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Recuerdo perfectamente la calurosa madrugada en que hablamos, por primera vez, de matrimonio. Regresábamos de la fiesta de casamiento de la mayor de mis primas. Llevábamos nueve meses de novios y esa había sido la primera reunión familiar a la que había asistido acompañada. Mis tíos, eternos bromistas con respecto a mi situación sentimental, lo habían estado rodeando y acosando durante toda la velada. Habían querido saber todo sobre él. Ellos habían generado un mito basado en mi aspecto de "come hombres" y habían estado alimentando una divertida curiosidad acerca de quién sería, finalmente, el dueño de mi corazón. Todas las miradas, entonces, habían recalado en él, aquella noche. Estacionó en la puerta de mi casa de Palermo y, quizá motivado por los efluvios de la reciente celebración, dejó deslizar la idea. Bajé de aquél auto un poco aturdida: ¿Me casaría, realmente, con él? Hay momentos "bisagra" en la vida de las personas. Son aquellos en los que una decisión puede cambiar drásticamente el curso de sus vidas. Y el de muchos de quienes las rodean. Hablamos de matrimonio pero no acordamos cuestiones sustanciales como, por ejemplo, cómo nos manejaríamos en el plano económico, si tendríamos hijos, si los bautizaríamos por la iglesia católica, qué tipo de educación recibirían, cómo nos organizaríamos con las tareas domésticas y el cuidado de los chicos, puesto que ambos trabajábamos fuera del hogar... Considero, sinceramente, que deberían existir charlas prenupciales laicas en las que se alentara a las parejas a abordar estas cuestiones. Creo que, como nos pasó a nosotros, muchos de los matrimonios jóvenes no tienen en cuenta estos "detalles" a la hora de planificar sus vidas en común. Sobre todo, a causa de la inexperiencia. A partir de esa especie de "acuerdo de pocas palabras", ambos comenzamos a ahorrar para casarnos. Dos años después, fijamos fecha de la boda y, apenas comunicamos nuestra decisión a nuestros padres, mi querido suegro comenzó a elucubrar su siniestro plan: Muy pronto, supimos que ese hombre había comprado una casa a dos cuadras de donde vivían y trabajaban ellos, en González Catán. Y comenzó a presionar a su hijo y a mí, por su intermedio, para que nos fuéramos a vivir allí. Yo, que ya había cambiado mi trabajo en el Banco por un puesto en Marketing en una prestigiosa multinacional y que resolvía mis traslados diarios al barrio de Retiro en escasos veinte minutos de subte, me resistía con lógica determinación. Y fue allí cuando comenzaron los conflictos de intereses entre su familia y yo. Laura: ¡no aflojes, te van a devorar! Si accedés a vivir bajo la órbita de él y su familia, poco a poco perderás espacios al tiempo que ellos los ganarán sobre vos. La sagrada tríada de padre, madre e hijo acabará por fagocitarte. (Sin mencionar a su familia extendida que quedará para innumerables futuros capítulos). Allí, no podrás tomar ninguna decisión sin la aprobación de ellos (y nunca te aprobarán), quedarás relegada a cumplir el mandato de tu suegra, que descolgó su título de "Corte y confección" y vendió las joyas de su abuela para acompañar a su marido en el negocio. Si te mudás a González Catán, te atraparán para siempre y sin salida y quedarás encadenada a una vida gris en la que tus aspiraciones personales serán solo un bello recuerdo. Laura, pensálo bien, es preferible pagar un préstamo o una hipoteca o -inclusive- un alquiler antes que pagar con tu libertad y con tu propia identidad de mujer la seguridad de una vivienda. Creéme Laura, ningún techo vale tanto. @AdrianaMuscillo Correo de Lectores: diariodecultura@yahoo.fr
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