Arte callejero, zona de conflicto

MIRÁ LA GALERÍA DE IMÁGENES. En la capital más pintada del país conviven todos los estilos de gráfica y muralismo. Hay diez mil graffiti en la ciudad.

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En una de las pocas esquinas de La Plata que aún no ha crecido hasta convertirse en edificio de cemento gris y balcones más grises todavía, llegando al cruce de la Avenida 13 y la calle 59, alguien escribió en aerosol azul: “Ellos tienen los medios, nosotros las paredes”. La leyenda, concisa, explica una situación que, con el paso de los años, se ha vuelto la referencia contemporánea de la tradicional “ciudad de las diagonales”. Entre murales, leyendas y pintadas, alrededor de diez mil graffiti se despliegan por las paredes de la ciudad. Pero ¿síntoma de qué es exactamente esta tendencia que abarca fenómenos tan dispares como la inscripción “7 a 0”, en alusión a un histórico partido de fútbol local, el retrato del Indio Solari y el esténcil en el que la foto del presidente Mauricio Macri se fusiona con las icónicas orejas del ratón Mickey? ¿Qué es lo que estas paredes cubiertas ponen al desnudo?

A diferencia de otras ciudades como Miami o Bogotá, donde existen barrios enteros de muros entregados al color y las imágenes, en La Plata no hay ningún programa, sensibilidad particular, ni intención que organice lo que acontece en las paredes. Pero si acá el graffiti crece así de silvestre, es porque existe un sustrato que le resulta favorable: a la presencia de cientos de jóvenes que llegan a la ciudad cada año a estudiar en la universidad (muchos de los cuales son los autores de los murales en el espacio público) se suma un número significativo de espacios abandonados, baldíos, casas destruidas y edificios inconclusos, en suma, gran variedad de soportes, para que las pintadas furtivas proliferen.

En el centro de esa coyuntura, el recuerdo amargo de la inundación de 2013 –uno de los episodios más dramáticos en la historia de esta ciudad, signado por la pérdida y el ocultamiento– podría ser otro tipo de aliciente: llenas de amor y de rabia, podrían pensarse estas paredes como la herida supurante, a la espera de la justicia y la reparación.

¿Pero es que permanece algo todavía en estas paredes de aquel espíritu punk que asomaba en la génesis del movimiento grafitero en la Europa de los años 80, o del ejercicio de afirmación y destreza que implicaba para los jóvenes del Bronx, en esos mismos días, escribir frases en los vagones dormidos de trenes y subterráneos? ¿Qué persiste hoy de esa contracultura en estas calles de La Plata, herederas también de otro tipo de afirmaciones –las más simples, las del ego y el nombre propio, las que ven en la omnipresencia la clave del éxito social– tan cercanas al vagabundeo por la ciudad como al que determinan, para sus usuarios, redes sociales como Facebook o Instagram?

Arte callejero, zona de conflicto

Para no olvidar.  La imagen de Luxor en uno de los barrios más castigados por la inundación de 2013. Foto de “La plata ciudad pintada”.

Legal e ilegal, aquí el graffiti prolifera como los virus, como ellos se pega o empasta, se vuelve palimpsesto, capa sobre capa. Pero jamás se superpone: como una ley en ningún lado escrita, el código del grafitero exige que nunca se intervenga sobre lo que otro ha intervenido. A la firma –que no reconoce viviendas, cortinas, vidrieras ni ventanas como límite– sólo la frena la firma. Es que la firma puede ser consustancial al arte callejero; en algunos casos, como en el llamado estilo “vandal”, puede ser su génesis: un alfabeto distorsionado y hermético, a veces ilegible pero que el ojo capta como el logo, la marca de una pandilla. Que se hayan escrito en el apuro no impide el detalle, pintura en arabescos, a los que los grafiteros llaman berretines.

