Salamone: Altares de la patria hormigonera

MIRÁ LA GALERÍA DE IMÁGENES. A lo largo y ancho de la pampa, sobreviven trabajos clave del arquitecto siciliano Francisco Salamone. Enormes, representan valores tradicionales; muchos están deteriorados pero persisten y dan identidad a varios pueblos bonaerenses.

2-8-05

arquitectura



cementerio de azul



fotos hernan rojas
En la imagen de portada: El arcángel San Gabriel, en el Cementerio de Azul, provincia de Buenos Aires. Uno de los portales de (Francisco Salamone, 1938).

Lluvia, viento, vacas: pampa. Y en medio de una muy horizontal y rutinaria llanura, la diagonal escoltada por árboles va directo hacia el portal del cementerio de Laprida, municipio ubicado al sudoeste de la provincia de Buenos Aires. Se revela entonces lo impredecible: el gigantesco, grisáceo, musgoso y monumental Cristo de 33 metros realizado en 1936 por el ingeniero y arquitecto Francisco Salamone. Elevándose fuera de toda escala frente a una construcción cónica central, incluyendo ventanas y formitas poliédricas simétricas escoltándolo, el Cristo –puerta de entrada al cementerio y “ángel” escultural, emblema de un nacionalismo católico que iba instaurándose en el país– engulle cortejos fúnebres, dolientes y cajones. Un mesías sombrío coronando defunciones; Dios crucificado negociando con la Parca. Cerca del pasaje de la vida a la muerte erigido en “cemento líquido” (el hormigón, novedad técnica de la época) pasa un poblador, silbando, en bicicleta. Ni Metrópolis, de Fritz Lang, es comparable a esto: el paisaje de la llanura silenciosa mostrando un imaginario posible a través de memoriales nítidos, de glorias pretendidas y olvidadas. Colosales construcciones prometiendo el futuro, la Modernidad, en un espacio geográfico en el que todavía se disputaba la antigua línea de frontera. Para despejar dudas, a mediados de los años 30 en territorio bonaerense, las obras de Fresco y Salamone fijaban la presencia del Estado, aunque de formas curiosas: actualmente, al costado del enorme Cristo de Salamone, relojea, a veces, una vaca, por el momento espectadora única, privilegiada, del Tim Burton-show con sabor nacional.

El Cristo es solamente una muestra de unas 70 construcciones que Salamone erigió en tan sólo cuatro años, entre 1936 y 1940, a lo largo de 25 municipios de la provincia de Buenos Aires. “Salamone fue un creador de altares urbanos”, asevera Sergio López Martínez, arquitecto y parte del equipo técnico de la Comisión Nacional de Monumentos, de Lugares y de Bienes Históricos. “Realizó las portadas de los cementerios rompiendo con el paradigma de lo que sería el propilo (volumen arquitectónico independiente)de un cementerio hasta ese momento en nuestro país (se observa en los camposantos de Recoleta, Chacarita, Flores o La Plata), es decir, un pórtico ‘transparente’ con columnas y un espacio vacío en su interior. Como una Acrópolis. Azul tenía un pórtico de ese tipo y se lo mandó a derrumbar y volver a hacer, por Salamone”.

Diseño desde el aire Muchas de las construcciones de este original ingeniero y arquitecto cumplen 80 años: es el caso del palacio municipal de Laprida y de su fabulosa plaza Pedro Pereyra. De ella se supo recientemente –gracias a las imágenes observadas desde un dron y por el trabajo de las arquitectas Analía Walter y Mariana Attanasio– que el excéntrico, fascinante “monumento-macetero” central de la plaza es, en realidad, una rosa de los vientos (un símbolo circular que señala los puntos cardinales). “Mi abuelo iba con su avioneta de un pueblo a otro, inspeccionando las obras”, comenta a Ñ María Teresa Salamone Croft, descendiente directa del arquitecto. “Sin su avioneta no hubiera podido realizar tantos trabajos simultáneos. La piloteaba él mismo. Antes de tenerla durmió hasta en las estaciones de trenes que todavía funcionaban. Mi abuelo era un obsesivo: no podía parar de construir. Tenía su carácter; un carácter bravo. Pero así como era exigente, difícil, era igualmente generoso”. Cuenta su nieta que a los asistentes cercanos y leales, Salamone les regaló una casa.

