Monstruos de la clásica: Dudamel y la Filarmónica de Viena, en un encuentro único

El director venezolano cerró la Gira de las Américas con la Filarmónica de Viena.

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La naturaleza comunicativa de Gustavo Dudamel, su sonrisa casi continua y la simpatía tan evidente como el talento lo convirtieron en una estrella inmediata y le dieron una fama súbita.
El director venezolano cierra esta noche la Gira de las Américas con la Filarmónica de Viena; antes se reúne con Mauricio Macri
Crédito: Rafael Pulido

En el Teatro Colón, Dudamel dirigió una joya, la Filarmónica de Viena, una de las orquestas con las que mantiene además una relación más estrecha, como quedó claro cuando se convirtió, en 2017, en el director más joven de los famosísimos Conciertos de Año Nuevo de Viena. Es el cierre de la Gira de las Américas, que empezó en Nueva York y pasó por México, Bogotá y Santiago.

A lo largo de los años, dos palabras estuvieron asociadas a la figura de Dudamel: “promesa” y “genio”. El primero de esos términos caducó por razones estrictamente cronológicas. Mientras se aleja de su juventud prodigiosa -esa que empezó junto a José Antonio Abreu y el Sistema Nacional de Orquestas Sinfónicas Juveniles, Infantiles y Pre-Infantiles de Venezuela-, Dudamel es ahora uno de los directores más respetados del mundo.

El segundo de los términos es, en cambio, más problemático. “Genio” constituye, en este caso, otra manera de referirse a la originalidad. Pero la originalidad, a diferencia del genio, no es un absoluto; depende de las condiciones. Ningún director (como ningún pianista) es original en todo el repertorio: algunos pueden serlo en Wagner, pero lo son menos en Debussy. Acaso solamente Carlos Kleiber tuviera la valentía de limitar su repertorio a un perímetro mínimo, aquel en el que sabía que tenía algo nuevo para hacer. Esto sin contar además con la maduración de las interpretaciones, que hace que una primera lectura sea revisada, o aun contradicha, por otra posterior.

Pongamos un ejemplo: es posible que muy pocos logren una versión de La consagración de la primavera, de Igor Stravinski, tan apasionante como la de Dudamel. Habría que pensarla en verdad como su pièce de résistance. Su sensibilidad rítmica es sencillamente asombrosa. Pero ese mismo atributo, proyectado sobre otras obras, puede deparar sin embargo resultados menos cabales. Y a Dudamel, un músico de tremenda ambición, le gusta jugar con esos peligros.

El vínculo del venezolano con la agrupación austríaca es estrecho: fue el director más joven de los famosos Conciertos de Año Nuevo

El vínculo del venezolano con la agrupación austríaca es estrecho: fue el director más joven de los famosos Conciertos de Año Nuevo Crédito: Terry Linke

Por ejemplo, quien haya escuchado el primero de los conciertos que ofreció en Buenos Aires, en 2011 y al frente de la Orquesta Simón Bolívar, con la Sinfonía Nº 7 de Mahler, no habrá dejado de advertir esa singularidad. Su lectura de la Séptima con la Orquesta Simón Bolívar fue detalladísima, enérgica y, por efecto de esa misma energía, quizá sin la fluidez que pide la escritura mahleriana.

En el documental de Enrique Sánchez Lansch La promesa de la música -la “promesa”, de nuevo- se ve a Dudamel mientras ensaya en Venezuela la Tercera sinfonía de Beethoven. En cierto momento, detiene a la orquesta: “Nunca antes de un piano toquen diminuendo. Siempre mantengan la tensión, y luego piano súbito”. La demanda revela toda una filosofía de la interpretación, estricta y dispuesta a resaltar las angularidades. Dudamel tiene 37 años, es todavía joven y será todavía interesante seguir el despliegue de esa filosofía en los dos mundos en los que habita: el de la Simón Bolívar y el de las filarmónicas de Viena o Los Ángeles. El golpe de genio, ya insinuado, sería justamente imponer una misma originalidad en los propios términos de cada una de esas circunstancias.

Dudamel inició lo estudios de dirección orquestal en 1995, primero con Rodolfo Saglimbeni y después con José Antonio Abreu. Ya a partir de 2005 sus compromisos internacionales se multiplicaron velozmente: las actuaciones con la Orquesta de Gotemburgo, el inicio de la relación con la Filarmónica de Los Ángeles -de la que es ahora director titular- y el contrato con el sello Deutsche Grammophon. Inversamente, las figuras tutelares lo celebraban: Claudio Abbado y Simon Rattler aceptaron ponerse al frente de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, y hace un par de años Daniel Barenboim optó por él para hacer la que con toda probabilidad sea su mejor versión como solista de los dos conciertos para piano de Brahms.

Su carisma sin atenuantes lo acercó al mundo del espectáculo en su sentido más masivo. En 2015, John Williams lo invitó a dirigir la música de apertura y de los créditos de cierre de Star Wars: Episode VII – The Force Awakens. Eso no es todo: apareció también en Mozart in the Jungle y muchos tendieron a ver a Rodrigo, el personaje de Gael García Bernal, como un alter ego de Dudamel, y el propio actor dijo: “Rodrigo no habría existido sin Gustavo”. En 2007, fue condecorado por Hugo Chávez con la Orden Francisco de Miranda.

Dudamel y la Filarmónica de Viena

  • Hoy, a las 20, en el Teatro Colón
  • Programa: Obertura para un Festival Académico y Variaciones sobre un tema de Haydn, de Brahms; Sinfonía Nº 4 de Chaikovski

Cuando la mayoría de las orquestas tienden a igualar su sonido, la Filarmónica de Viena mantiene el propio, inconfundible. Su fundación se remonta a mediados del siglo XIX, pero su vínculo con el Colón empieza en 1922, cuando Felix Weingartner dirigió la Tetralogía wagneriana. El año siguiente, vino con Richard Strauss, que presentó la Primera de Mahler y Muerte y transfiguración.

Fuente: La  Nación