En constante crecimiento en la última década, esos graffiti han motivado dos publicaciones bien documentadas que repasan el fenómeno desde diversos ángulos (ver el recuadro). Dos graffiti locales fueron incluidos en la recopilación Arte urbano de los cinco continentes, realizada en 2010 por el alemán Nicholas Ganz. En 2012 artistas locales participaron del festival Zigzag, al que acudieron más de 260 grafiteros de América y Europa. También se abrió un centro cultural, “La rosa china”, cuyas paredes están enteramente intervenidas por los artistas callejeros más exquisitos, procedentes de los más disímiles puntos (desde La Plata hasta Japón). Agreguemos que una campaña política municipal se desplegó en estos muros, la del ex intendente Pablo Bruera. Y se ha llegado a una ordenanza municipal surrealista, que prohíbe la venta de aerosoles a menores de dieciocho años, a fin de preservar los muros en blanco (sin éxito). Todo ello refuerza y da un marco –de a ratos artístico, de a ratos sociológico e incluso rayano en el absurdo– a una realidad irrefutable.

La manzana que encierran las calles 61, 14, 15 y la Avenida 60 corresponde a un antiguo asilo para ancianos, en cuyas paredes brotan el pasto y las plantas. Mientras del lado de adentro de la fortaleza enmohecida los abuelos esperan visitas que nunca llegan o la generosidad de algún vecino que acerque ropa o zapatillas, la parte externa de los muros se ha convertido en uno de los corredores más “trash” de la ciudad. Hasta ahí llegan las bandas a estampar sus firmas apenas legibles. Cada uno respeta un fragmento de muro, determinado por la estructura arquitectónica. Los grafiteros miran la ciudad como nadie. Contrariamente a lo que el prejuicio podría indicar, hay en ellos una observación rigurosa, y respetuosa, a su manera, del espacio a intervenir.

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Graffiti Vandal.  El estilo que viene ganando paredes en los últimos años. Foto: “La Plata, ciudad pintada”

Herederas directas del graffiti asociado a la emergencia de la música hip hop, que se desarrolló en los márgenes negros de la Nueva York de los años 80 –esos que los empresarios incendiaban a diario, hasta volver negocio rentable el entorno desecho de cientos de familias, y que el director Buz Luhrmann retrató en la serie The Getdown, en una interesante fusión de la fantasía musical con el más crudo material de archivo– el fenómeno de los “tags” (como se denominan en la jerga las firmas que cada grupo o “crew” ensaya hasta volver un ícono propio) es muy distinto al de las leyendas o de los murales. Aquí también se encuentra una relación directa con la forma en que el espacio público parece estar (des) habitándose.

En Plagar. El grafitti desde el Bronx a La Plata, Leandro de Martinelli escribe: “Debajo de las pintadas más vistosas suele haber espacios semidestruidos, casas tapiadas, lugares abandonados (…) el graffiti señala el abandono de viviendas y edificios, lo trabaja, lo adorna, lo transforma en espectáculo, lo solidifica pero a la vez lo oculta (…) proporciona una forma transgresora que tapa transgresiones más importantes, como las que produce el ciclo de la especulación inmobiliaria”.

Es que, tanto como las firmas y las pintadas, vienen proliferando en la ciudad los rascacielos. Cegadas por las torres vecinas, asediadas por las lauchas que llegan de baldíos aledaños, las casas bajas que en algún momento definieron la fisonomía de la ciudad se rinden exhaustas ante la desregulada oferta de las empresas constructoras. Y entre demoliciones y abandonos, el aerosol se erige como una nueva señalética.

Detrás del barniz vanguardista que le prestan a la disciplina los encargos puntuales de clientes –esos benefactores–, no faltan historias de cierto dramatismo. Es conocido el caso de Doble 51, pionero en firmar paredes imposibles, que hace unos años murió en un accidente de moto, cuando se dirigía de una comisaría a otra buscando su mochila confiscada por oficiales. Con una identidad diferente, el fenómeno de los murales se vincula al de los tags de forma tangencial. Mientras las bandas de grafiteros como Mecs, Dafne u Osc actúan sobre las paredes de forma ilegal y casi clandestina, exponiéndose a redadas policiales y a terminar detenidos, los murales realizados por grafiteros ya ungidos artistas, como Luxor o Lumpenbola, no sólo son legales sino que muchas veces ejecutan pedidos explícitos de vecinos, que comenzaron a encargarlos como un modo de mantener a raya las firmas y leyendas y que ahora configuran una identidad propia dentro del paisaje urbano. Estudiantes de la Facultad de Bellas Artes, artistas autodidactas o grafiteros redimidos, a los artistas públicos y las crews la legalidad los separa como una barrera.

