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Reeditada por Ediciones Continente dentro de su colección Visor de Poesía, "Une saison en enfer" (Una temporada en el infierno) es la única obra que Rimbaud decidió publicar antes de abandonar para siempre el mundo de las letras -a los 20 años- y dedicarse a una vida de extrañas aventuras que lo llevarían a -entre otras cosas- obtener una pequeña fortuna como traficante de armas y esclavos. "Tenemos muchas imágenes de Rimbaud y hay que andar con cuidado para no perderse entre los mil espejos deformantes que nos lo muestran -señala Celaya en la introducción del libro-. Tenemos al Rimbaud de los surrealistas, poeta sin literatura, vidente, y para algunos, como Rolland de Rennéville, mago y ocultista. Tenemos al Rimbaud rebelde y anarquizante que simpatiza con la Commune y se siente un poco derrotado con ella". Y continúa: "tenemos al Rimbaud, `místico en estado salvaje`, según el católico Claudel. Y al Rimbaud amigo de Verlaine, bohemio, sucio, borracho y homosexual. Y al colegial, `primero de Clase`. Tenemos junto al Rimbaud apasionado por la literatura, para el que no había más Dios verdadero que Baudelaire -eran sus palabras-, al hombre que desde Abisinia escupe los peores sarcasmos sobre la poesía". "Y junto al mercader sin escrúpulos, al pío Rimbaud agonizante, que nos retrata su hermana pidiendo los Santos Sacramentos", ilustra. Y sostiene: "`Une saison en enfer` es por tanto el único libro que Rimbaud consintió en publicar, y tiene por eso un valor especial. Además todo Rimbaud está en él y nos habla desde muy cerca con su ritmo sacudido y su precipitada sintaxis como queriéndonos decir todo atropelladamente". Por su parte, Rivière asegura que Rimbaud "comienza por la cólera y por la injuria. De su alma, es lo que viene ante todo a nuestro encuentro. Es lo que debemos soportar en primer término, si queremos acercarnos a él". "Imposible comprenderle, si se vacila ante ese torrente de insultos, si se procura esquivarlo. Porque, tal como un gran río se anuncia hasta en alta mar por el fango, Rimbaud es naturalmente precedido por esa inmensa suciedad", aclara. Y, prosigue, "en primer término, es de una insensibilidad increíble. Es un monstruo. Es incapaz de experimentar ninguno de los sentimientos comunes de la humanidad. No reconoce nada digno de respeto; está absolutamente desprovisto de miramientos; es decir, no encuentra nada ante lo cual exista alguna razón de inclinarse. Todos los hábitos sociales de nuestro corazón le son incomprensibles". El capítulo "Mala sangre", escrito bajo la influencia del hachís, es un claro testimonio del desprecio que el poeta siente por la humanidad: "Me horrorizan todos los oficios. Amos y obreros, todos campesinos, innobles. La mano que sostiene la pluma vale tanto como la que ara. íQué siglo de manos! Yo nunca dominaré mi mano", dice en un fragmento. Y arremete: "La honradez de la mendicidad me entristece. Los criminales asquean como castrados: yo, estoy intacto, y eso me da igual". "No hay tradición para él -apunta Rivière-; no hay vínculos forjados por los siglos. Su alma está sola en el tiempo; la atraviesa el soplo desértico de la libertad total". Para el ensayista, "la cólera de Rimbaud es una intolerancia, en el sentido médico del vocablo. No puede retener nada; todo su organismo está a la defensiva, en un estado de malestar y de rechazo primitivo, fundamental, permanente. Se sofoca, da vueltas y revueltas indefinidamente; en vano siempre. Sus continuas fugas son los sobresaltos de su intolerancia metafísica". "Porque -y aquí tocamos al secreto de Rimbaud- el mal que sufre, no es una injusticia cuya reparación pueda anhelar; es un tormento personal, reservado, que le ha sido conferido como un misterioso privilegio", explica. Y exclama: "atreveos a venir a dar testimonio en su contra. Es él, por el contrario, quien avanza sobre vosotros. Luce en el rostro el destello de su privilegio; su mirada cae acá y allá, centelleante, salvaje. íMonstruo de pureza y perfección! Su espantable juventud, esa infancia prodigio, no son un accidente, un momento, un tránsito, en él, sino su alma misma". "Ha sido construido para seguir siendo niño a través de la vida; un niño con su corazón intacto y maligno, con su inocencia y su tiranía", concluye Rivière.
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