|
"-¿Por qué te casaste con el conejo, Laura?", me preguntaban para divertirse, sus amigos. "-Porque me hace reir", contestaba con picardía, para no defraudarlos. Tenía 24 años y ni un gramo de celulitis. Llevaba puesto un vestidito minúsculo rojo, elastizado. Y, como era habitual para mí, mientras esperábamos para cruzar la avenida del Libertador, con dos parejas de amigos, recibí los piropos de unos muchachos desde las ventanillas de un colectivo que, sin duda, iba para la cancha de River, ya que ese fin de semana había partido. Hasta allí, todo ocurría dentro de lo esperable. Él y todo mi entorno estaban acostumbradísimos a esos episodios simpáticos y halagüeños. Sin embargo, el semáforo trocó en rojo para el tránsito y en verde para los peatones, de modo que el vehículo se detuvo para permitirnos avanzar. Fue en ese momento, cuando comenzaron a asomar de todas las ventanillas, unos brazos que se estiraban hacia mí y me aplaudían efusivamente, al tiempo que le hablaban a él sobre mí, entre gritos y aullidos de lobo. - ¡Tragame, Tierra!, pensé, se me fue la mano con la minifalda. Es que era modelo desde los 14 años, pero modelo de las de antes, de "El arte de la elegancia de Jean Cartier". Para mí era absolutamente normal que me miraran, estaba "inmunizada". No obstante, consideré que, al estar ahora de novia, no debería haberlo colocado a él en una posición "incómoda". ¡Ja,ja,ja! ¡Todo lo contrario!, permaneció inmutable, como si nada hubiera pasado. Tranquilo, relajado, ni un signo de tensión o contrariedad en su rostro; es más, seguía haciendo sus clásicos chistes que -ya a esa altura- me sonaban repetidos, como robados de una "desopilante comedia de enredos". Entonces, un amigo del grupo le preguntó si no lo había incomodado la situación, a lo que respondió con un liviano: "- De ninguna manera, ¡que admire la gilada!" ¿Que admire la gilada? Pero ¡qué pasmosa seguridad en sí mismo, qué dominio de las situaciones, qué ganador impresionante! Chapeau, caballero... Chapeau! (Ese término "gilada" me había parecido tan extraño, que debo reconocer que me provocó una cierta ternura). ¡Genial!, ¡qué bueno que no sea posesivo, ni celoso, ni anticuado! ¡Qué bueno que reconozca mi libertad para vestirme como se me dé la gana! ¡Qué moderno! Además, ¡con qué increíble imperturbabilidad respondió! (La imperturbabilidad es una de sus más notorias características. Te podés estar muriendo a su lado que a él no se le mueve un pelo. Eso sí, su boca desborda de epítetos e improperios si está frente al televisor viendo fútbol. Creo que solo hay dos cosas que lo pueden hacer despertar de su autismo social: Boquita y que le toquen el bolsillo. Pero eso será objeto de otro futuro análisis...) Estábamos en que no reaccionó frente a los aplausos que me prodigaron los hinchas de River en plena avenida del Libertador. Querida Laurita: No reaccionó porque no reacciona ante nada, porque la no-reacción es su modus operandi, porque nunca jamás en los 20 años que llevarás a su lado reaccionará ante nada que amenace con sacarlo de su pasividad, de su lugar de confort, de su rincón de niño, de su baldoza, de su metro cuadrado ¡Nada lo hará reaccionar, entendélo de una vez! Los pequeños indicios se hacen enormes evidencias con los años. Ya lo dice el refrán: "La experiencia es un peine que te dan cuando te quedaste pelado", ¡ay, ay, ay! ¡Un implante capilar por aquí, por favor! Peor aún fue cuando se recibió una tal Norita de ingeniera. Invitó a todos en masa a una quinta en Escobar. La única condición para asistir era llevar latas de cerveza o de aperitivo batido con limón. No conocía a nadie y no bebo alcohol; solo fui para acompañarlo a él. Lamparitas dicroicas empotradas sobre la tierra, camufladas entre el césped, como única iluminación, alrededor de una enorme pileta. Latas de alcohol sobre bolsas de hielo en todos los rincones. Música tecno a elevadísimo volúmen. Un predio gigante donde todo era bullicio y confusión. A los pocos minutos de haber llegado, él desapareció. Se fue, se metió en algún recoveco, se esfumó. Todos bailaban, reían, bebían... Yo, como no conocía a nadie y no podía encontrarlo a él, me quedé sola en el borde de la pileta, sentada, ya que ese era el único lugar más o menos protegido. El tiempo pasaba y él no aparecía, me empecé a sentir muy mal, me quería ir. Hasta que se acercó un chico al que sí conocía, lo había visto una vez; era amigo de un amigo. Le pregunté por él y no supo responderme. He aqui que nos pusimos a bailar y se me empezó a arrimar peligrosamente, estaba muy borracho, comenzó a decirme palabras subidas de tono. ¡Dios!, este personaje conocía a mi novio, ¿cómo podia ser tan desubicado?, intentaba poner su asquerosa mano en mi cintura y él que no aparecía.. ¡qué momento horrible pasé, no lo olvido más!... Te juro, Diario. que solo me había puesto un jean y una musculosa blanca. (¿Por qué tenía que excusarme?) Cuando lo increpé no obtuve respuesta y estuvimos enojados y distanciados por un tiempo hasta que aflojé. Y no es porque él me hubiera pedido disculpas por lo ocurrido; jamás lo hace; ni siquiera se le plantea como opción. Laura, el hombre-niño nunca asume la responsabilidad ni las consecuencias de sus actos. Es un inimputable, él actúa por error u omisión, nunca volitivamente. Su voluntad es la inercia. Son sus no-actos los que lo definen. son sus faltas las que cobran relevancia. Es más fácil saber lo que no hace que lo que sí hace. Se lo conoce por la negativa. Querido diario: con gran tristeza y decepción, a la luz de los reiterados acontecimientos que he presenciado a lo largo de los muchos años que llevo bajo el mismo techo con este sujeto, debo concluir, amargamente, que ese exceso de seguridad en sí mismo no es otra cosa que un espantoso y muy execrable exceso... de cobardía. Continuará... @AdrianaMuscillo Correo de lectores: diariodecultura@yahoo.fr
|