El mundo íntimo de Serú Girán, contado por un fan

El periodista y músico Walter Domínguez siguió a la banda desde los 13 años. En su nuevo libro da cuenta de los inicios del grupo y sus resonancias en el tiempo. En la imagen de portada: Pintura de época. El segundo álbum de Serú Girán: una mirada ácida de la realidad.

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En 1978, en el marco de la dictadura militar -y mientras el país era tentado a involucrarse con la gesta deportiva, durante el Mundial 78-, Charly García pensó que había que encontrar un modo alternativo de decir las cosas en los oscuros tiempos de la represión

En ese contexto, convocaría a David Lebón, Pedro Aznar –como Charly, compositores y futuros solistas- y Oscar Moro –mítico baterista de entonces, y una auténtica máquina de precisión- para formar un grupo. Y le inventaría un nombre que condensa en dos palabras inventadas –Serú Girán– la intención de sortear la censura con el lenguaje propio del arte.

Walter Domínguez. Periodista, músico y, sobre todo, fan. / Ariel Grinberg

Walter Domínguez. Periodista, músico y, sobre todo, fan. / Ariel Grinberg

Cuatro décadas más tarde del primer show fundacional -el grupo se mantendría unido hasta 1982, y tendría un efímero relanzamiento comercial en 1992-, el repertorio de la banda que impactó de lleno en una generación, sigue vigente en plataformas como Spotify, que demuestra que sigue convocando el interés de los más jóvenes.

El periodista y músico Walter Domínguez, seguidor desde los 13 años y testigo privilegiado de la historia pública e íntima del grupo, elige abordarla desde un punto de vista personal, para dar cuenta “del impacto que la banda tuvo en un fan que los escuchó en tiempo real y que los vio en vivo desde su primer recital, cuando el rock no era masivo y cuando Serú Girán debía rendir duros exámenes ante público y prensa”, como refiere Marcelo Fernández Bitar en el prólogo de Serú Girán. La historia (Planeta).

Juntos. La banda, en 1992. /Ricardo Cárcova

Juntos. La banda, en 1992. /Ricardo Cárcova

“El 28 de julio de 1978 me encontró abrigado. Había faltado al colegio. Estaba desde el mediodía haciendo cola en el Luna Park para entrar a ver algo denominado Festival de la Fundación Genética Humana (…) Iba a presentarse para un público masivo la nueva banda de Charly García”, escribe el autor para iniciar esta crónica imperdible.

Ese músico. Charly García, en Nueva York, en 1992. / Adriana Groisman

Ese músico. Charly García, en Nueva York, en 1992. / Adriana Groisman

De esta manera, invocando sensaciones personales mientras se preparaba para asistir a los comienzos de la leyenda, va haciendo una radiografía exhaustiva de uno de los grupos más importantes del rock nacional.

Para esto también recurre a los recuerdos de músicos y figuras que participaron de esta gesta, como Daniel Grinbank, Héctor Starc, Fabiana Cantilo, Fabián “el Zorrito” Quintiero, Juanse, Willy Iturri, Iván Noble, Hilda Lizarazu y Palo Pandolfo. El libro crece en ese relato coral que sirve a su vez como retrato de una época.

Capítulo 1

Quiero contarles una buena historia

El 28 de julio de 1978 me encontró abrigado. Había faltado al colegio. Estaba desde el mediodía haciendo cola en el Luna Park para entrar a ver algo denominado el Festival de la Fundación Genética Humana. Era un concierto —en ese tiempo se decía “recital”— en el que tocarían León Gieco, Pastoral, Nito Mestre y los Desconocidos de Siempre, Horizonte y el grupo brasileño Casa das Maquinas. Además, iba a presentarse para un público masivo la nueva banda de Charly García, Serú Girán.

Para ese entonces ya era un pequeño veterano de esos shows en el Luna, al que llegué por primera vez con trece tiernos añitos. En la radio que se escuchaba en casa se anunciaba que Sui Generis iba a agregar otra función a su recital despedida “por localidades agotadas”. Sería el 5 de septiembre de 1975 (¿qué amante del rock argentino que se precie puede no saberlo?).

