broadway, que llegó al Maipo en su versión local, refleja los nervios y las frustraciones que viven los bailarines aspirantes a quedarse con un papel durante una audición

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En primera línea, el elenco local de una puesta ambiciosa y detallista

En cine y televisión se le llama casting. En teatro y danza son audiciones. Y en ellas están depositados no solo los sueños de cientos de artistas, sino también sus posibilidades de sustento. Miedo, ansiedad, frustración, nervios, felicidad, confianza, inseguridad… esos son los personajes centrales de toda audición, en la que los postulantes, en forma individual o en grupos, pasan a demostrar su talento en su estado más frágil frente a una mesa de creativos examinadores. Según sea una obra de texto o un musical, en esa mesa están el director, el coreógrafo, el director musical, el arreglador vocal, uno o dos productores y asistentes. Y aunque más fuertes, también ellos están ansiosos por encontrar el elenco soñado, sujetos a la posibilidad de error o triunfo.

En definitiva, el momento de una audición podría ser aterrador, pero, a su vez, puede abrir la puerta de la oportunidad, y de mucho más también. La escena es más o menos así. El artista se presenta a la cita, que puede ser en el mismo teatro donde se estrenará el espectáculo o en alguna sala de ensayo. Y es probable que, cuando llegue, se encuentre con muchos otros colegas que aspiran al mismo trabajo, a la misma oportunidad. Dependiendo de las dimensiones de la propuesta, posiblemente haya una cola de una cuadra o simplemente un grupo de talentos ante los cuales los aspirantes se sentirán del tamaño de un ratón.

Luego le darán un número y, si le va bien, probablemente tenga que regresar otro día para probarse una vez más, y otro, y otro, y otro… hasta que llegue el angustiante momento de la selección final.

Esa situación, multiplicada, es la que representa una obra que dio la vuelta al mundo y refleja como ninguna otra las vicisitudes, particularmente, del bailarín de teatro musical: A Chorus Line. Este maravilloso trabajo del coreógrafo norteamericano Michael Bennett batió récords en Broadway: 6137 funciones durante 15 años, 457 actores desfilaron por sus 8 compañías y generó más de 40 millones de dólares en ganancias. Durante mucho tiempo fue el musical que más tiempo permaneció en cartel en Nueva York, hasta que fue vencida por Cats, en 1997, y actualmente, El fantasma de la Ópera. En 1974, Bennett grabó las experiencias de un grupo de coreutas, les compró los derechos de esas historias y convenció a Joseph Papp, de una asociación pública de teatro sin fines de lucro, para que financiara un taller donde se puedan desarrollar esas historias en forma de musical. De ahí surgió este espectáculo sin estrellas, sin escenografía y casi sin argumento.

Uno de los bailarines que prestaron sus anécdotas fue el autor Nicholas Dante. Inspiró al personaje de Paul, un gitano que debutó en un show de drag queens. James Kirkwood, un novelista, dramaturgo y exactor, se encargó de condensar el material y dramatizarlo. Por su parte, un ejecutivo de Columbia Records, Edward Kleban, fue el autor de las letras, en su debut en Broadway, al igual que el compositor Marvin Hamlisch (ganador de dos Oscar). Se estrenó el 15 de abril de 1975, en la pequeña sala del Public Theatre, de Nueva York, donde se cansaron de agotar localidades. Poco más de dos meses después se trasladó al Shubert, de Broadway. Luego de obtener críticas espectaculares, la obra se ganó todos los premios: el Pulitzer, el New York Drama Critics Award y nueve Tony. Para el mundo teatral significó muchísimo: que cualquier don nadie desconocido del teatro pudiera triunfar entre los pesos pesados. También pasó a la pantalla grande de la mano de Richard Attenborough, como director, y Michael Douglas, como protagonista.

Desde siempre, el coreógrafo y director Ricky Pashkus soñó con ser el responsable de alinear a ese grupo de coreutas que se multiplican una y mil veces sobre el final de la obra interpretando la canción “Un”, que representa la lógica del coro o ensamble: muchos, pero uno solo. Y lo concretó. Hace unos días, pudo estrenar Chorus Line, con producción de Javier Faroni, en el Maipo, la segunda versión de la obra en Buenos Aires. La primera fue en 1980, con producción de Alejandro Romay, dirección de Roy Smith y un elenco que encabezaban Lelio Incrocci, Andrea Ceruse, Susana Agüero, Oscar Pimental, Vicky Shocron, Yeni Patiño, Edda Bustamante, Raúl Casinerio, Tony Lestingi y Mario Martínez, entre muchos más.

El sueño de Pashkus es más o menos como el sueño de cada uno de los personajes de la obra, como el de cada uno de los artistas que él mismo eligió.

Persevera y triunfarás

A días del estreno, el Maipo estaba a media luz, esperando para dar comienzo a uno de los últimos ensayos. Algunos integrantes del elenco estiraban en el escenario, otros vocalizaban en bambalinas. El equipo técnico cambiaba los últimos tachos de luz, mientras la banda afinaba los instrumentos para probar sonido. “Dos pasos a la izquierda”, “no te da la luz”, “salí por el bastidor derecho, sino queda desparejo” eran algunas de las tuercas que Pashkus, el director, y Gustavo Wons, el coreógrafo, iban ajustando a medida que transcurría el ensayo.

