Roger Waters: “Esto se pone cada vez peor”

MIRÁ LOS VIDEOS. Crítico de las redes sociales y de la situación política internacional, el ex bajista de Pink Floyd se presentará el 6 de noviembre próximo en la Argentina; "no es un trabajo sencillo y hacerlo a los 74 es demasiado", dice en San Pablo.

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“Nada de preguntas políticas”. La frase será pronunciada en varias oportunidades, por distintas personas, momentos y hasta idiomas, en tonos de gravedad que irán del pedido amable a la amenaza encubierta de un temprano fin de entrevista.

¿Acaso Roger Waters , uno de los músicos que más hace oír su voz en repudio de la “Era Trump”, que se cruzó con varios colegas en su llamamiento a boicotear a Israel por considerarlo el principal opresor del pueblo palestino, ya no quiere hablar de política? El pedido sonaba, al menos, extraño, aunque la invitación para poder conversar con el ex bajista de Pink Floyd parecía venir con esa condición.

Pero el temor de conocer el costado más áspero y susceptible de una estrella de rock se esfuma no bien él atraviesa la puerta de la sala de reuniones de un coqueto hotel de San Pablo. Con su uniforme de Roger Waters -jean oscuro, remera negra y zapatillas-, el legendario músico se muestra más cerca de un tío canchero que viene de un largo viaje que del artista/empresario que facturó más de 450 millones de dólares con su gira The Wall Live (2010-2013) y que, desde mayo pasado, salió nuevamente al mundo para presentar su más reciente trabajo, Is this the Life we Really Want? El Us+Them World Tour traerá a Waters al país el 6 de noviembre de 2018, tras el récord que marcó en 2012, con nueve fechas en el estadio de River y un total de 400.000 entradas vendidas. “El setlist de este show está basado en el que hicimos en el Desert Trip, en octubre de 2016″,  cuenta en referencia al festival que lo reunió con otras leyendas del rock como Paul McCartney, The Rolling Stones y Bob Dylan. “Cuando decidimos empezar a armar este tour, me di cuenta de que la gente siente mucha cercanía con el material que hicimos en los 70, y que debía tocar esos temas si realmente significaban algo hoy”, continúa, evitando mencionar a Pink Floyd, la banda que fundó a mediados de los 60 y que lo terminó enfrentando letalmente al baterista Nick Mason y al guitarrista David Gilmour.

No es casual que la nueva gira tome el nombre de una canción del disco The Dark Side of the Moon: según Waters, el setlist intercala un 75 por ciento de “viejo material” con un 25 de su nuevo trabajo. “No hay nada de lo que sucedió en el medio. Inevitablemente, siempre viene alguien y me dice: «Ay, ¿por qué no tocan tal canción?», y yo respondo: «¿Por qué carajo no te dedicás a este negocio?». No me interesa lo que piensen, a nadie le importa cuál es tu disco favorito”, apunta, antes de arremeter contra las nuevas “vías de comunicación” entre público y artistas.

“Eso es lo que está mal con las redes sociales: se trata de un montón de gente expresándole sus sentimientos y lo que piensan al mundo. ¡A nadie le importa! ¿Tienen idea de lo difícil que es esto? No es un trabajo sencillo y hacerlo a los 74 es demasiado”, dice. “Todos los días sigo pensando en cómo mejorar el show. ¿Es lo suficientemente movilizador? ¿Hay alguna posibilidad de conectarse mejor con la audiencia? Hay bandas, y no pienso dar nombres, que pasan de las emociones y se dedican a tocar sus más grandes hits desde hace 50 años. Algunos son amigos y los admiro, pero que lo hagan es una tristeza para ellos. No quiero eso para mí”.

Waters mira fijamente a los ojos cuando contesta, se ríe y habla sin parar. “Deben interrumpirme, porque yo sigo”, dice, ignorando los rostros de desesperación de sus asistentes, que miran el reloj continuamente como si el mundo estuviera por acabarse.

Is this the Life we Really Want?, su nuevo trabajo, también suena a Pink Floyd, pero ahora sus letras hablan de Guantánamo, de refugiados y de niños que escapan del horror y terminan muertos a la orilla de un mar. Los tópicos se han actualizado, aunque el sonido sigue siendo amenazante, triste, enojado, oscuro y discretamente ampuloso. Waters no necesita experimentar; por el contrario, parece aferrado a su marca con uñas y dientes, aunque él no lo diga abiertamente ni le cause gracia que se lo mencionen.

