Ciencia y rock: cuando las canciones de los Beatles y los Rolling Stones explican el mundo

Doctor en Biomecánica, Ernesto Blanco habla de “Los Rolling Stones y la ciencia” (Siglo XXI), su nuevo ensayo de divulgación científica que puede considerarse como una suerte de continuación o lado B de “Los Beatles y la ciencia”.

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Primero fueron los Beatles. El flequillo, las botas, la guitarra de “Baby you can drive my car”, la histeria. Hay algo inmensamente convocante en los Beatles: no se los puede poner como música de fondo de una reunión porque las conversaciones se van apagando para prestar atención a las canciones. Y, además, nunca se puede poner una sola canción.

Unos meses atrás, Julieta Roffo, colega del diario Clarín, decía que, si un extraterrestre quisiera conocer la música de la Tierra, habría que ponerle “Hey Jude”. Roffo es muy joven y tal vez no haya visto “Encuentros cercanos del tercer tipo”, la película de Steven Spielberg protagonizada por Richard Dreyfuss, pero con aquella idea —brillante— compartía la percepción de Spielberg que la música, antes que la matemática, puede ser un idioma común con otra especie.

Primero fueron los Beatles. Ernesto Blanco tenía 12 o 13 años cuando le regalaron un disco de los Fab Four y de ahí ya no paró. Hoy, con una maestría en Física de Partículas y un doctorado en temas de Biomecánica en la Facultad de Ciencias de la Universidad de la Republica (Uruguay), sigue haciendo convivir la pasión del científico y el melómano. En 2015 publicó un ensayo de divulgación científica alrededor de la música beatle y hace pocos meses escribió lo que podría ser considerado como el revés de aquel trabajo… con la música de los Rolling Stones.

Los Beatles en el estudio, grabando el Album Blanco

Los Beatles en el estudio, grabando el Album Blanco

Si antes analizaba desde la matemática el acorde inicial de “A hard’s day night”, ahora lo hace con el riff de “Satisfaction”. Si antes se podía interpretar “Lucy in the Sky with Diamonds” desde la antropología, ahora son los labios de Jagger los que se plantean como un hallazgo paleontológico. Si antes todo giraba en torno al “Álbum blanco”, ahora lo hace sobre “Píntalo de negro”. (¿Qué diría el extraterrestre del riff de Richards?).

El nuevo trabajo de Eduardo Blanco, Los Rolling Stones y la ciencia (Siglo XXI) es, en palabras de su autor, “una búsqueda que se inició cuando estaba terminando el libro anterior”. En diálogo con Grandes Libros, Blanco explica que “los Beatles eran un campo gravitatorio tan intenso que tuve que ir a buscar a los Stones. Escribir este libro fue una experiencia muy linda porque representa otra etapa de mi vida”.

Los Rolling Stones y la ciencia, de Ernesto Blanco (Siglo XXI)

Los Rolling Stones y la ciencia, de Ernesto Blanco (Siglo XXI)

El rock está asociado más con una pulsión emocional que con algo racional. Sin embargo, en el libro, música y matemática están muy relacionadas.

—La música y la matemática aplicada a entender el mundo nacen juntas. Pitágoras fue la primera persona que pensó que las matemáticas podían ser la herramienta para entender el universo, y lo hizo precisamente a través del análisis de la música, al tratar de explicar como fenómeno matemático la armonía de tocar dos notas en una cuerda.

¿El rock de los Beatles y los Stones nos afecta de una manera diferente a nosotros, en el aquí y ahora, que lo que le podría suceder a nuestros nietos o nuestros abuelos?

—La complejidad de la relación entre lo biológico y lo adquirido está muy presente en un fenómeno como la música. Por un lado, tenemos órganos capaces de detectar los sonidos y un sistema nervioso que los procesa. Pero lo cultural es central en la construcción, sobre todo en nuestras expectativas musicales: si escuchamos un sonido que nos parece musical, lo que esperamos nos va a generar una respuesta emocional en la medida en que esas se cumplan o se rompan. Y eso se construye dentro de una cultura, por lo que una cultura diferente va a evaluar la música de un modo diferente.

¿Dónde está el secreto de la música Stone?

—Es muy difícil contestarlo desde una única mirada. Hay cuestiones culturales, económicas, sociales, de marketing. Pero, sin duda, la música de los Stones —como la de los Beatles— representa cosas centrales de una época, a la vez que representa cosas universales. La música es una característica de nosotros como especie, así como el canto lo es para un ave. Tiene elementos centrales en la conquista sexual, en la comunicación con nuestros bebés, es un elemento de unión en pos de una acción conjunta.

Ernesto Blanco con el bajo de Paul McCartney (Foto: Cortesía Siglo XXI)

Ernesto Blanco con el bajo de Paul McCartney (Foto: Cortesía Siglo XXI)

¿Cómo se puede analizar científicamente una canción como “Paint it black”?

—Con letra de “Paint it black”, Mick Jagger encuentra de un modo intuitivo la conexión entre lo depresivo y lo oscuro. Pero hay descubrimientos recientes que muestran cómo la persona diagnosticada con depresión tiene una percepción diferente de los colores. La respuesta de los nervios que salen de la retina responden menos a los contrastes de color blanco y negro. Y, aparentemente, es una característica no solo de la vista sino de todos los sentidos, porque tiene que ver con los niveles de dopamina característicos de los estados depresivos que afecta a la comunicación nerviosa de los órganos sensoriales.

Siendo vos uruguayo, ¿qué nos acerca y qué nos distancia a los argentinos y a los uruguayos en la relación con los Stones?

—Creo que nosotros no la vivimos en una forma tan intensa, aunque seguramente muchos uruguayos sean verdaderos rollingas. Aquí, en Buenos Aires, es un fenómeno más llamativo. Ves gente de diversas edades con la camiseta con la lengua de los Stones; eso no se ve tanto en Montevideo. Creo que tiene que ver con que los Rolling Stones recién fueron a Uruguay en 2016 mientras que ustedes tienen una relación más cercana. Es una sensación muy subjetiva, nada científica.

Hablemos del trabajo del divulgador científico: ¿por qué es importante la divulgación y por qué elegís la música como vehículo?

—Una población que sabe de ciencia tiene más capacidad, en un sistema democrático, de tomar decisiones que la involucran y de entender cómo afectan su vida. Para el desarrollo de un país es necesario que exista un grupo importante de personas formadas en ciencia, y eso no ocurriría si no hubiera alguien que despierte la vocación en los jóvenes. Eso está bien y hay que decirlo, pero no es el motivo central de por qué hago ciencia. La divulgación científica tiene el mismo valor para la sociedad que la música: es un valor cultural. Conocer nuestro lugar en el mundo, nuestra relación y parentesco con otros seres de la tierra, pensar que puede haber vida en otros planetas: son cosas que tienen la misma potencia que una película, una poesía, una música. Le dan sentido a nuestra vida, nos permiten disfrutar.

Fuente: Infobae