El corsario: una impecable producción capaz de saciar la sed de aventuras

Viernes y sábado, a las 20; domingo, a las 17, en el Teatro Colón. 

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El corsario. Coreografía: Anne-Marie Holmes. Reposición coreográfica: Julio Bocca y Lorena Fernández. Intérpretes: Herman Cornejo, María Kochetkova y Daniil Simkin. música: Adam, Drigo y Delibes. Escenografía: Christian Prego. Vestuario: Aníbal Lápiz. Por el Ballet Estable del Teatro Colón, con dirección de Paloma Herrera.

El galeón de Conrad desembarcó otra vez en el escenario del Colón. Con la misma producción local realizada en 2013, este viaje llevó a bordo estrellas internacionales en la función del estreno, anteayer, y también en la de esta noche.

El bailarín argentino Herman Cornejo, principal en el American Ballet Theatre (ABT), encarna al corsario; María Kochetkova, bailarina principal del San Francisco Ballet, es Medora, y Daniil Simkin, también del ABT, el esclavo Alí.

A diferencia de muchos clásicos del ballet, aquí las aventuras y desventuras piratas permiten el protagonismo de los intérpretes masculinos, que en muchas obras trabajan mayormente de partenaires. Y eso es producto del poema original de Lord Byron, del libreto de Joseph Mazilier y Vernoy de Saint-Georges (versión de Yuri Grigorovich), y de la coreografía de Anne-Marie Holmes, que no dejó de lado la historia original. Pero también de la mano de Julio Bocca , repositor coreográfico junto con Lorena Fernández.

En esta puesta de El corsario, el vaivén sobre el barco es orgánico. Las escenas de esgrima o tiros son verosímiles en su bravura. Los personajes que se mueven por intereses espurios resultan odiables. El Conrad de Herman Cornejo lució aplomado en los primeros actos y muy eficaz en la interacción con los otros personajes, hasta que llegó su momento de gran lucimiento en las variaciones del tercer acto.

Los roles principales femeninos tocaron dos cuerdas diferentes. Maria Kochetkova tuvo más a flor de piel su rol de víctima de trata, tanto que intentando escapar eran creíbles sus ansias de fuga. Y si bailaba obligada para el Pachá, estaba verdaderamente triste. En cambio, Macarena Giménez como Gulnara jugó un tono de picardía y sumisión más cercano a quien padece el síndrome de Estocolmo.

Los entes sutiles también tienen aquí su zona de esparcimiento: el jardín animado de la tercera parte es todo un acto blanco, aunque los tutús sean rosados. La acción se congela dentro del sueño del Pachá y el público colma su anhelo de liviandad y simetría.

Salvo por algunos errores técnicos y de utilería, la producción del Teatro Colón es impecable, capaz de colmar las expectativas de diversas audiencias. ¿Virtuosismo? Hay. ¿Interpretación dramática? También. Pueden salir conformes los que esperan seres etéreos. Y sobre todo los que tienen sed de aventuras.