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Pocas figuras surgidas de la música popular argentina dejaron una huella tan profunda como Astor Piazzolla. Nadie generó al mismo tiempo tanta admiración y rechazo. Tanta incondicionalidad y polémica. Piazzolla supo reunir en una sola vida mil y una aventuras musicales que transitó con una pasión desbordante. Ese recorrido supo de entredichos, provocaciones y deseos frustrados que alimentaron conciente o inconscientemente su carrera. Su pulsión creativa era arrolladora: sus capacidades como compositor, arreglador e intérprete, únicas. También su audacia como creador en diversos formatos y su vocación para convocar grandes músicos, inspirarlos e inspirarse. A 20 años de su muerte –se cumplen este miércoles–, hablar de Astor Piazzolla significa referirse a una de las músicas más valiosas, audaces y originales surgidas en el siglo XX. El ADN de Piazzolla se construye a partir de una historia única que incluye una infancia en Nueva York –en la que conoció al mismísimo Carlos Gardel–. El canon suele subrayar el peso que tuvo en su formación haber estudiado con Carlos Ginastera, la influencia un poco mitificada de la prestigiosa Nadia Boulanger, su temprano entusiasmo por la obra de George Gershwin y el posterior deslumbramiento por Gerry Mulligan, y su admiración por Béla Bartok e Ígor Stravinsky. Sí, la música de Piazzolla se alimentaba y entendía a su manera la música clásica, el jazz y en algún momento hasta el rock. Pero ante todo y por sobre todo era tango. Ningún análisis serio puede ignorar que los cimientos de la obra de Piazzolla son eminentemente tangueros. Su paso por la orquesta de Aníbal Troilo funcionó como un doctorado. Recién a partir de ahí pudo sumar los ingredientes más heterogéneos. Gustavo Beytelmann –quien formó parte del segundo octeto, el llamado electrónico– dijo alguna vez con punzante claridad: “Piazzolla nunca fue el primero de nada sino el último de algo”. Y ese algo es el tango. Aunque hoy quizás suene más preciso decir que fue el último de una era. Trabajó con las más diversas formaciones. Desde la orquesta típica del ’46 hasta el sexteto, su última agrupación. En el medio estuvo el octeto, el Conjunto 9, su asociación con orquestas, el octeto electrónico y los quintetos –su forma predilecta–, entre otras. También compuso especialmente para agrupaciones internacionales de primer nivel. Para sus proyectos convocó a solistas de otros orígenes musicales y los hizo brillar. Los violinistas Antonio Agri y Fernando Suárez Paz; los pianistas Osvaldo Manzi, Dante Amicarelli, Pablo Ziegler y Gerardo Gandini; el contrabajista Kicho Díaz; y los guitarristas Horacio Malvicino y Oscar López Ruiz, fueron algunos de los más celebrados. Su amor incondicional fue el fueye: “El tango tuvo grandes bandoneonistas. Hay un estilo Mafia, un estilo Laurenz. Aquel era mas intimista; éste, más desbordante. El Gordo Troilo fue otra cosa, no era deslumbrante, pero sí un intérprete maravilloso, incomparable tocando dos notas. (…) En una primera línea no puede faltar Leopoldo Federico. En la generación posterior hay dos muy buenos: Dino Saluzzi y Néstor Marconi. Yo soy distinto a todos. No digo mejor ni peor que Troilo o Federico. No. Lo que nadie tiene es mi touch. Quizá alguno me supere, pero como Piazzolla no puede tocar ninguno. Pero yo no nací en un frasquito ni el sonido de mi bandoneón es una rareza del cielo. Todo está ligado, lo expreso con mi música”, explicaba el músico en el libro de Natalio Gorín Astor Piazzolla, a manera de memorias. Cuando el 4 de julio de 1992 y después de casi 24 meses de agonía Piazzolla pasaba definitivamente a la eternidad, su obra tomaba más protagonismo que nunca y dos décadas después sigue sonando tan creativa, apasionada y desafiante como cuando la ideó. Acaso la mejor forma de tributarla sea no calcar sus formas. Sí, tal vez, abrazar esa ética personal que lo obligó a reponerse de ataques, miserias ajenas y propias, y eludir la declinación del género. La fortaleza, compromiso y voluntad piazzolliana también son formas artísticas. Tres Momentos cumbres La discografía de Piazzolla es profusa, caótica y resultó repetidamente maltratada. Muchas de sus grabaciones originales todavía son difíciles de conseguir y –por el contrario– sobreabundan los compilados que repiten con obstinación –y hasta obscenidad– los títulos “Adiós, Nonino” y “Libertango”. A continuación, tres discos representativos del fabuloso mundo del bandoneonista. Astor Piazzolla - Octeto Buenos Aires (1957). “Tango Moderno” Piazzolla alguna vez aseguró que la génesis de esta formación fue inspirada en el músico de jazz Gerry Mulligan. Aquí las composiciones no son de Piazzolla, pero brillan desde la audacia y agudeza en los arreglos, y después por el vuelo de los solistas. Para los puristas, se trata del mejor Piazzolla porque su creatividad –entienden– no rompe con los límites del tango. Astor Pizzolla y su Quinteto (1969). “Adiós, Nonino” El bandoneonista ofrece la versión consagratoria de la mítica composición que da nombre al álbum –de más de 8' de duración–. Al mismo tiempo, presenta por primera vez la figura rítmica (3+3+2) que se transformará en emblema de su universo, confirma que el quinteto es la formación que más lo identifica y alcanza una síntesis exacta de su lenguaje. Astor Piazzolla (1987)“The Central Park Concert” El último quinteto de Piazzolla se trans-formó en una máquina aceitadísima que giró por buena parte del mundo. Este registro en vivo consagra una performance arrolladora de Piazzolla, Fernando Suárez Paz (violín); Pablo Ziegler (piano); Horacio Malvicino (guitarra) y Héctor Console (contrabajo), que recorren muchas de las mejores composiciones de la última etapa del marplatense.
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