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Fileteado.  Una obra de Subone en las paredes del colegio Normal 2. Foto: Leandro De Martinelli

“Construir una pintura popular es desmitificar la historia del arte y empezar a construir una diferente. Para ello, debemos estar en los barrios”, definió Luxor, el artista cuyas imágenes ya son una marca registrada en paredes de escuelas, salas de salud y centros culturales, entrevistado para la publicación La Plata, ciudad pintada. “Pioneros como él marcaron el camino para los que venían detrás y les demostraron que no sólo se podía exhibir obra en galerías y museos”, explica Máximo Randrup, uno de los autores del libro. Sin habérselo propuesto, el fenómeno del graffiti y el arte callejero puso al desnudo otro bien distinto pero que corre paralelo: el de la ausencia de un circuito artístico sólido en la capital de la provincia más grande del país.

Pero además de los artistas que despliegan sus imágenes con autorización de los vecinos (que invitándolos a pintar la fachada de sus casas se garantizan evitar el “tag”) y de las barras ilegales y furtivas, el fenómeno de las paredes en La Plata se erige sobre un tercer estilo, el de los graffiti con leyendas. Mientras que artistas públicos y crews son personajes a la búsqueda de un vínculo social, un modo explícito de conectarse con el entorno (los primeros con los vecinos, los segundos con otras bandas, en definitiva las auténticas destinatarias de sus intervenciones, puesto que lo que define el éxito de una crew es la cantidad de firmas desparramadas por las paredes), los autores de leyendas son, según define de Martinelli, “almas solitarias” cuya acción se presenta casi espontánea.

Poéticas o políticas (también las hay futboleras), las leyendas parecen haber crecido al calor de las últimas marchas y reivindicaciones sociales: “Matá machos, no animales”; “Seguridad es incluir a los pibxs”; “Masturbá tu mente, eyaculá ya”; o “La plata, raíz de todo mal”, son algunas de ellas en las que el doble sentido se cruza con el llamado a la acción del urbanita.

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Barrilete cósmico.  El homenaje de Ignacio Spotti y Estanislao Massioge a la jugada de Maradona a los ingleses desplegado en cuatro cuadras de murales.

Confuso, ambiguo y sobre todo polémico, el auge de las pintadas es probablemente el más activo de los sucesos públicos de la ciudad en los últimos años. Y más allá de la indignación que pueda despertar en vecinos y ciudadanos (y probablemente en esto se encuentre la verdadera génesis de ese sentimiento) ha logrado lo que otros movimientos, más partidarios pero acaso menos políticos, ya no podrán conseguir nunca: forzarnos a re-definir las nociones modernas (¿obsoletas?) de espacio público, privacidad y límite.

Aerosoles en tiempos de campaña

Si fue el hartazgo respecto a la gestión anterior, o las decenas de paredes que en 2002 comenzaron a aparecer de la noche a la mañana escritas con la leyenda “Bruera es agosto”, lo que tiempo más tarde le valió a Pablo Bruera el cargo de intendente de la ciudad durante ocho años, permanecerá en el misterio, como tantas otras cosas que refieren al comportamiento colectivo. Pero no se puede negar que la leyenda, escrita con insistencia y en aerosol azul, le otorgó una inusitada y precoz fama entre los vecinos. ¿Quién era Bruera? ¿Qué significaba el mes de agosto? ¿Por qué la frase se replicaba a lo largo de toda la ciudad?

La campaña conjugó con eficacia el efectismo del eslogan publicitario y el dispositivo visual de la contracultura grafitera. Con los mismos elementos con que algunos años antes los jóvenes punks europeos rechazaban el estado y la propiedad privada, alguien, al otro lado del mundo, daba comienzo a su campaña política. Julio Alak, entonces intendente en funciones (a quien Bruera, en el calendario político, prometía suceder), no tardó en tomar medidas: “La Plata ciudad limpia” se llamó la campaña que anunciaba tener a raya a las barritas de adolescentes y sus latas de colores, pero cuyo secreto objetivo era neutralizar a su propia competencia. El “¡Vade retro, aerosol!” fue ejecutado por adultos de traje y corbata, pero no aplacó a los grafiteros sino que apenas logró empujarlos hacia la periferia.

Los meses pasaron, el misterio se develó y Bruera, signado por la mafia inmobiliaria, el negocio de los taxis truchos y la inundación de 2012, fue un agosto demasiado largo y húmedo.