La obra –arquitectónica, mobiliaria, lumínica, escenográfica– del creador siciliano fue, durante cuatro años, parte de un proyecto urbanístico costoso, impulsado por el gobernador de la provincia de Buenos Aires Manuel Fresco durante la presidencia de Agustín Pedro Justo (Navarro, 1888-Buenos Aires, 1971, simpatizante fascista perteneciente al Partido Demócrata Nacional, PDN). Asegura López Martínez que Fresco tenía en su despacho una foto de Hitler y otra de Mussolini.

Luego de egresar del colegio Otto Krause, Salamone estudió Ingeniería y Arquitectura.

Luego de egresar del colegio Otto Krause, Salamone estudió Ingeniería y Arquitectura.

Fue este gobernador quien además de imaginar Mar del Plata como destino turístico, le encargó al arquitecto Alejandro Bustillo la construcción de su Casino y del Hotel Provincial, así como también la del hotel Llao-Llao de Bariloche (Bustillo tenía dos hermanos ministros en ese momento). Pero Fresco también imaginó una pampa nueva creada bajo el lema “Dios, Patria y Hogar”. Dios, pensó, estaría presente en los cementerios, a través de estos inmensos Cristos de Salamone (basados en una obra encargada al artista Santiago Chierico por el mismo arquitecto): el héroe cristiano, testigo y anfitrión al final de la vida de cada ciudadano de la zona. La Patria se manifestaría en los municipios que Salamone pensó y construyó, complejos edificios de puntas afiladas siempre con una torre (invariablemente más alta que la de las iglesias), siempre un reloj: la patria era el orden, la regulación, el control, la eficiencia; la institución bonaerense de atisbo decó. Y el hogar, el hogar de cada familia argentina, pensó Fresco, estaría enraizado en aquellos emplazamientos en donde había trabajo.

¿Pero qué trabajo podía haber en la Pampa de los años 30 del siglo pasado? Para desarrollar más ocupaciones, para reactivar la economía, pensó el entonces gobernador Fresco, era necesario organizar –además de hoteles de turismo, como el Llao-Llao o el Provincial de Mar del Plata- una industria alrededor de las vacas, una cadena ganadera: era necesario fundar mataderos. El hogar y la familia estarían allí en donde hubiera mataderos, pensó Fresco. Era parte de un plan de arquitectura higienista –hasta ese momento los mataderos constituían espacios bastante desaseados. El plan de Fresco respondía también al clima de época: fue en los años 30, cuando se comenzaron a trazar las primeras rutas nacionales (antes, el medio de transporte era el ferrocarril) y a fundar nodos urbanos, presencia estatal.