Vivía a no más de veinte cuadras del estadio y un único llamado telefónico me procuró un compañero de aventura. Fue el primer paso de un largo camino que continúa hasta hoy. Y sí, en ese tiempo pre-dictadura —como también durante la dictadura— un menor con actitud podía ir solo a ver un concierto. Para las autoridades de la época el rock no significaba un peligro sino una evasión. Preferían que los chicos escucharan música, aun aquella que les resultara inentendible y que consideraban extranjerizante, a que militasen en política.

En la tele. Serú Girán en 1992, con Nicolás Repetto y María Laura Santillán. /Rubén Catalano

En la tele. Serú Girán en 1992, con Nicolás Repetto y María Laura Santillán. /Rubén Catalano

Entonces, en ese julio del 78, con la resaca de los festejos por ser campeones mundiales de fútbol por primera vez, la fila sobre la calle Bouchard era de amable camaradería. Muchos de los que estábamos ahí, incluidos mis compañeritos del Pelle (la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini) ya nos habíamos visto antes en la misma situación. Algunos shows de La Máquina de Hacer Pájaros (la banda intermedia de Charly entre Suí y Serú), de Crucis y el famoso Festival del Amor del 11 de noviembre de 1977, en el que García juntó a todos sus amigos, a todas sus bandas (Sui Generis, Porsuigieco, algunos de La Máquina) para dar un concierto de casi tres horas (tal vez, la primera de sus maratones musicales).

Quiero escuchar cantar a tu remera

La recaudación de ese concierto sirvió en parte para financiar su estadía y la de David Lebón en la localidad brasileña de Buzios, donde partieron para crear Serú Girán. Con el tiempo, educando el oído hasta hacerlo más fino, comprobé que la acústica del Luna Park, con esos difíciles techos de chapa, es un desastre. Por algo estuvo pensado como un estadio para peleas de box y no para conciertos. Es cierto que luego estuve en muchos otros shows en el Luna que se oyeron pésimo, aunque también estuve en tantísimos otros (la mayoría del propio García) cuyo nivel de audio era muy bueno.

Es música. Charly y Pedro Aznar, en Rosario.

Es música. Charly y Pedro Aznar, en Rosario.

De aquella noche, sin embargo, no recuerdo haber percibido ningún problema de sonido. Esa es la razón por la que quería empezar a escribir en este punto mi historia de Serú Girán. Solo recuerdo a la banda en escena. No sé cuáles de los grupos o solistas tocó primero. Podría ordenarlos prolija y periodísticamente, hurgando un poquito más en los archivos. De hecho, incluyo a los brasileños de Casa das Maquinas porque encontré su nombre en esos viejos recortes. Pero no, nada. Solamente el recuerdo de Serú. Y eso que tocaron nada más que tres canciones. Seminare, Autos, jets, aviones, barcos y Loco, no te sobra una moneda, un tema de Charly que grabaron los Serú en Brasil, como banda de apoyo de Billy Bond en el álbum Billy Bond and The Jets —ellos eran los Jets—, y que más tarde tuvo su versión hi-fi en el disco Rock and roll Revolution, un álbum que Fito Páez grabó en 2014 como un homenaje a Charly.

Según pasan los años. Charly García, David Lebón y Pedro Aznar en el Festival de Cosquín, Córdoba, 2013. / Marcelo Cáceres

Según pasan los años. Charly García, David Lebón y Pedro Aznar en el Festival de Cosquín, Córdoba, 2013. / Marcelo Cáceres

Esas tres canciones me bastaron para saber que estaba viendo y escuchando otra cosa. Aquel póker de tipos era genial, uno por uno, y los cuatro juntos constituían una fuerza demasiado poderosa como para no ser escuchada. Fue una revelación. Una bisagra. Un antes y un después en mi modo de escuchar rock and roll.

Por eso, siempre discrepé —algunas veces al borde de la pelea— con quienes sostienen que esa noche de su debut ante un público masivo Serú Girán sonó mal, que las canciones eran ininteligibles y que la gente los abucheó y les revoleó las pilas de los grabadores (un aparte: había que ser muy fan de la música para llevar esos armatostes a casete a los shows y cargarlo toda la noche, pero valía la pena).

