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Llovía torrencialmente sobre el Parque Rivadavia. Las ímágenes descoloridas de unas mariposas pinchadas sobre la marquesina de El Coleccionista se desdibujaban detrás de una densa cortina de agua. "El Coleccionista", así se llamaba el bar desde el cual presenciábamos el incesante suicidio de las inmensas gotas que afinaban su tronco y ensanchaban su cuarto trasero hasta estrangularse y terminar estrelladas contra el dintel de la ventana. Me angustiaba bastante la idea de un señor que se afanara cazando a bellas mariposas y disfrutara, luego, atravesando sus frágiles cuerpecitos para, finalmente, exhibirlas sobre una triste plancha de corcho o de telgopor. Me inquietaba aún más que hubiera alguien dispuesto a honrar al asesino abriendo un bar en su honor. -"Naturaleza muerta", pensé. Y, enseguida, él empezó a hablar de su familia. De su padre, que había sido el décimo hijo de una familia de campesinos muy humilde, que llevaba el nombre de su hermano muerto (como Ernesto Sábato) y que, a su vez, era su mismo nombre. De su madre, una mujer de perfil bajo y origen más bajo aún. Parecían muy unidos, tanto que -a la luz de los acontecimientos- puedo afirmar que componen algo así como la Santísima Trinidad (aunque no tienen nada de santos, sino todo lo contrario). Una cerrada trilogía en la que un cuarto elemento jamás sería bienvenido. Pero, vayamos por partes, dijo Jack. Situémonos en la parejita de novios veinteañeros que tomaba café en El Coleccionista mientras miraba llover. Él me hablaba de la familia Ingalls y yo, desde el caos de mi procedencia, escuchaba con admiración. ¿Será que uno elige desde la falta, será que uno busca tontamente quien lo complete y llene los espacios vacíos, será que uno construye con el otro la ilusión de la "completud"? "Completud", raro neologismo acaso acuñado por los psicólogos... Lo cierto es que todavía recuerdo con una enorme ternura hacia la adolescente que fui, cuánto me esforzaba por caerles bien, por agradarles. No tenía mucho más para ofrecer que mi propia persona. Mi familia de origen era absolutamente disfuncional. Temía tanto resultar rechazada que estaba dispuesta, si era necesario, hasta a renegar de mí misma con tal de entrar en su familia con el pie derecho. Era una joven bonita, de buenos modales, de buen corazón, trabajadora y estudiosa. ¿Por qué no habrían de aceptarme? En el fondo, creo que quería que me adoptaran. Me parece que, desde mi profunda orfandad psíquica, mi inconciente buscaba que él y su familia me ayudaran a completar mi proceso de maduración. Cuidado, Laura, la familia de él siempre será... la familia de él. Continuará... @AdrianaMuscillo Si conocés historias similares, contámelas por correo: diariodecultura@yahoo.fr
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