Salamone –sostienen algunos especialistas como Ezequiel Hilbert, autor del documental Mundo Salamone–, ganó las licitaciones de las construcciones por concurso. Otros comentan que fue gracias al encargo directo del gobernador.López Martínez menciona que el creador era amigo personal de Fresco pero que arreglaba con cada municipio de la provincia bonaerense las construcciones que allí se erigirían. Salamone se dedicó, en consecuencia, durante cuatro años, a crear fantásticos mataderos, construcciones totalmente inesperadas, prácticamente provenientes de la ciencia ficción. Aún se ven, erguidos en medio de la planicie, a medias decaídos pero en pie. Grupos de filosas cuchillas gigantes orientadas hacia el cielo, surgidas en medio de la nada: señalaron y fundaron en los años 30 el destino de las vacas, y de la zona. Ahora, en algunos de ellos –como por ejemplo en Azul, en donde se llega al matadero por un solitario camino, escisión de la ruta– sus rasgos distintivos desaparecieron: la palabra “Matadero” (tan típica de estas construcciones de Salamone, con una tipografía original cautivante, creada por él mismo) ya no está en el edificio. “Desde fines de los 90 la palabra no está más ahí”, señala el cuidador del edificio, rodeado de una jauría de celosos perros guardianes. “Un día, durante el menemismo, las letras desaparecieron. Nadie sabe quién se las llevó”. Las letras eran de 1,50 de alto x 0,80 de ancho, realizadas con hormigón y metal: pesadas. Actualmente funciona en el ex-matadero una cooperativa apícola. “Por lo menos los trabajadores cuidan y mantienen el edificio”, reflexiona el centinela, de boina y botas de goma.

Remate de la torre del Matadero de Salliqueló, con su torre tanque.

Remate de la torre del Matadero de Salliqueló, con su torre tanque.

¿Peligro de extinción?

Pequeños, fabulosos, excéntricos mataderos aquí y allá, esparcidos por el sur de la provincia, fomentando el trabajo para fundar hogares en la (casi) desierta región: no solo eran útiles como generadores laborales sino que también indicaban el límite entre la urbanidad, la “ilustración”, y los pueblos originarios, los habitantes primeros, entendidos entonces como barbarie. Los mataderos, los cristos, los municipios y las plazas de Salamone expresan también el deseo de habitar tierras todavía en disputa, desde esa línea del país hacia el sur geográfico: son una declaración de posesión.

Salliqueló, 528 kilómetros de Capital Federal: la rotunda cruz blanca, racionalista y decó es la puerta del cementerio del pueblo. Aquí no hay Cristo: hay síntesis. Y una estructura nítida, límpida, para recibir los cuerpos, los “restos” de los habitantes y poblar, poblar (otro de los objetivos del gobierno de Fresco), ya sea con vivos o con muertos: los cuerpos, enterrados o en acción, también delimitan territorios, pertenencia. E higiene. A través de la puerta-cruz puede observarse, en directo, en un tercer plano, una “Pietá”: la naturalista escultura de María, dolorosa, sosteniendo en sus brazos al hijo fallecido.

El matadero del pueblo –una de las más pequeñas y exquisitas joyas arquitectónicas de Salamone– fue re-inaugurado en 2014 como un centro cultural dedicado a la obra del siciliano. Actualmente sus puertas están cerradas: “Se perdieron las llaves y no hay copia”, comenta el cuidador… Las fotos que explican su historia, se encuentran en el interior del espacio desalineadas o caídas. Son visibles solo a través de los vidrios de las ventanas. Y el edificio, delicatessen, resiste. “Estamos trabajando en un proyecto para preservar, de distintas maneras, la obra de Salamone, y también preparando un libro especial por los 80 años de la creación de sus trabajos, que se publicará el año próximo”, comenta Teresa Anchorena, directora de la Comisión Nacional de Monumentos, de Lugares y Bienes Históricos. Por su parte, Ricardo López Göttig, director provincial de Museos y Preservación Patrimonial, comenta que las obras de Salamone tiene declaratoria y protección provincial y nacional. “En 2004 se realizó por decreto el Programa de Preservación de obras públicas, ingeniería y arquitectura, por medio del que 112 obras pertenecientes a 98 partidos bonaerenses fueron incorporadas al Programa de preservación. Muchas de ellas tienen autoría de Salamone”.