Yo no vi nada de eso. Tampoco recuerdo que ninguno de mis amigos se haya quejado ese día, ni los años posteriores, de algún aspecto del show. Tuve que darles algo de entidad a esos “detractores” recién ahora, cuando en la investigación previa para este libro leí declaraciones de Pedro Aznar validando el episodio de las pilas voladoras (él recuerda que eran de las más grandes que se fabricaban, y que dolían en serio).

Rock nacional. Charly García, David Lebón, Pedro Aznar y Oscar Moro.

Rock nacional. Charly García, David Lebón, Pedro Aznar y Oscar Moro.

Insisto con que yo, ubicado en la platea, no vi nada de esto. Embobado, mis ojos y mis oídos iban de la batería de Oscar Moro —a quien ya tenía super escuchado en los discos de Los Gatos y Color Humano— a la guitarra y la voz de David Lebón (del “Ruso”, así le decíamos los “enterados”). Sabía qué temas había compuesto para Pescado Rabioso, la banda que compartió con Luis Alberto Spinetta, y también podía cantar de memoria la mayoría de las canciones de su primer álbum solista, David Lebón. En el medio, en un costado en realidad —porque era donde se ubicaba— estaba Charly, a quien más había visto en vivo. Un imán, el líder del que todos esperábamos una palabra. Se lo veía cómodo en ese rol, compartiendo protagonismo con Lebón.

En Córdoba. Una presentación en Cosquín, 2013. / Marcelo Cáceres

En Córdoba. Una presentación en Cosquín, 2013. / Marcelo Cáceres

Existía una sensación de banda que no había percibido en su grupo anterior, aun cuando del “Charly García y la Máquina de Hacer Pájaros” había pasado a “La Máquina” a secas. Y Pedro Aznar. ¿Qué decir de Pedro? Era apenas tres años mayor que yo y estaba arriba del escenario con esos grosos. Y sí, porque era groso. Ya conocía su currículum. Había tocado en Madre Atómica, con el Mono Fontana en batería y Lito Epumer en guitarra, y había reemplazado a Alex Zucker en Alas, una importante banda de la época que fusionaba tango y rock.

También tocaba jazz en el grupo de Raúl Parentela (dicen que con Parentela lo vio Charly por recomendación ajena y que ahí se convenció que era la pata que le faltaba a su supergrupo). El joven Aznar y su virtuoso bajo también habían compartido algunos shows con Oscar Moro —también hay quien dice que fue el propio Moro, después de tocar con Pedro, quien se lo recomendó a Charly—, como la base de Pastoral, aquella banda de Alejandro de Michele y Miguel Ángel Eurasquín, que terminado Sui Generis parecía que iba a ser el nuevo dúo acústico sensación. Los Pastoral hicieron dos buenos discos, pero la muerte prematura de De Michele los privó de mayor recorrido y reconocimiento. Y, hay que decirlo, tampoco había allí un compositor de los quilates de García.

Volviendo a Aznar y a esa noche del debut en el Luna, yo sabía de sus pergaminos pero no lo había visto tocar. Esa noche, Pedro me conquistó para siempre. Y Serú Girán me pasó por arriba.

Las crónicas de la época recuerdan que la gente se quejó porque tocaron poco. Otra vez, mi sensación fue distinta. Esos tres temas me parecieron demasiado. Mucha música junta. Iba a necesitar un tiempo para procesarlo. Lo mismo volví a sentir en enero de 1991, en el único show que dio Prince en la Argentina. Tocó setenta y dos minutos. Le criticaron la duración del concierto. A mí, como con Serú, volvió a parecerme demasiado. No me pasó con nadie más.

Dominguez básico

Walter Domínguez es músico y periodista (en orden cronológico). Cantó y tocó en bandas como Soldado Venga!, Astro y sus Boys, y Veneno. Tiene tres discos solistas editados (Rockero, Actitud WD y Tercero) y va por el cuarto, del cual adelantó dos singles en 2017. Tiene amplia trayectoria en el periodismo gráfico, también trabajó en radio y TV. Actualmente es el editor jefe de “Spot” (la sección de Espectáculos, Cultura y Tendencias del diario Clarín) y está al aire en la FM Nacional Rock con dos ciclos, Asuntos pendientes (lunes a viernes de 8 a 10 hs.) y Domingo Walters, la otra cara del rock (domingo a las 10 hs.)

Fuente: Clarín.