“Cuando este nuevo álbum salió, fui a ver cuánta gente realmente escucha música por streaming y qué tipo de cosas se escuchaban. Descubrí que hay alguien llamado Drake. Busqué imágenes y pensé que lucía bien. No sabía quién era, pero tenía una canción, «no sé qué Bling» [“Hotline Bling”], reproducida 1200 millones de veces. ¡1200 millones de veces!”, cuenta con gracia y los ojos bien abiertos. “Me puse a escucharla y…. Llamé por teléfono a varios amigos para decirles: «¡No tienen idea de lo que está pasando en el mundo! Es increíble. 1200 millones de veces las personas decidieron escuchar esta canción que no tiene absolutamente ningún mérito, ninguna clase de contenido musical o lírico. Es algo completamente vacuo»”.

Tiene lógica: el hombre que fundó a la banda de rock posiblemente más conceptual de todos los tiempos se niega a comprender que alguien pueda tener ganas de escuchar música de manera caprichosa o lúdica, haciendo zapping entre un puñado de temas elegidos por sí mismo o por un tercero.

“Solía pensar lo mismo de MTV y de lo horrible de tener que hacer videos de tres minutos para que se sucedieran uno detrás de otro, sin sentido alguno. Eso no ayuda a que la raza humana avance a algún lugar… Ahora todo se trata solamente de hacer plata, y si uno pregunta le responderán: «Sí, ¿qué tiene de malo eso?»”, explica entre la sorpresa y la ofuscación. Entonces, Waters cita a Goethe para apuntar sus dardos. “Ninguno está más irremediablemente esclavizado que aquellos que creen falsamente ser libres. Spotify no tiene nada que ver con la música, la creatividad o el espíritu humano, sólo tiene la intención de mantenerte esclavizado”.

Waters habla de política todo el tiempo. Nadie ni nada puede evitarlo, porque se expresa políticamente, canta sobre política, monta shows políticos e, inevitablemente, sus respuestas siempre derivan en cuestiones políticas. La gestación de Is this the Life we Really Want? es un hecho político en sí mismo, según cuenta.

Su disco anterior, Amused to Death, fue publicado 25 años atrás. “Ese fue un trabajo ignorado por todo el mundo, y creo que eso me llevó a pensar: «Bueno, quizás es momento de probar otras cosas»”, bromea. “Mientras estaba de gira con The Wall Live surgió la idea que atraviesa este disco. Fue acá mismo, en San Pablo. Les dije a mis músicos que subieran a la terraza conmigo, que iba a mostrarles una canción nueva que se llamaba «If I had been God» (Si yo hubiese sido Dios). Finalmente se llamó «Déjà Vu», pero haberla escrito fue el punto de partida de todo este disco. Quizá me llevó 25 años darme cuenta de que la verdadera pregunta es qué hubiera hecho si hubiera sido Dios. Soy ateo, pero siento que toda la noción judeocristiana de que todo esto estaba destinado a ser y que estamos siendo guiados por un ser superior se vuelve más bizarra día a día”.

El músico, entonces, recita un fragmento que finalmente quedó afuera de la canción pero que, a su entender, es lo más importante que escribió para todo el disco: “Si hubiera sido Dios, no hubiera elegido a nadie/ sino dado una mano pareja a todos mis hijos/ y todos habrían estado felices de renunciar al Ramadán y la Cuaresma/ aprovechando mejor el tiempo en compañía de amigos, haciendo pan y reparando redes”.

Waters hace un silencio, baja el tono de voz. “Ahí está la raíz de los conflictos internacionales de hoy en día, en esta absurda idea de que un ser todopoderoso pierde su tiempo eligiendo a unos por sobre otros, a los musulmanes, a los cristianos, a los judíos… Es tan ridículo que te dan ganas de agarrar al mundo del cuello, sacudirlo y decirle: «¿Qué mierda te pasa? Mirá todos los problemas, lo que pasa alrededor, la desigualdad creciente entre los muy ricos y los que apenas se mantienen vivos». Y esto se pone cada vez peor”.

La verborragia de Waters ha costado 6 minutos más de lo esperado. Una asistente parece estar al borde del desmayo, desesperada por llevar al cantante a otra sala donde lo esperan las cámaras de televisión. Él agradece, se pone de pie, saluda con un apretón de manos y se retira tranquilamente. El tiempo se ha ido, pero a él parece ya no importarle.

Fuente: La Nación.