Pellegrini, 501 kilómetros desde Capital: el descomunal palacio municipal –con las sillas, sillones, mesas, escritorios, lámparas, accesorios y hasta las mismas baldosas de la plaza central diseñados por el arquitecto, nada queda aquí librado al azar– corona el pueblo tranquilo, amable, plácido. Actual municipio, sus trabajadores reciben, orgullosos, a todo el que quiera observar de cerca la obra de Salamone: son totalmente excepcionales los sillones y escritorios circulares del concejo municipal, creados por el arquitecto, al igual que los futuristas bancos de la plaza. Queriendo ir más allá, trepo, asciendo dentro de la altísima torre municipal, con la intención de llegar hasta el final, hasta las agujas del típico reloj decó salamónico. La escalera se hace cada vez más estrecha, y luego ya no es escalera sino tan sólo ganchos de hierro. En el último tramo me esperan palomas muertas y cables: el reloj está por fuera y un poco más arriba. Ya no hay cómo trepar. Pero la vista del horizonte –tal como lo contempló Salamone– desde la torre, vale la pena.

Sin embargo, la experiencia salamónica más fuera de tiempo y lugar se concreta en Carhué, a 539 kilómetros de la capital de la Provincia: uno de los cuatro puntos relevantes en territorio bonaerense de la frontera entre el “desierto” y la “civilización”, junto a Trenque Lauquen, Guaminí y Puán. Fue allí, donde las tropas del ministro de Guerra y Marina Adolfo Alsina, bajo la presidencia de Nicolás Avellaneda (1874-1880), avanzó con más potencia en 1876, debido al emplazamiento estratégico del poblado. La mítica “zanja de Alsina” se encuentra cerca: los militares la construyeron a fines del siglo XIX con la intención de ampliar la frontera hacia el sudoeste de la provincia. Unas décadas más tarde llegarían Fresco y Salamone para emplazar, en las orillas del lago Epecuén (localidad de Carhué), al “Cristo del lago”. Encargado a Chierico, el Cristo sirvió para señalar la bifurcación entre el camino hacia Villa Epecuén y el viejo cementerio. Sin embargo, con la tremenda inundación sin retorno que dejó a Epecuén bajo las aguas en 1985, convirtiéndola en un poblado-fantasma, el Cristo fue un límite: cuentan los lugareños que no quieren mover el Cristo de ese emplazamiento, ni aun cuando necesita restauración, ni aunque constituya un objeto patrimonial. Declaran que fue ese Cristo, el que detuvo el agua; que gracias a él la ciudad de Carhué no se inundó. Actualmente en ruinas, devastada y desértica, bañada en sal, lo que antes fue Villa Epecuén –flamante balneario en 1921– son ahora restos, los huesos de una ciudad: fósiles de casas, iglesias, escuelas, plazas. En el camino, el antiguo matadero construido por Salamone sirve como una señal terrorífica: comunica que todo lo que el agua salada tocó fue muerto. Los habitantes huyeron. Los árboles permanecen, duros y secos. Tan sólo se escuchan pájaros, las olas del lago crecido rompiendo contra los escombros y el crujir de los restos del matadero que, poco a poco, caen a pedazos. Esto es mucho más que ciencia ficción: la imaginación se ve superada. La tipografía marca “Matadero”, derrumbada sobre la tierra: quiebre, fracaso, hundimiento.

En el Cementerio de Azul, una imponente escultura hecha en 1938 por el arquitecto Francisco Salamone.

En el Cementerio de Azul, una imponente escultura hecha en 1938 por el arquitecto Francisco Salamone.

“Los recursos para restaurar un bien o monumento debe aportarlos cada municipio –comenta López Martínez– en gestión junto a la Provincia y a la Nación. A nivel nacional, existe un presupuesto que no lo maneja la Comisión sino la Dirección General del Ministerio de Obras Públicas: de acuerdo al dinero disponible anualmente, ellos deciden qué debe ejecutarse. Esto incluye también incendios en escuelas, inundaciones… Por supuesto, no abarca solamente al patrimonio cultural”. Respecto al Matadero salamónico de Epecuén, el especialista señala que “hay más de 2.000 monumentos en todo el país. Sin embargo, estamos trabajando ahora en estas obras de Salamone, para planificar qué puede rescatarse, en este caso, de esta construcción”: la ubicación entre lagos y la humedad no ayudan. Y además, hay vandalismo.