Luego de varios años de lucha, Pashkus –junto a Florencia Masri– consiguió los derechos de la obra sin necesidad de que sea una puesta determinada, como suele ocurrir con otros musicales. “Esta fue la primera vez que me permitieron comprarla sin coreografía original. En un principio, pensé que quería ser el coreógrafo, pero me olvidé de que hoy la coreografía me resuena como algo más cerebral; en cambio, la dirección la siento mucho más armónica. Y a la hora de delegar este trabajo no dudé en llamar a Gustavo. Estoy feliz porque se puso la obra al hombro e hizo un trabajo maravilloso”, argumenta Pashkus, y agrega: “La he dirigido con total libertad, ni siquiera me basé en videos, así que hay una diferencia grande. Obviamente hay cosas –como la línea de coro– que tienen que estar, pero la mirada que tengo sobre los papeles, incluso la traducción, es distinta a otras versiones”.

En el caso de la coreografía, Wons explica que fue todo un desafío, sobre todo el número final que debe tener la exactitud del tiempo de un reloj suizo. “Siento que la original –como está hecha en los años 70– ya estaba un poco antigua, necesitaba como una chapa y pintura de actualización, modernizarla un poco”.

Además de talento, si hay algo en lo que coincide este elenco es en que cada uno tiene una historia particular con este musical. “Fue la primera obra que vi en mi vida y decidí dedicarme a esto por este musical. Audicioné cuando se hizo en la Argentina y no quedé. La vi en el revival de Broadway, de 2006, y vengo peleando para dirigirla desde hace mucho tiempo. Recién ahora me di cuenta de que hablo igual que el personaje del director. Me influyó a tal punto que tomé este modelo de director para formar el mío”, confiesa Pashkus.

Wons pasó de un extremo al otro luego de ver este musical. “Cuando me enteré de que se iba a hacer y de que encima Ricky la iba a dirigir, lo llamé y le dije que yo quería hacerlo. Esta obra tiene un significado muy importante para mí, es la que me marcó, la que hizo que quisiera dedicarme a lo que hoy hago. Me cambió la vida, pasé del diseño gráfico a bailarín”, explica.

A su vez, a Laura Conforte –ahora la protagonista de esta puesta que se pondrá en la piel de Cassie– le pasó algo similar: “Mi mamá me llevaba al teatro y al cine y una vez me llevó a ver A Chorus Line. Viví una sensación que hoy es un poco inexplicable, difícil de contar. Salí muy conmocionada y con la certeza de que había nacido para hacer eso. Yo quería hacer eso: bailar en el escenario, cantar, hacer audiciones, que me elijan y no me elijan… quería esa vida, esa vida de mierda –dice entre risas–. En ese momento, las películas estaban dos meses en cartel, pero con pocas funciones, así que le dije a mi mamá: ‘Mientras esté en cartelera, quiero ir a todas las funciones’. Y ahora estoy acá y no lo puedo creer”, cuenta emocionada la actriz. Además vuelve a compartir escenario y pareja de ficción con Martín Ruiz, luego de protagonizar juntos siete exitosas temporadas de Casi normales. “Antes nos peleábamos como matrimonio y ahora nos matamos siendo exparejas… estamos destinados a amarnos y pelearnos excesivamente”, dice Conforte, riéndose. A lo que Ruiz agrega: “Hay una admiración mutua, poder trabajar con eso y sentirse libre y tranquilo de que la otra persona va a recibir y te va a dar. No hay mezquindad en el medio, con ella siempre es desde el disfrute y el amor”.

Él es el encargado de romper la “cuarta pared” –que separa al público del elenco–, ya que no actúa sobre el escenario, sino en la platea. “Poder trascender el espacio escénico es algo que no pasa muy seguido. El público sigue siendo espectador, pero el director de la obra les invade su espacio sin hacerlos parte de la escena, como si no estuviera”, concluye el actor.

Sofía Pachano también forma parte del elenco y asegura que lo

que diferencia a este musical de los demás es que el ensamble es el protagonista. “Tenemos que hacer las tres cosas muy bien, bailar, cantar y actuar, porque en algo que estés flojo, se te ve. Es un musical en el que estás muy expuesto. Además tiene la magia de que se cuentan historias de bailarines reales, por eso todos nosotros también nos sentimos muy identificados”, comenta la actriz.

El elenco se completa con Mariú Fernández, Jessica Abouchain, Mariana Barcia, Evelyn Basile, Emiliano Oberndorfer, Juan Martín Delgado, Matías Prieto Peccia, Juanjo Marco, Melenik Cambiasso, Clara Lanzani, Martina Loyato, Nicolás Di Pace y Nico Repetto. Además, la dirección vocal estuvo a cargo de Matías Ibarra, la dirección musical de Gaspar Scabuzzo y la producción de Javier Faroni.

Aprenderse la coreografía de cierre, donde la coordinación debe ser exacta, fue más fácil que pedirles que definieran con una sola palabra lo que es y significa para cada uno la obra. Luego de varios minutos de introspección, salieron a la luz las respuestas. Para Pashkus es fe, para Wons es deseo, para Conforte es reflejo, para Ruiz es ritual y para Pachano es profundidad. Sin dudas y, a pesar de las diferencias de significado, todos y cada uno forman parte de este equipo que trae de vuelta a las tablas este musical que –seguramente– cambió la vida a más de uno. Ellos aseguran que con la variedad de personajes que presentan es imposible no identificarse con alguno. Ni hablar de aquellos que sueñan con ser artistas o que ya lo son, pero aún no lo saben (porque todavía no vieron Chorus Line, así a secas, como se llama en esta versión).

Fuente: La Nación