Sin embargo, su arranque de campaña sentó precedentes. Javier Pacharotti, Carlos Melzi y Mariano, el hermano de Bruera, volvieron a utilizar el graffiti para su promoción en las últimas elecciones. Paradoja política o absurdo, casi al mismo tiempo el concejal Oscar Vaudagna logró, en los últimos meses de 2017, aprobar la ordenanza que prohíbe la venta de aerosoles en la ciudad a menores de 18 años. La sanción promete resolver muy poco: la mayoría de los grafiteros platenses pasaron la mayoría de edad hace mucho tiempo.

Dos ensayos para un paisaje efímero

Cámara en mano, en el año 2015 el periodista Leandro de Martinelli salía a caminar por la ciudad. La idea era hacer un diagnóstico, pero encontró que si buscaba comprender el fenómeno debajo de los rayones y las firmas que cubrían las paredes, y la pulsión que llevaba a sus autores a llenar la ciudad con esas marcas, debía aprender a mirar de nuevo. “De la experiencia de aprender a mirar, de entender cuál era la lógica de circulación de estas obras, y de la tensión que surgía entre sus autores y los vecinos, nació el libro”, cuenta.

Plagar. El graffiti del Bronx a La Plata se llama el ensayo que la editorial Malisia publicó a fines de 2017. En él De Martinelli escribe: “El graffiti es una plaga que aparece como un achaque cifrado, un tartamudeo, un acto inútil sobre el cuerpo demolido y reconstruido de la metrópoli moderna. El mismo juego sobre el mismo tablero: la ruina urbana”. Sin tomar partido por los vecinos, que no pueden más que reaccionar ante el fenómeno, ni por los grafiteros, cuyo accionar más que una defensa amerita una reflexión, y con la mirada aguda pero no clausurada, el observador elabora su propia hipótesis sobre aquellas pulsiones: una ciudad abandonada a la buena del fenómeno inmobiliario.

Casi en involuntaria sintonía con esta publicación se editó el ensayo fotográfico La Plata, ciudad pintada, gestado durante más de veinte años en la cámara de Dickie Randrup. En 1997 Randrup se sintió interpelado por una de esas tantas paredes escritas y decidió empezar a registrar en fotos “la poesía de las calles”, esa que, cuenta, “crece en las veredas pero que perdemos de vista por estar preocupados por la inseguridad o las pantallas”. Desde ese momento su caja de fotografías de paredes creció a la par del fenómeno. Desde 1997 a 2017 tomó con su cámara entre 2500 y 3000 fotos. Compartiendo la amorosa inquietud de su padre por el graffiti, su hijo Máximo, periodista, decidió junto a su colega y amigo Federico Ferraresi abordar la cuestión desde otro campo: el resultado fue un primer libro, El graffiti tiene la palabra. Publicado por Editorial Académica Española en 2012, intentaba una mirada teórica sobre la situación visual de las calles platenses.

La Plata, ciudad pintada reúne más de 200 de las fotos de Randrup con fragmentos de las entrevistas que en ese momento realizaron Máximo y Federico a los protagonistas. Murales, graffiti hip hop, leyendas poéticas, políticas y futboleras: todo encuentra su lugar en estas páginas que dan larga vida a un acontecimiento cotidiano pero de naturaleza efímera. En todo sentido, por la vida de las imágenes, configura un fértil archivo a contrapelo de la historia platense.

Sarcasmo pop y un programa de artista

¿Qué distingue, a golpe de vista, la obra de Falopapas entre otros muros pintados en las calles platenses? Podría arriesgarse que es la naturaleza diversa de los personajes que los habitan: lejos se encuentran sus calaveras vestidas de señoras (en tapa) y sus chicas de lengua libidinosa de los bichos de ojos grandes y mirada inocente que crecen en las obras de otros artistas que trabajan en la ciudad, dentro de la legalidad o fuera de ella. El tono ácido de las imágenes de Falopapas –su nombre es Augusto Turallas– va más allá de la ironía de las formas. Reside en algo mucho más corporal, y si se quiere, más básico: el modo en que trabaja los colores. Contra sus plenos de amarillos, azules o rosas, las líneas se recortan nítidas, y entre murales recargados, firmas ilegibles y cemento derruido, esa nitidez se vuelve fuerza para el ojo que pasa por la calle pensando en otra cosa.