¿Es el poder del agua y del viento, la inundación, lo que mata a lo vivo y lo muerto aquí, en la entrada a Villa Epecuén? ¿O es la voluntad de olvido de una o varias tragedias? El antes pujante matadero ahora muestra sus paredes agujereadas, graffiteadas, con basura y plástico en su interior. La tipografía que describía “Matadero” se desploma sobre el piso: herrumbrosa, como cayó, quedó. En la Provincia, algunas de las obras de Salamone son puestas al valor con cuidado: Laprida es ejemplo de ello. Allí, el Municipio contribuye, como también en Balcarce, en donde hay un fabuloso centro cultural que intenta rescatar “la torta de Salamone”, una fascinante construcción circular anteriormente ubicada en la plaza central, que fue tirada abajo. Se la derrumbó por capricho: en los años 40 un intendente la consideró un “adefesio”. Pero para este triste matadero que quiso constituir la modernidad de una planicie sureña –con voluntad de ser Hollywood, una mini-Roma, con el deseo de constituir el eje-soviético bonaerense–, pronostican u poco de olvido, y algo de preservación. Cuentan que durante la segunda mitad del siglo XX, la construcción de canales de riego erróneos para aumentar la productividad de los campos, desplazó el agua hacia el pueblo, borrándolo del mapa. El agua y la ambición se llevaron la comunidad a la tumba. Salamone y su obra atestiguan.

La desmesura excepcional

Escuela en Balcarce.

Escuela en Balcarce.

Por Miguel jurado / Arquitecto. Editor adjunto de ARQ.

Grandilocuente, exagerado, expresionista, fascista. Ninguno de estos calificativos termina por describir cabalmente a Francisco Salamone, un arquitecto italo-argentino que, en cuatro años, construyó unos 60 edificios singulares en distintos puntos de la Provincia de Buenos Aires.

Una arquitectura excepcional necesita de un arquitecto y de un tiempo excepcionales. Eso ocurrió entre 1936 y 1940, una parte de la tristemente célebre Década Infame. En ese lapso, Salamone acaparó una porción importante, aunque marginal, de los encargos de la gobernación de Manuel Fresco, un político conservador partidario del corporativismo que ejercía el dictador Primo de Rivera en España.

Salamone tuvo suerte y contactos, también su método le sirvió para imponerse. Ofrecía edificios a precio cerrado, los diseñaba y construía. Al parecer, el estilo era lo que menos le importaba a la administración de Fresco, aunque todos las arquitecturas monumentales, las que luego se llamaron fascistas, eran la moda de esa época.

Los grandes edificios de una provincia que se concentró en la obra pública no le tocaron a Salamone. Esas eran para Alejandro Bustillo, el famoso arquitecto del Banco Nación, el Hotel Llao-Llao y el complejo de Playa Bristol en Mar del Plata. Alejandro era hermano de José María, agrónomo y ministro de Obras Públicas de Fresco. Los contactos familiares de Salamone no daban para tanto.

Aproximadamente 25 municipios bonaerenses recibieron su obras, sobre todos los dominados por los conservadores de pura cepa (los radicales estaban proscritos). Libre del control estilístico del Estado, Salamone dio rienda suelta a una creatividad y audacia que no se había visto antes. Ningún precepto clásico, ninguna tradición arquitectónica lo retuvieron. Solo un lejano impulso escultórico parece haber alimentado su inventiva.

Veinte años antes, el expresionismo alemán había ensayado una deformación de la realidad en esculturas y pinturas que apelaban a exaltar los sentimientos. Ese es el camino que parece haber recorrido Salamone en su soledad de creador. Fue un momento singular que sirvió para descubrir a un arquitecto que se permitió ser distinto. Pasa pocas veces.

Fuente: Clarin