Vendía flores en la calle Corrientes y un tango lo convirtió en parte de la historia porteña

Pablo González tiene 59 años. A los 9, Horacio Ferrer contó su historia en "Chiquilín de Bachín", que grabó con Piazzolla hace medio siglo. Estuvo en la final del Mundial en el Luna Park, cuando Amelita Baltar volvió a cantar el tema que grabó por primera vez en 1968.

rknlUYE8m_930x525__1

Pablo González vendía flores a los 9 años e inspiró a Horacio Ferrer a escribir la letra del tango Chiquilin de Bachín, con música de Astor Piazzolla.

A sus cincuenta y nueve años, tres hijos y cinco nietos, Pablo Alberto González todavía responde cuando lo llaman “Chiquilín”, ese apodo con el que el poeta Horacio Ferrer lo invitaba a la mesa cuando lo encontraba vendiendo flores en las noches del restaurante Bachín. En Pablo y en todos los “angelitos con bluyín” que por entonces deambulaban por la calle Corrientes tratando de ganarle a la pobreza, se inspiró el maestro para componer, con música de Ástor Piazzolla, el famoso tango que grabó por primera vez Amelita Baltar en 1968 y que recorrió el mundo, versionado en más de diez idiomas.

“Chiquilín” tenía ocho años cuando conoció a Horacio Ferrer y nueve cuando se grabó la canción. Vivía junto a su mamá, tres hermanos, dos hijos de una de sus hermanas y su padrastro inválido un hotel en Marcelo T. de Alvear y Alem, los ocho en una misma habitación.

Por las noches vendía flores en los restaurantes frecuentados por músicos, poetas y toda clase de artistas. Ya lo conocían y más de una vez lo invitaban a cenar. “Leonardo Favio era muy amable”, recuerda hoy. “Siempre que me veía me decía que comiera algo”.

Pero su recuerdo más cariñoso, casi devoto, va para el maestro Horacio Ferrer, de quien habla como un padre. “Llegaba con Goyeneche, con otros artistas y siempre me decía ‘Chiquilín, sentate con nosotros'”, cuenta. Eran momentos de gloria para un pibe que, como él, no tenía todas las comidas aseguradas. “Y a su madre mira, yira que te yira, pero no la quiere ver”, dice la canción, y Pablo se ríe mientras explica el sentido de ese verso: “Como yo sabía que nos teníamos que ir, me sentaba de espaldas a la calle para no ver a mi vieja, y ella tenía que pasar una y otra vez hasta que me daba vuelta y podía llamarme”.

Pablo González vendía flores a los 9 años e inspiró a Horacio Ferrer a escribir la letra del tango Chiquilin de Bachín, con música de Astor Piazzolla. Hace unos años, retratado con el mural que recuerda el tema en el restaurante Chiqulín Foto: Silvana Boemo

Pablo González vendía flores a los 9 años e inspiró a Horacio Ferrer a escribir la letra del tango Chiquilin de Bachín, con música de Astor Piazzolla. Hace unos años, retratado con el mural que recuerda el tema en el restaurante Chiqulín Foto: Silvana Boemo

Madrugada por medio, después de las ventas, “Chiquilín”, su madre y sus hermanos se iban desde el centro hasta el antiguo mercado de flores de Corrientes y Acuña de Figueroa, para reponer mercadería. Todavía hoy a Pablo se le iluminan los ojos cuando recuerda aquel momento glorioso. “No veía la hora de ir”, dice. “En el primer piso vendían unos tazones de café con leche enormes y unas medialunas así de grandes”, muestra con las manos. Allí desayunaban y luego volvían en subte hasta el Bajo, y de ahí caminando hasta la casa, pateando una pelota… de papel.

Se percibe tristeza en ese tango con el que Ferrer pone ante los ojos y oídos de todos nosotros la vida de los chicos que crecen en la calle, que no van a la escuela, que todos los seis de enero, en vez de regalos, reciben a “tres reyes gatos que roban sus zapatos”.

Y sin embargo, no hay ni una sombra de queja en el relato que Pablo hace de su niñez aventurera. Las mañanas con sueño, el fútbol en el Parque del Retiro, los primeros intentos en Estudiantes y luego en las inferiores de Boca. También las travesuras infantiles, como cuando junto a su hermano robaban los frasquitos de vidrio con yogur que por entonces había en la entrada de los almacenes. “¿Qué hace esto en casa”, preguntaba al otro día su mamá. “¿No te acordás, ma? ¡Vos los compraste ayer!”, insistía entonces “Chiquilín”, con su arrolladora simpatía.

A los quince años se cansó de vender flores y Ferrer le consiguió un trabajo como asistente de cámara en el viejo Canal 7. Luego, Alejandro Romay lo llevó a Canal 9. En el medio se casó -con Mirta, de la que habla todavía enamorado-, tuvo dos hijos y una hija, terminó la escuela primaria a los veintiséis y la secundaria a los treinta y cuatro. Después vinieron los nietos, que son su adoración. Desde hace más de treinta años vive en Florencio Varela, es fletero, peronista -insiste en decirlo para la nota- y fiel cultor de los domingos familiares con pastas o asado, una costumbre heredada de su mamá, que amasaba con pasión.

Por las noches, cara sucia de angelito con blue jeen vende rosas por las mesas del boliche de Bachín. Si la luna brilla Sobre la parrilla, Come luna y pan de hollín. Cada día en su tristeza que no quiere amanecer, lo madruga un seis de enero con la estrella del revés, y tres reyes gatos roban sus zapatos, uno izquierdo y el otro también. Chiquilín, dame un ramo de voz, así salgo a vender mis vergüenzas en flor. Baleáme con tres rosas que duelan a cuenta del hambre que no te entendí, Chiquilín. Cuando el sol pone a los pibes delantales de aprender, él aprende cuánto cero le quedaba por saber. Y a su madre mira, yira que te yira, pero no la quiere ver. Cada aurora, en la basura, con un pan y un tallarín, se fabrica un barrilete para irse y sigue aquí es un hombre extraño, niño de mil años, que por dentro le enreda el piolín. Chiquilín, dame un ramo de voz, así salgo a vender mis vergüenzas en flor. Baleáme con tres rosas que duelan a cuenta del hambre que no te entendí, Chiquilín. Chiquilín de Bachín. De Astor Piazzola y Horacio Ferrer

En la recova del Bajo, donde vivía, ya no hay hoteles familiares sino edificios de oficinas. El restaurante Bachín, de Montevideo y Sarmiento, junto al “Mercado Nuevo”, fueron demolidos y en su lugar está hoy el Paseo La Plaza. Hasta el viejo mercado de flores de Corrientes y Acuña de Figueroa ya no es el mismo. Pero la niñez de Pablo, con sus sinsabores y sus juegos, quedó inmortalizada para siempre en este valsecito que este 22 de agosto cumplió cincuenta años.

El festejo no pasó inadvertido. En la final del Mundial de Tango que se llevó a cabo en Buenos Aires, fue Amelita Baltar -la mejor versión en voz femenina, y Goyeneche en masculina, según Pablo- quien entonó las estrofas de la canción, ante todo el Luna Park. “Chiquilín”, por supuesto, fue invitado, junto su familia y sus amigos. Y se llevó parte de los aplausos que, nobleza obliga, le corresponden.

Fuente: Clarín