Una noche en el Colón que interpeló a todos los públicos

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Fuera de ese primer avistaje, no queda más que adentrarse la cuestión y observar que los rótulos que se asignan a la Filarmónica y a Dudamel también puedan ser intercambiables, sin que aquello –como en las ecuaciones aritméticas- altere el resultado expresivo final, configurado por una acumulación de singularidades.

Fundada en 1842, la Filarmónica de Viena ha asentado su reconocimiento en un sonido único, en la exaltación de su rica tradición local (vienesa) y en la acentuación de algunos timbres (cornos, oboes), justamente relacionados con su motivación histórica y que se ha modelado en derredor del repertorio de Wolfgang Mozart, Johannes Brahms, Ludwig van Beethoven o Gustav Mahler.

Aquella custodiada sonoridad ha sostenido una política: la Orquesta se ha mantenido al margen directores titulares, acaso por la vocación de atemperar los contornos personales que todo director impregna a sus dirigidos. Allí la convocatoria a Dudamel (en 2007 se había convertido en el director más joven en conducir a la Filarmónica), que irradia una personalidad avasallante, señala una primera tensión (en su mejor sentido), que incluso pone en duda el presunto carácter estático de la Filarmónica en el plano musical (es sabido, por caso, en el plano político, la retardataria inclusión de mujeres en las filas del cuerpo recién se concretó en 1997, entre más acusaciones con fundamento).

Dudamel, violinista y director, es la expresión del legado de José Antonio Abreu y la combinación del genio personal, la ambición artística y el espíritu de trascendencia sintetizado en su célebre programa llamado “El Sistema”: Sistema Nacional de Orquestas Sinfónicas Juveniles, Infantiles y Pre-Infantiles, de una profunda raíz social y que –sin la extensión que logró en Venezuela durante el gobierno de Hugo Chávez- se ha remedado en otras partes del mundo.

Pero el venezolano, de 37 años, aun emergente de los márgenes de los centros musicales del mundo, es la expresión de la música de tradición europea e incluso su extraordinario programa social y musical se edifica sobre ese universo y sobre sus herramientas; y, en ese sentido, resulta más un elemento de continuidad que de ruptura para el mundo de la academia musical.

Esos elementos de dos continentes, sazonados, se pusieron en juego, anoche, en el concierto que la Filarmónica de Viena ofreció en el Teatro Colón, parte de un trimestre de trabajo conjunto de Dudamel y la orquesta. Inauguraron una gira en Estados Unidos con extensión por México, Colombia, Chile y Argentina.

Hay, en el caso propio, una reminiscencia histórica de valor ya que orquesta vienesa hizo su primer gran viaje en 1922, que incluyó Buenos Aires, para presentar la Tetaralogía wagneriana y, un año más tarde, volvió nada menos que bajo la batuta de Richard Strauss.

Aquel fue el contexto de la interpretación, anoche, sin solistas, de la Obertura para un Festival Académico, Opus 80, y Variaciones sobre un tema de Haydn, Op. 56, de Johannes Brahms; que forman parte del repertorio “esencialista” de la Filarmónica; completados por la Sinfonía Nro. 4 de Piotr Illich Tchaikovsky, hace años –también- incorporado a los títulos usuales; todo bajo un programa romántico.

Sea como fuere el temperamento del público; sean los espíritus pulcros del “Gran Abono” o el público estudiantil dueño de una escucha abierta y transformadora; el concierto de anoche de la Filarmónica le habló, a la vez, a las dos orillas y, probablemente, las haya complacido por igual.