El caso Falopapas es distinto de todos aquellos grafiteros autodidactas que empezaron dejando en las paredes sus firmas estilo “vandal” y que de a poco se fueron inclinando hacia la producción de imágenes más complejas. Egresado de la Facultad de Bellas Artes de La Plata (donde todavía da clases), no sólo encontró en el aerosol y pared el medio propicio para trasmitir sus ideas, sino también una veta laboral impensada. Convocado por diversas firmas y espacios –desde bares a los estudios de la compañía Universal Music y la remake de tapas de discos de Andrés Calamaro–, hoy compra con su trabajo tiempo (y material) para seguir imprimiendo su sarcasmo pop sobre la ciudades.

Pero si las paredes se vienen pintando desde hace milenios, el nuevo giro que hace que artistas públicos como Falopapas tengan el éxito que hoy tienen, se debe, sin duda, a su circulación por otros muros.

Arte callejero, zona de conflicto

Oficio de graffitero. “En La Plata este es el único mercado de arte próspero”, afirma Falopapas. Foto: Leandro De Martinelli.

“Uno sale de Bellas Artes con la idea de trabajar en una galería y tener un marchant: que el tipo venda lo tuyo y vos estés en un estudio pintando, iluminado. Pero es imposible. En mi caso yo no conocía a nadie, mi familia no es del palo del arte… Fueron las redes sociales las que me permitieron generar cierta visibilidad de mi trabajo a partir de la difusión que yo mismo hacía. Empecé a trabajar las redes como un espacio de exhibición de mi actividad plástica, y a comprobar el interés por mi laburo. Por entonces, yo vivía en el fondo de un bar y pintaba los escenarios, hacía esos laburos de onda y subía sus fotos a las redes. De golpe empezaron a pedirme trabajos donde, cuando yo llegaba, las paredes estaban listas, no había que rasquetear ni hacer nada. Eran como un bastidor blanco”.

Algunos años atrás, la lectura a contrapelo de la trama visual urbana generó en Falopapas y un amigo la idea de desarrollar una serie de murales (ilegales, valga la aclaración) que respondieran a un programa plástico preciso: romper con la estética homogénea que se expandía por las paredes platenses. “Nosotros salíamos a mirar graffiti y veíamos que faltaba algo, que había un vacío. Entonces salimos a levantar muros todos hechos en aerosol, algo imposible de hacer para un pibe que está en la facultad y que no se puede patinar tres lucas en un mural. Teniendo un mango y material sobrante de otros laburos, podía encarar esas paredes con intensidad, gastando cinco latas solo para llenar un pleno. Son producciones que además tienen una resistencia a la intemperie y un acabado muy lindo. Y una idea atrás, un programa –concluye–. No es que un día yo me volví loco y empecé a hacer murales. Decidimos hacer esto y pensamos cómo llevarlo a cabo de la mejor manera posible”.

Político en sí, el programa del que habla Falopapas está lejos de estandartes o partidos políticos. Se trata de entrar en diálogo con lo que el espacio urbano ofrece, incluso a cara de perro. “A veces son murales –explica–; otras son intervenciones por el modo en que un trabajo dialoga, interrumpe o incomoda”. Resulta estratégica la ubicación donde las obras son realizadas, tanto en el espacio –el mural en el que dos señoritas están a punto de besarse se encuentra justo frente al colegio católico más tradicional de la ciudad– como en el tiempo, político y social, contemporáneo.

Arte callejero, zona de conflicto

Alto guiso. La llamativa obra de Falopapas -realizada totalmente con aerosol- está ubicada en la zona céntrica de La Plata.

Pintado en una zona céntrica,“Alto guiso” referencia tanto la expresión popular como su utilización por Macri en plena campaña en 2015, cuando declaró que si él era presidente se podría volver a comer con quince pesos.

Pero más allá del programa, sus trabajos, ya se trate de encargos o de pintadas no autorizadas por los dueños de las paredes, siempre dejan ver el imaginario visual que las sostiene y que Falopapas nutre constantemente: “Todo el tiempo estoy mirando obra, me da lo mismo si es de alguien que pinta trenes o que trabaja para una galería”. Sabe además, por experiencia propia, que puede tratarse de la misma persona. Y cuenta su fórmula para pasar inadvertido frente a vecinos y patrullas municipales: “si para pintar te ponés camisa, nadie te hace problema”. J.V.

Funte: Clarin