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CADA vez que puede, Evo Morales invita a otros presidentes a jugar fútbol. Lo hizo con Juan Manuel Santos al arribar a Cartagena de Indias, donde iba a realizarse la VI Cumbre de las Américas. El presidente colombiano se negó en un principio: “Yo conozco las habilidades de Morales y estoy un poco reticente”, bromeó. Las habilidades del presidente boliviano se resumen en un célebre rodillazo en las partes nobles a un contrincante, Daniel Cartagena, durante un partido amistoso, disputado en 2010, entre funcionarios oficialistas del Palacio de Gobierno y opositores de la Alcaldía de La Paz. De haber sido de Barack Obama la invitación, Santos habría aceptado de inmediato: “Creo que es bueno para el baloncesto, pero para el fútbol debe de ser medio paquete”. Finalmente, jugó contra Morales. No les hizo honores a futbolistas colombianos de la talla de Carlos Valderrama, Faustino Asprilla, Leonel Álvarez o René Higuita, pero su equipo obtuvo un decoroso empate 2 a 2 contra el desafiante combinado boliviano. En vísperas de la Navidad de 2011, durante una visita a Cuzco, Morales invitó a mostrar sus habilidades en el terreno de juego a su par de Perú, Ollanta Humala. El anfitrión, para no desairarlo, integró un equipo improvisado, armado de apuro con autoridades locales. Perdieron por goleada: 12 a 3. No sabía que el presidente boliviano había ido con jugadores del seleccionado nacional. Morales se cuidó de no cometer infracciones escandalosas, dignas de la tarjeta roja, al igual que contra Santos. De no haber sido dirigente cocalero, ¿habría sido futbolista? De no haber sido abogado y escritor, ¿Obama habría probado fortuna con el baloncesto? De no haber sido paracaidista, ¿Hugo Chávez habría sido lanzador zurdo de las grandes ligas de béisbol, como me confesó alguna vez? De no haber sido espía de la KGB, ¿Vladimir Putin habría validado sus cinturones negros de judo y karate? De no haber sido presidentes, ninguno habría trascendido en el deporte. Con cuerpos esbeltos, ropa impecable y un poco de carisma apuestan a ganarse el favor popular, cada vez más esquivo por el divorcio entre los políticos y la sociedad. Nicolas Sarkozy solía correr con su mujer, Carla Bruni, para pinchar el flotador de la cintura y acercarse al electorado. El presidente de Chima, Hu Jintao, empuña como pocos la paleta de ping-pong. José María Aznar se jacta de hacer miles de abdominales por día desde sus tiempos en La Moncloa. Su sucesor, José Luis Rodríguez Zapatero, se dejaba fotografiar mientras corría; no se sabía dónde iba, pero corría. El príncipe Alberto de Mónaco practica natación, tenis, esquí, automovilismo, golf, rugby, polo y artes marciales. En la variedad se parece a Putin, empeñado en no vivir entre las cuatro paredes del Kremlin como Boris Yeltsin, entrenado en empinar el codo, y Mikhail Gorbachov, de frente despejada. Eso de mantenerse en forma para simular una eterna juventud lleva a algunos a mostrarse siempre ufanos y radiantes. Pueden ejercitarse en privado, pero sus gabinetes de comunicación no pierden la oportunidad de oro de acercarlos a la ciudadanía por medio del deporte. Si Obama encesta frente Michael Jordan o Morales logra quitarle la pelota a Diego Maradona, el festín de imágenes y fotos inunda los medios, procurando humanizarlos. Fidel Castro, cuando cayó enfermo, optó por el conjunto de ropa Adidas para no dar señales de gravedad ni de agotamiento, pecados capitales de un político que día tras día se ve obligado a sacar músculo y ponerle el pecho a la oposición, encarnada en su propia sombra. ### El autor conduce el programa Catalejo (domingos, de 8 a 10) y es columnista de La Mañana (lunes a viernes, de 9 a 13) en Radio Continental AM590. También es columnista en Fox News y la revista DEF. Su último libro es "El poder en el bolsillo, intimidades y manías de los que gobiernan" (Grupo Editorial Norma, en la Argentina, y Algón Editores, en España; e-book: http://t.co/58MoxN9 - www.bajalibros.com) Twitter: @turcojelias
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