En plena City porteña, un teatro en un antiguo convento

En el segundo piso de San Ramón Nonato, en la calle Reconquista, desde hace 22 años, funciona la compañía de teatro clásico que dirige Martín Barreiro.

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Hace 22 años que el teatro clásico tiene su propio espacio en la City porteña. Desde 1996, la Compañía de Teatro Argentino de Cámara, que dirige Martín Barreiro, funciona en el teatro El Convento, un ámbito que le fue dado en comodato por los frailes mercedarios y tiene su sala en el segundo piso del Convento Grande de San Ramón Nonato, en Reconquista 269.

En el segundo piso de San Ramón Nonato, en la calle Reconquista, desde hace 22 años, funciona la compañía de teatro clásico que dirige Martín Barreiro
 Fuente: LA NACION

Luego de franquear un portón de madera, una pequeña escalera lleva a un paradisíaco espacio que conserva su arquitectura colonial. En su centro está ubicado un patio con jardín de altas palmeras y plantas, presidido por la estatua de la Virgen de la Merced -la basílica está en la esquina de Reconquista y Tte. Gral. Perón-.

El verde espacio bordeado por amplias galerías en las que funcionan restaurantes y locales de anticuarios permite un relax al febril ritmo del barrio de San Nicolás.

En uno de los costados, otra escalera de madera tan vieja como el tiempo -no sabemos si es de roble- lleva a las galerías del segundo piso. Un exclaustro con una arcada sirvió de inspiración a Barreiro y su equipo para ambientar su sala, de 50 o 70 butacas, depende de las obras.

Universitarios, gente de la City, fanáticos de los clásicos y alumnos y exalumnos de la Compañía de Teatro, con los que se comunican a través de las redes sociales y mails, y a los que a lo largo de los años les han ofrecido piezas de Shakespeare ( Hamlet, Macbeth, Otelo, Rey Lear, Julio César, Tito Andrónico, Ricardo III) o de Molière ( Las picardías de Scapin El avaro, se mantuvieron ocho años en cartel), conforman su entusiasta público.

Estas obras les permitieron ser declarados de interés cultural por el Ministerio de Cultura de la Nación y lograron el reconocimiento de países como Francia, España, Brasil y Chile, a los que han viajado con sus espectáculos.

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En la actualidad ofrecen dos muy interesantes puestas en escena de dos libros de Dostoievski, adaptados para el teatro por su director: Crimen y castigo, estrenada en 2017 -viernes, a las 21- y la reciente Los hermanos Karamazov -sábados, a las 21-.

Sentado en la platea de su sala, Martín Barreiro se entusiasma en contar la historia de ese edificio que los alberga, cuya piedra fundacional data de 1600, aunque su arquitectura se presume es de fines del 1700. Allí funcionaron en distintas épocas, desde las aulas de la Universidad Católica hasta las oficinas de la Fundación Eva Perón. “El edificio está declarado monumento histórico nacional -explica nuestro anfitrión-. Pertenece a la orden de los mercedarios, que están separados de la Iglesia Católica y ellos mismos se subvencionan.

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Tienen estancias en Córdoba, en las que elaboran productos que venden y acá alquilan los salones de la planta baja para su mantenimiento. Es un convento activo, acá se forman los frailes y sus aulas están en el tercer piso”. La Orden de la Merced nació en épocas medievales y se dedicaba a rescatar cautivos. Uno de esos cautivos fue Miguel de Cervantes y no hay que olvidar que Tirso de Molina fue fraile mercedario. “Yo soy laico y ellos me han dado una amplia libertad para trabajar, pero no hay que abusar de eso, por eso elegí hacer teatro clásico y no partidario de ninguna índole. Nuestra obligación al tener la sala en comodato es mantenerla activa todo el año.

A ellos les interesa aportar a la cultura, porque es una forma de rescatar conciencias, que es lo que se hacía en la época medieval. Acá formamos actores, vienen profesores de esgrima, artes marciales, danza, canto, para trabajar con la compañía. No tenemos subvenciones, solo la taquilla y el boca en boca nos permiten mantenernos y producir las obras. Ganamos los premios María Guerrero y Florencio Sánchez. El arte exige disciplina -acota-, los actores son los únicos que creen que esa disciplina no es tan necesaria, yo sin embargo la impongo”, concluye el director de este espacio que merece la pena darse a conocer.

Fuente: Juan Carlos Fontana – La Nación