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(Parte I: http://www.diariodecultura.com.ar/web/news!get.action?news.section.id=1&news.id=9779) Una noche de invierno, pleno julio, fuimos al cumpleaños de Mirta, una de sus amigas de aquel entonces. En un momento, algunos sacaron sus guitarras y se pusieron a entonar canciones de Silvio Rodríguez. ¡Mi preferido!. Él, que lo detesta, se apartó enseguida, con su acidez habitual. "La cobardía es asunto/ de los hombres, no de los amantes/ los amores cobardes no llegan/ a amores ni a historias/ se quedan ahí", cantábamos, emocionados. Fue así como uno de los "músicos improvisados" se me adosó inevitablemente. (Era una ocasión ideal, Óleo de mujer con sombrero nunca falla- ¡Son tan previsibles!...) - "¿Cómo pueden dejar sola a una mujer como vos?" - "¡Qué buena pregunta!", pensé. - "Perdoname pero estoy con mi novio", me apuré a responder - "Bueno pero él no mira", retrucó con razón, el muy atrevido. "¡Pero él no mira!", claro, ¡es verdad, nunca mira! Cuando estamos frente al espejo ¡solo se mira a sí mismo! Es "Narciso Bello". ¡Qué rápido advirtió un extraño lo que a mí me llevó 20 años descubrir! ¡Hasta me lo decía Silvio en su canción! ¿Por qué decidí pasar por alto estos y otros muchos episodios que les prosiguieron? Porque lo amaba, porque pensaba menos en mí que en él. Porque lo comprendía. Porque había desarrollado, con él, la suficiente empatía como para ponerme en su lugar. Él había sido educado por un hombre para el cual la mujer era poco menos que un utilitario más. Como los gatos en el campo: si no sos útil, sos plaga. Para su padre era simple: si servías para algo, te salvabas de la palangana. Los universitarios somos inútiles, por ejemplo: mal pronóstico para mí. ¡Para colmo, mujer! Estoy frita. Faltaba que no supiera cocinar y... adiviná qué, querido diario, ¡no sé cocinar! Si pudiera, me ahogaria... Pero, ¿sabés qué? sé reflexionar y eso a él le servía. Cuando, a la noche, intentaba iniciar una conversación tendiente a plantearle todas mis infelicidades conyugales, él se empeñaba en afirmar, una y otra vez: "-Soy un pelotudo, no te merezco". Entonces, me enternecía y me esforzaba por sacarlo de esa autoconmisceración. "- No, mi amor, vos valés mucho, tenés un montón de virtudes, sos muy inteligente, tal vez tengas un bloqueo emocional. Vamos a trabajar juntos sobre eso, lo vas a superar”. Estas charlas se daban muy seguido pero lo agotador era que había que volver a empezar de cero una y otra vez. Era como si todo lo anterior se hubiera esfumado. Y otra vez, ¡vuelta a empezar!: “-No, mi amor, sos muy valioso!, hasta le compraba libros sobre autoestima (además de pedirle que haga terapia, cuando tuvimos nuestra primera crisis matrimonial) “-Si tenés esa percepción sobre vos mismo, nunca vas a ser otra cosa. Si creés que sos un inservible, lo vas a terminar siendo. Tu mente te escucha atentamente, escucha las palabras que te decís y toma nota. Luego, actuás en consecuencia. Si te considerás "un pelotudo", como decís, es eso lo que comunicás y es eso lo que los demás reciben. Y es eso en lo que te convertírás. Pero la buena noticia es que no lo sos. No tenés porqué serlo. ¡Trabajemos sobre eso. Lo vas a superar!". Esas charlas, que empezaban con mis reclamos, siempre terminaban con sus lágrimas y mis palmadas en el hombro. "-No te merezco, sos demasiada mujer para mí". ¡Laura, Laura! ¿Cómo hacés para sostenerlo? ¿Cómo hacés para que no te termine convenciendo? Para que, al cabo de tanto intentar revertirlo, termines creyendo que sí, que tiene razón, que es un cobarde, pusilánime sin remedio que nunca te defendió ni te va a defender de los moscardones así como tampoco y mucho menos de los ataques de su padre, ¡porque no puede defenderse de eso ni a si mismo!. No le costaste, Laura, no tuvo que esforzarse para conseguirte, entraste sola, ¡atraida por su indiferencia! ¿Entendés? En realidad, nada le costó en la vida, jamás aprendió a luchar por lo que quiere. Peor aun, nunca supo qué es lo que quería, cuáles eran sus verdaderos y genuinos deseos. Vivió toda su vida -y aún lo hace- escudado detrás de un falso self que se esmeraba infructuosamente en cumplir las expectativas de sus figuras significativas: su padre (siempre insatisfecho), su madre, tal vez –de a ratos y antes- vos. No puede amarte sin amarse primero. No puede defender lo que quiere porque no sabe lo que quiere. No sabe ni quién es, no tiene ni nombre propio, ya que se llama igual que su progenitor. No se esforzó en conquistarte como no se esfuerza en conservarte. Y ante el primer obstáculo que aparezca no va a dudar en culparte a vos de todo para desistir. Va a renunciar a vos. Si flaqueas un instante no va a dudar en condenarte porque el hombre-niño acomoda su realidad para no hacer nada. Todo a su alrededor le va reconfirmar que no vale la pena luchar. Ël va a acomodar la realidad para convencerse de que no tiene que hacer nada. Se va a cobijar en su padre quien le va a decir, con aires de “yo la tengo clara y vos sos un estúpido”: “-Viste, te dije. La hubieras ahogado a tiempo. No importa, ahoguémosla ahora, todavía podemos. Y él, una vez más, va a cumplir con ese mandato y, juntos, te van a ahogar, lastimándote donde más te duele. Estoy viendo el rayo de furia perversa que destila de sus puplias mientras sus manos se ensañan en tu cuello, ¡no vas a respirar, perra! Y una parte de él, la que te eligió, se hará más transparente que nunca, para asistir a la destrucción de la única mujer que lo bancó y lo apoyó en sus peores momentos. ¡Paredón! Laura, es un milagro de tu paciencia que hayan llegado hasta aquí. Esta relación es una trampa, Laura, si no te vas pronto, vas a quedar atrapada sin salida y hagas lo que hagas, serás crucificada. Después no digas que no te avisé. @AdrianaMuscillo Correo de lectores: diariodecultura@yahoo.fr
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