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"¡Por favor, quiero un hombre que no se me tire encima en la primera cita!", pedía a gritos por esa época, harta de los "verseros" que endulzaban mis óidos en denodados intentos por lograr rápidamente una concreción carnal. Siempre fui una chica, digamos, "llamativa", pero no era mi intención serlo, más bien todo lo contrario. En un cuerpo voluptuoso, había y hay un alma sensible, que prefería mil veces pasar el fin de semana encerrada en la habitación leyendo a Cortázar o escribiendo ensayos o poesías, que salir a bailar y perderme en el ruido descomunal de una disco, como hacía la mayoría de mis coetarias. Pero ese día, mi compañera de trabajo del Banco me había invitado al festejo de su cumpleaños, en un boliche muy de moda por aquel entonces, en la Avenida del Libertador. Y ocurrió lo que, indefectiblemente, solía ocurrir. Al llegar, comenzó lo que me gustaba denominar "el vuelo de los moscardones": un incesante desfile de especímenes masculinos nada disimulados en su empeño por llevarme de trofeo. Sin embargo, él, el más tímido, el más calladito (danger, danger, ¡son los peores!) no solo no demostraba interés en mí sino que, además, se hacía el chistoso, con un humor que, en ese momento, me había parecido inteligente y agudo (¡Dios!). "¡No puedo creer que no le guste!", le dije a mi mamá esa madrugada, cuando me recibió despierta y con un mate caliente en la mano. Pocos meses después, comenzamos a salir y, el primer sábado de noviazgo, me dijo que no podía acudir a mi encuentro porque iría al festejo del aniversario de casados de sus padres. (¡Ah! No solo era tímido y de humor "inteligente" sino, también, ¡un chico de hogar! ¡Qué maravilla!) Cómo iba a imaginar que esa falta de pasión para conmigo era, además -y sobre todo- una ausencia total de emoción para con la vida. Que ese humor inteligente no escondía otra cosa que su visión mordaz y ácida y desesperanzada de su propia existencia. Que ese "chico de hogar" en realidad, encubría un miedo-pánico-terror a la figura de un padre omnipresente, omnipotente, todopoderoso y tirano que movía los hilos de sus actos, entre bambalinas, como un titiritero. Cómo iba a, siquiera, suponer que el hecho de no ser "versero" revelaba (no ya encubría) una incapacidad absoluta y total de poner en palabras sus sentimientos. Cómo iba a prever, al fin, que todo esto, sumado y agravado por la convivencia, derivaría -con el correr de los años- en esas repetidas y consabidas -y no por ello menos tristes- escenas conyugales de la mujer insatisfecha, que quiere entablar un diálogo con su marido a la noche y el tipo, de espaldas, en la cama, que dice: "Ustedes, las mujeres, son muy complicadas", frase célebre luego de la cual remata con el clásico: "Tengo sueño, me voy a dormir". Y, entonces, vemos a Laura que -entre lágrimas- saca su diario íntimo del cajoncito de su mesita de luz y, con el sordo sonido de los ronquidos de su marido de fondo, comienza a esbozar estas angustiosas líneas... Cuidado con lo que deseas, Laura, porque podría hacerse realidad... @AdrianaMuscillo Correo de lectores: diariodecultura@yahoo.fr Si viviste o vivís historias similares, contámelas por correo.
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